Una devastadora mirada a la depresión y sus consecuencias en la paternidad, Lo Que Cabe En Una Fosa Vacía te sumerge en las pantanosas aguas de la tristeza profunda de las que es básicamente imposible salir a tomar aire para respirar, en una historia familiar marcada por la pérdida, el duelo, las deudas, las compulsiones y todo aquello que le impide a una familia nadar hacia adelante, completamente atascados en una alberca que bien pudiera ser un océano sin fondo, o un interior hueco cuyo espacio vacío es tanto que en la inmesidad de la nada se deja de ver por completo la orilla por la cual salir de regreso a la vida.

No es casualidad que esta historia de Jimena Hinojosa (que escribe y dirige) esté situada en una alberca. Una perfecta metáfora desde varios ángulos de la capacidad de la depresión para hacerte sentir como que te estás ahogando y no consigues salir a la superficie; al mismo tiempo de estar parado en medio de un vacío sin orillas o fondo, y de aquel hueco en el interior de cuando te dejas de reconocer a ti mismo y adentro no pareciera haber quedado nada, como una piscina drenada. Y tal vez es por eso que Lo Que Cabe En Una Fosa Vacía es tan precisa en sus símbolos. Tal vez es por eso que para cuando una hija le grita a su padre al borde del suicidio que la alberca siempre ha estado llena, el grito resuena como el de un salvavidas que acaba de caer en el agua frente a un náufrago.

En algún momento de su juventud, Tomás fue un nadador premiado de competencia, pero en su adultez, de aquellos tiempos sólo quedan trofeos y medallas arrumbadas en la alberca de la que es dueño y que se dedica a administrar junto a su equipo: un desaliñado coach en la eterna búsqueda de una dieta que lo haga sentir mejor con él mismo, y una cínica y grosera manager adicta a las apuestas. Pero su aparente estabilidad se convierte en franco derrumbe cuando el día que nace su hija, también muere el padre con el que había dejado de tener una relación, y Tom cae en una profundísima depresión que empieza a inundar todos los aspectos de su vida, como agua filtrándose por todas las tuberías posibles.

Mientras la presencia del papá de Tom se pasea por la alberca, a veces detrás de un velo, otras tantas casi corpóreamente, la esposa es la que recibe el golpe de manera más directa porque pasa por completo a segundo plano y pierde al cómplice que ayudaba a hacer funcionar a la familia, y Tomás sabe que en cualquier momento recibe una notificación de divorcio; pero su hija acaba pagando consecuencias inesperadas, porque los años pasan y Mirella no es capaz de hablar. Al menos no con su padre, porque en la segunda mitad de la obra, el personaje rompe la cuarta pared para convertirse ella misma en la narradora, y ahí donde hemos estado conociendo el relato de manera inconsistente y quebrada por parte de Tomás, Mirella lo lleva a un lugar desesperado, directo y anhelante sabiéndose culpable de al menos una parte de la miseria de su padre, pero siendo incapaz de conectar con él más que en la ilusión donde ambos bucéan por debajo del agua que se transforma en un mar.

El texto de Jimena Hinojosa no busca resguardarse detrás de lo onírico ante la presencia abrumante de la depresión. Muy por el contrario, baña por completo el montaje de un dolor inmenso que pareciera que uno puede sentir pesando en el aire, como una niebla densa y voluminosa. Los personajes alrededor de Tomás están escritos con cierto color como un balance contra lo abismal de lo desdichado, pero la imagen que permance es la de un Tom con los ojos empapados, la mirada perdida y el corazón marchito, dejando poco a poco que el control de su vida se desvanezca hasta convertirse en caos. Con una apatía inmovilizante que bien pudiera ser el ancla de un barco, enorme y desproporcionada en el piso de una alberca.

Para lo que Hamlet Ramírez se entrega a los brazos de la congoja y conforme avanza la obra se deja apagar. No desde la pérdida de presencia escénica, al contrario, su presencia equivale a toneladas de cemento, pero desde la pérdida de vida en los ojos. Desde la permanencia por inercia, no por intención. Encuentra en él lugares oscuros y arrinconados que con los ojos eternamente mojados y flaqueza en el cuerpo se convierten en un retrato crudamente honesto de la depresión profunda. Y verlo ahí acaba sintiéndose como asomarse al fondo de una tumba. Un trabajo potente, junto al de Daphne Keller que como Mirella lo que entrega es ansiedad y desasosiego, y al mismo tiempo un último rayo de esperanza, que uno entiende como una línea de vida pero la misma Mirella se tarda en traducir como un poder que sólo ella tiene.

Otros personajes secundarios, de algún modo mucho más caricaturizados que la muy sincera y desmaquillada realidad de la persona deprimida, terminan de pronto por sobrar en un espacio que le pertence a Tomás y a Mirella. No porque no tengan nada que contribuir a la historia central, pero porque en sus tangenciales, la estricta exploración del pathos en los protagonistas, se siente mucho más laxa y unidimensional, fuera del tono construído por la misma Hinojosa. Y que resulta enormemente notorio en un personaje que aparece mucho más adelante en la obra con la intención de comprar la alberca, que para ese entonces ya está en ruinas, y de seducir a la madre de Mirella, cuya voz, corporalidad e intervenciones pertenecen al mundo de la farsa y la parodia, y chocan de manera inverosímil con el centro gravitacional de la historia.

Que Jimena Hinojosa sí dota de un valor lúdico. Esta alberca desbordante y agua que lo engulle y deteriora todo se convierte inevitablmente en un símbolo que ocupa un lugar poco realista, pero atinado y dibujado alrededor del desvanecimiento de Tomás. Cartas que llueven del cielo y notificaciones de adeudos que se convierten en barquitos de papel, de pronto una red entera de barquitos de papel, son parte de este universo que no busca naturalismo, pero tampoco irreverencia. Y es una delgada línea con la que de pronto la dirección logra jugar entre lo simbólico y complementario, y lo trivial. Eso sí, desde lo naturalmente melancólico del azul que Anayansi Díaz Gómez utiliza en la iluminación y gran parte de la escenografía, que con lo monocromático consigue reflejar un estado estancado para Tom, y con un suelo reflejante y telas translúcidas logra efectos acuáticos de formas ilusorias.
Y el vestuario de Viridiana Velasco que coloca a Lo Que Cabe En Una Fosa Vacía en un tiempo muy específico y perfectamente ochentero, al tiempo que permance juguetón, colorido y simpático, nuevamente en equilibrio no sólo con el universo azul de su alrededor, pero con lo taciturno del eje en la trama. Un diseño de producción llamativo y hasta humorístico en una puesta que de otro modo hubiera acabado sumida en algo mucho más directamente sombrío.

Lo Que Cabe En Una Fosa Vacía no le huye a la crudeza, pero tampoco se sume para regodearse en la miseria. Porque eso no son las albercas. Un lugar que relacionamos directamente con lo divertido, lo vacacional, incluso lo familiar, traspasado del resguardo a la quietud, profundidad y estancamiento de sus aguas. Hinojosa pinta con azul este cuadro donde la depresión no se queda en la superficie, pero lo empapa todo, y aquello no dicho, no hablado, no tratado como el agua encuentra las grietas en el cemento fracturado para filtrarse de padres a hijos, del papá de Tomás a Tomás, de Tomás a Mirella, una afección que no se puede contener en el vacío porque ahí donde entra rellena todo el espacio.
Lo Que Cabe En Una Fosa Vacía se presenta jueves, viernes, sábados y domingos en Teatro el Milagro.








