De música pop rock dosmilera y una estética particular, no siempre atinadísima, pero eso sí, muy única, Lo Que Sabemos Que No Sabemos Del Amor pretende hablar del amor desde diversos ángulos y vivencias, pero termina por justificar actitudes egoístas o francamente tóxicas, pasándolas por formas novedosas de amar, en vueltas de tuerca y huecos poco justificados por la trama que hacen de la narrativa del musical una buena idea con una ejecución llena de grietas.

El problema con llamarle a todo «formas de amar» es que eventualmente terminamos romantizando actitudes poco celebrables entre solteros, emparejados y enamorados, y Lo Que Sabemos Que No Sabemos Del Amor es el tipo de musical que en busca de retratar lo diverso, quizá lo moderno, termina por tropezar entre personajes más problemáticos que pasionales o amorosos que nos pintan como parte del arcoíris romántico de las variedades del amor, cuando en realidad necesitarían una mirada mucho más honesta a su propio planteamiento.

Lo Que Sabemos Que No Sabemos Del Amor

Los personajes de la obra son cuatro, aunque en realidad todo comienza con dos: Emilio y Julia. Una pareja de años que ha perdido un poco el piso de aquello que los unía. Julia es poeta pero no se siente apoyada por Emilio, y no porque él en realidad no lo haga, sólo no lo vocaliza, y su manera de procurarla podría pasar por él presionándola a dar pasos que ella no está lista para dar. Su error está en realidad en una falla de comunicación y en la necesidad de Julia de recibir un lenguaje del amor que no es forzosamente el que utiliza Emilio, aún si nada en él pareciera indicar que no la ama, sólo tiene que trabajar en su manera de demostrarlo.

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Pese a eso, Julia decide que el camino a sanar su relación es el de abrirla, y ahí entra al quite Alicia, la mejor amiga y jefa de Emilio, una mujer que toda la vida se ha sentido insuficiente y poco extraordinaria, que Julia propone para integrar en una relación poliamorosa. Como Ana Cecilia Azuela y Chino Sánchez tienen escrito este texto, quizá sin darse mucha cuenta, Julia francamente fuerza un trío del que ni Emilio, ni Alicia quieren ser en realidad partícipes. Ambos acceden por hacer feliz a Julia, mientras ellos se ven obligados a replantear su amistad y relación laboral para convertirla en un problemático throuple.

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Cuestión que sería interesante navegar si no fuera porque Ana Cecilia y Chino insisten en pintarnos a Julia como una especie de victima, una mujer resolutiva que está haciendo funcionar una forma de amor novedosa para abrirse a los brazos de Eros y aceptar el amor en formas poco típicas. Pero Lo Que Sabemos Que No Sabemos Del Amor nunca logra retratar un poliamor porque se quedan encerrados en lo que realmente es un triángulo amoroso al que se niegan a llamarle así porque entonces tendríamos que preguntarnos, ¿qué está haciendo Julia y por qué Emilio y Alicia se lo están permitiendo?

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Desde ese momento la trama del musical comienza a cojear, porque al no aceptar el verdadero conflicto que están concinando, la obra comienza a viajar por ramas de dudosa procedencia. Aún más irracionales con la integración del cuarto personaje: José. Un hombre gay obsesionado con Emilio, de ésos que insiste en creer que algún día tendrá oportunidad con el hombre con dos novias, aún si el hombre no le ha mandado ni media señal para sugerir que así sea. Una persona que raya en el acoso pero que LQSA justifica como enamorado, y no sólo eso, pero que para el final de la obra lo tiene cumpliendo un sueño que jamás trabajaron o justificaron dentro de la historia y que únicamente funciona como apología al tipo de hombre gay que hostiga de manera obsesiva a hombres que no tienen interés.

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Y el gran problema de la obra es que los delirios de Julia y José son retratados con corazoncitos flechados, cuando en toda medida, Lo Que Sabemos Que No Sabemos Del Amor podría tomarlos de formas mucho más sinceras por lo que son y ofrecernos un trama más compleja, donde el compás moral pudiera jugar un papel interesante dentro de la balanza, en vez de la mucho más sencilla, lineal y -honestamente- cursi historia que se nos presenta, donde «¡Viva el amor!» pareciera ser el único motivo y bandera, aún cuando usarlo de estandarte toca rubros cuestionables.

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Alrededor de estos cuatro personajes se encuentra Angie, la dueña de una mezcalería, que aunque divertida como señora dicharachera y cándida, por alguna extraña razón todos los personajes en la obra agarran de gurú del amor, incluso si las metáforas que usa para aconsejarlos, todas giran en torno a la comida, y ninguna termina por hacer sentido o ser especialmente perpicaz. Nuevamente, que si Chino y Ana Cecilia reconocieran como parte de un rolling gag y lo abordaran como el comic relief de la puesta, cuyos refranes no dejan de ser tienos pero todo mundo está consciente que no llegan a ningún lado, Angie tendría mucho para ser un personaje más carismático que el que le permiten ser cuando insisten en tomársela en serio.

