Antonio Alcántara plantea el fin del mundo como el fin de la capacidad de conectar y estar en presente con otros en La Última Vez Que Detuvimos El Tiempo, una pieza sci-fi para el teatro con un amenazante asteroide que lo va a terminar todo, pero una igualmente amenazante idea de estar vivo que no incluye a otras personas. Una obra minimalista y tierna sobre el tiempo que realmente importa, que no es el que contamos en forma de segundos, pero el que destinamos a compartir con otros.
Historias sobre asteroides gigantescos que se van a estrellar inevitablemente contra la Tierra destruyéndolo todo, las hay muchas. Y en una gran mayoría, el hombre prevalece por su enorme capacidad de resolver y eventualmente detener la catástrofe, lo que pocas veces intuimos es la consecuencia de ese último acto de supervivencia, que más allá de lograr mantenernos con vida, rara vez se pregunta, ¿sí, pero a qué costo?

Antonio Alcántara (dramaturgo, director y actor) se cuestiona dónde nos dejaría parados como humanidad la solución al desastre en La Última Vez Que Detuvimos El Tiempo, qué estaríamos sacrificando en nombre de no extinguirnos y si realmente en la balanza de las cosas lo perdido sería suficiente para realmente poder decir que nos mantiene vivos, si eso implicara contener aquello que nos hace humanos: nuestra capacidad de conectar, de amar, de sentir a otros, de refugiarnos en otros, de tener interacciones reales, complejas y sinceras, que no puede ofrecer un avatar. Y en reimaginar un futuro que suena a todas luces perdido, Alcántara más bien alumbra el presente para señalar que esa falta de conexión no requiere de un apocalipsis de ciencia ficción para sentirse peligrosamente cercana a la realidad.

Debye y Tiselius nacieron en un mundo que ya no es el que conocemos. Amenazados por un asteroide que nadie tiene manera de destruir, aunque se intentó de muchas formas, los científicos de la Tierra lograron mantener viva a la humanidad deteniendo el tiempo para cada uno. De modo que cada persona habita en su propio tiempo detenido donde son los únicos; y que en caso de llegar a avanzar a velocidad normal tomaría minutos para que los alcanzara el impacto cósmico del que no habría salvación posible. La única manera que tienen de socializar es a través de un mundo virtual, una especie de red social futurista, similar a la que Ernest Cline dispone en Ready Player One, donde cada quién elige al avatar que los represente, aún si éste es enormemente alejado de la realidad, con un nombre que es en toda medida un username. Vaya, un simulacro de realidad virtual donde la gente sólo pretende ser sin ser.

Un concepto con el que los milleannials y generaciones más jóvenes están perfectamente familiarizados, desde el lanzamiento de Second Life en 2003, un juego virtual para habitar un mundo virtual que ganó inmediata popularidad, los Sims, los muchos RPGs donde cada jugador se conecta desde su casa y sólo escucha a los otros en sus audífonos sin jamás verles las caras, y sí, incluso las redes sociales y foros como Reddit o espacios de streaming como Twitch donde la gente comparte, convive, incluso intima, y crea mundos y relaciones enteramente virtuales con otras personas que en muchos casos nunca ha visto de frente. De modo que aunque Antonio Alcantara nos transporta a un futuro de tecnología avanzada, lo que plantea lleva siendo parte de nuestra manera de comunicarnos desde hace más de 20 años.

Debye disfruta de su vida alterna en esta virtualidad que le permite ser lo que sea, aún si en realidad hace lo posible por seguir las tendencias de la red para no salirse demasiado de lo que se espera de ella, y de todos, aspirando inevitablemente a cierta viralidad. Y pasa más tiempo conectada a la red que afuera exporando y viviendo el mundo que se ha detenido para ella, que básicamente sólo usa para domir, antes de volverse a sumergir en su cápsula virtual. Para Tiselius es todo lo contrario, él dedica sus días a explorar su tiempo detenido fuera de la red virtual, y a leer del archivo histórico todo aquello que fue la humanidad y que ya no le tocó conocer. Anhela la idea del arte, del teatro, de un abrazo que no sea los que se da a él mismo para celebrar que ha aprendido algo nuevo.

