El críptico y complejo texto de Harold Pinter de Viejos Tiempos es abordado con una obviedad involuntariamente cómica y un saborcito al melodrama de una telenovela en una versión de Guillermo Revilla que se niega a jugar con las sutilezas de la dramaturgia o lo enigmático de sus personajes, para más bien invertir en lo dispuesto como si de un sketch se tratara con un montaje cuya propuesta se encuentra en el ácido colorido.
Cuenta la leyenda que cuando a Anthony Hopkins le tocó estelarizar Viejos Tiempos (Old Times) en los 80’s, teniendo al autor ahí mismo, le preguntó a Harold Pinter que le explicara el final, que es lo que daría sentido a toda la historia, y Pinter le contestó que él mismo no lo sabía. Es claro entonces que para cualquiera que tome Viejos Tiempos en las manos el trabajo es hacer sentido de los momentos y guiños en a historia para finalmente entregarnos algún tipo de interpretación, siendo el texto uno del que cualquiera se pueda apropiar y significar de muchas formas.

Guillermo Revilla, director del montaje para El Milagro asume una propuesta chillonamente colorida e histriónicamente interpretada, cuya visión de un trío cuyas interacciones parecieran irse volviendo poco a poco cada vez más inconcebibles es atacada desde la literalidad más descarada y la lectura primaria, en un montaje donde el símbolo y la sutileza desaparecen por completo para darle lugar al proverbial “irse como hilo de media”. Y aún cuando la puesta consigue una personalidad visual sin duda llamativa, el drama de intriga al fondo de Viejos Tiempos termina por parecer una comedia pícara de intenciones seductoras.

La pareja conformada por Deeley y Kate está por recibir en su casa a Anna, una ex amiga de Kate, de hecho, su única amiga en algún momento, con la que cohabitó de joven y cuya relación de cercanía pareciera de excesiva confianza tomando en cuenta que cuando quería Anna usaba su ropa interior con propósito poco claro. Kate está nerviosa porque no la ha visto en años, pero cuando Anna finalmente llega su intimidad pareciera haber permanecido intacta a pesar de la distancia. Pero es más intimidad de la que Deeley esperaba.

De modo que Anna y Deeley comienzan una especie de competencia por la atención de Kate. Y aquella reunión que pareciera un inocente reencuentro se acaba volviendo un quién da más, donde Deeley y Anna se turnan para contar anécdotas que parecieran poder ser ciertas, pero por otro lado completamente inventadas, incluso algunas que se entrecruzan pero jamás se aclaran como verdaderas, mientras Kate pasa la mayor parte del tiempo en silencio y sin reaccionar al concierto de falsedades, verdades a medias o recuerdos adornados, hasta que llegando su turno de contar su propia visión del asunto termina por resultar la más críptica y fatal de todas ellas.

Aún si Pinter no tenía la intención de exponer sus intenciones con Viejos Tiempos, lo que sí es claro es que hay un in crescendo en su texto, una singular telaraña que se va enmarañando, mientras los personajes van abandonando ciertas inhibiciones. Guillermo Revilla, sin embargo, aborda la historia con impaciencia, y desde el segundo uno tiene a Anna lanzándose sobre Kate como guepardo. El personaje al que hace entrar como atleta de nado sincronizado, aletas y gorrito incluidos (tal vez en un intento de decirnos que nadó hasta Kate cruzando mares), se maneja con franca perversión y afronta, dejando a Deeley viendo de lejos como un pobre tarugo, y es ahí donde el texto cuyos matices son muchos y sus juegos más bien traviesos, se acaba transformando en un sketch de comedia unidimensional sobre una mujer bajándole a su esposa al marido frente a sus ojos, mientras el otro no consigue mover un dedo.

Comedia más bien burda que choca con un tono altivo y presuntamente elegante que en otros muchos momentos pareciera llevar las escenas al melodrama televisivo. Y que en Kate en particular la mantiene viendo como disociada y reaccionando con asombro infantil a lo que sucede a su alrededor, como una niña que se ha perdido y tiene demasiada pena como para preguntar dónde está. La propuesta sobre las muchas interpretaciones alrededor de un final que puede leerse de tantísimas formas, queda enterrada en un concepto de absoluto estilismo, pero poco análisis, y en la belleza de sus cuadros, Kate termina sentada en una cama sin mucho que mostrar más que el mismo rostro de distracción sorprendida que ha mantenido durante toda la obra.

Priscila Ímaz, Miguel Ángel Barrera y Tania María Muñoz que dan vida a estos personajes, juegan con la finura del acting aspiracional que se pide de ellos, recargados en estos sillones amarillo limón mientras beben de copas de cristal y comen uvas, cantando boleros de vez en cuando y disfrutando de la visión de un trono con un pavorreal enorme al centro, una imagen caricaturesca que hace referencia a lo muy burgués del mismo Pinter, pero que más allá de una primera impresión soberbia no se acomoda a una escena de tres frentes donde forzosamente el público en los laterales termina por ver a uno de ellos de espaldas la mayor parte del tiempo.

Estético podemos decir que sí es, Viejos Tiempos de Revilla tiene estilo y una personalidad vibrante, pero cuando a todo aquello le toca esclarecerse en un mismo concepto, la comedia brusca, el melodrama crecido, la opulencia vacua y hasta lo letárgico de los silencios, la propuesta no termina por saber qué quiere decirnos de aquello que Harold Pinter dejó como hoja en blanco para que cada quién escribiera los párrafos faltantes, y acaba por presentarse como necesitada de vestirse bonito para enmudecer que al centro la trama se ha empezado a convertir en un chiste repetitivo.
Viejos Tiempos se presenta martes y miércoles a las 8pm en Teatro El Milagro.