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El elenco en realidad es uno muy entregado. Axel Santos como Emilio es el que consigue centrar la narrativa, aún si no se le permite aceptar al personaje que su pareja le ha pedido un imposible incluso doloroso. Y su voz de baladista acaricia el score de manera bella. La misma Ana Ceci Azuela como Julia tiene momentos vocales emocionantes, pero como actriz se queda atrapada en jugarle a la desentendida. Su personaje necesita muchas más dimensiones. Chino Sánchez es puro encanto, y es fácil ver cómo es que logra hacer de José un personaje tierno, aún si conscientemente sabemos que siempre está a medio paso en falso de pasarse de la raya; y como Alicia -en mi función, dado que no es la titular- Pamela Reúl le dio consistencia al entero del musical, creando quizá al único personaje de la obra cuyos motivos son más sinceros, está rota y sabe que está rota, y haciendo vibrar al Foro Lucerna cada vez que le tocaba un solo con una voz llena de cuerpo y caracter.

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Más conocidx como comediante, Mannuna toma el papel de Angie con un humor seco y al punto que funciona cuando al personaje se le permite ser una señora irreverente, si bien como actuante y especialmente cantante, aún hay un camino que recorrer para completar más lo que con su personalidad ya trae a la mesa. Musicalmente, las composiciones de Joey Benjamín y José Ignacio Martínez dan dinamismo a la obra, con un sonido que recuerda al pop dosmilero comercial de solistas como Alexander Acha o grupos como Motel, si bien no encuentra la estructura tradicional de un musical que pase de la I Want Song al 11 O’Clock Number, y mucho del score termina por resumir la emoción del momento más que mover la trama o ser específica al relato.

Lo Que Sabemos Que No Sabemos Del Amor

Visualmente, la dirección de Arturo Galicia de Lo Que Sabemos Que No Sabemos Del Amor está llena de buenas ideas que en su ejecución crean caos. Un diseño de vestuario sumamente llamativo que comienza desde un lugar con signifcado, la idea de parches y retazos que nos conforman que se suman al concepto de un amor que puede ser integrado desde la diversidad de formas de querer, que no termina por consolidarse y viaja en direcciones francamente inexplicables en diferentes personajes, y culmina en José usando un literal mameluco que pudiera ser de dragón, lagartija o aguacate, y que no pertenece ni por asomo a una convención que jamás pretende jugar con lo lúdico de otras maneras, y sólo termina por volverse un enorme signo de interrogación, distractor en toda medida.

Lo Que Sabemos Que No Sabemos Del Amor

Porque en otros muchos sentidos la estética se basa en lo mexicanísimo, especialmente el tipo de estilo de mezcalerías y cantinas, y el clásico corazón de milagrito de hojalata, que en muchos sentidos es representativo de sanación y espiritualidad. Un concepto que si el vestuario y la escenografía hubieran tomado como base para construir alrededor de eso, Lo Que Sabemos Que No Sabemos Del Amor hubiera conseguido ese look único y peculiar que estaba buscando, sin caer en lo poco direccionado y meramente estrafalario porque sí.

El diseño de iluminación termina por retacarse hasta un punto en el que se vuelve un franco alboroto. La cantidad de cues (cambios) por minuto, y los litros de haze que se ocupan de forma continua que empañan el Foro Lucerna en una neblina francamente brumosa, que desvía la atención del espectador, serían quizá más adecuados en un sonidero; pero dentro de una obra de teatro más que complementar la escena terminan por ensuciarla y quitarle mucho de sofisticación. Nuevamente, la idea jueguetona viene de un lugar propositivo, pero en la ejecución acaba por caer en lo amateur.

Lo Que Sabemos Que No Sabemos Del Amor

Como musical original mexicano, Lo Que Sabemos Que No Sabemos Del Amor comienza desde un lugar donde ya saben lo que quieren ser y eso es un gran compás para cualquier montaje nuevo, pero aún requieren una mirada rigurosa y estricta a los muchos vicios de los que se han ido llenando como obra que en realidad sólo tuvo una pequeña temporada de prueba anterior a ésta, y aún podría beneficiarse de un work in progress que les permita continuar el legado de la obra con bases más sólidas para construir sobre aquello que nunca dejará de ser un gran tema para toda puesta musical: el amor en sus muchas formas.

Lo Que Sabemos Que No Sabemos Del Amor se presenta los jueves a las 8:30pm en Foro Lucerna.