Pero ambos están finalmente solos. Debye no se permite sentir el peso de la soledad, y de algún modo ha crecido con la idea de una madre… no la presencia, más como el conocimiento de su existencia aún si en su tiempo no puede verla; pero para Tiselius el aislamiento es tanto que no está seguro de si vale la pena seguir viviendo. Cuando el sistema se descubre por lo que es y un glitch sincroniza sus tiempos de modo que parecieran cruzarse para permitirles ver a otra persona de carne y hueso por primera vez en sus vidas, ambos eventualmente descubren que aún si el simulacro de convivio y conexión es entretenido, no deja de ser un placebo que no tiene manera de reemplazar la sensación de sentir tu mano entrelazada con la de alguien más, enlazados no por una red digital pero por el roce de piel con piel.
Con una idea tan compleja de describir, que es en toda medida la creación de un mundo alterno, Antonio Alcántara dedica un enorme porcentaje de La Última Vez Que Detuvimos El Tiempo a explicar las reglas del juego. Son muchísimos los detalles que hay que establecer de cómo funciona esta distopia, y aún cuando sus personajes se presentan simpáticos y llamativos desde el inicio, sus historias personales quedan relegadas durante gran parte de la obra para volverse sólo parte de la exposición de todo aquello que tenemos que entender de esta otra realidad, para realmente podernos involucrar con lo que siga para ellos.

De modo que cuando sus tramas finalmente comienzan a progresar ya es mucho menor el tiempo que se les dedica para llevarlos al punto de no retorno, y de algún modo permanece la sensación de que el detalle que se ha puesto en imaginar este micro-cosmos como en una novela sci-fi, no es el mismo que de forma más profunda hubiera podido explorar a los personajes y sus conflictos internos, no tanto los superficiales que saltan a la vista, pero aquellos que habrían de atravesar con el paso de la trama. Tal vez, precisamente, si La Última Vez Que Detuvimos El Tiempo se nos hubiera entregado en forma de novela, la ficción hubiera tenido espacio para incluirlo todo, pero en el teatro, el setting toma la rebanada más grande del pastel, para pedirle a todo lo demás que se acelere y se reduzca.

Pero como en un capítulo de Black Mirror, La Última Vez Que Detuvimos El Tiempo, encuentra la manera de ilustrar y colorear el futuro que dispone para que cobre vida en el escenario, aún si en realidad estamos en caja negra, meramente alumbrados de pronto por barras de luces led al fondo. La obra no necesita de mayor estilismo para transportarnos a esta realidad virtual que entendemos con el futurismo ciberpunk de Blade Runner pero sanitizado como producto de Apple, tal vez en gran medida aludido por el vestuario blanco que llevan ambos actores, los impermeables translúcidos que los cubren, y lentes y cascos que son sólo un guiño vanguardista para terminar de recubrir la convención.
Y son el mismo Antonio Alcántara y Gabriela Montiel los que terminan de darle forma, y más importante aún, personalidad. Especialmente ella, que teniendo el personaje más desparpajado, hace uso de un enorme carisma para hacer de Debye una heroína de cuento distópico, de ésas que habitan «el viaje del héroe» en todas sus capacidades de negación para eventualmente confiar en la aventura y redención, con muchísimo peso y una narración cautivante que a Gabriela le viene notoriamente natural, y al personaje lo sella en un envoltorio divertidamente entrañable.

Lo más relevante de La Última Vez Que Detuvimos El Tiempo no es lo que podría llegar a ser, pero lo que ya es. Alcántara, como dramaturgo, pareciera compartir con Tiselius la aversión por la realidad fabricada, y el tiempo que le dedicamos a las interacciones online que observa con una cierta nostalgia por una era donde la gente se daba más la cara. Su mensaje finalmente no es sobre asteroides gigantes y el fin de todo a manos de un desastre natural del que no tuviéramos control; su advertencia es más clara y más pertinente que eso: la humanidad se acaba en el momento en el que nos encerramos en nuestros munditos incapaces de ver allá afuera y de crear conexiones verdaderas, porque el hombre no fue hecho para pretender socializar en algún simulacro disfrazado de convivencia, fue hecho para encontrarse con otros, enlazarse con otros, sentir a otros, y darles su merecido tiempo, que es lo más valioso que podemos darles.
La Última Vez Que Detuvimos El Tiempo terminó temporada el 26 de agosto en La Teatrería.








