¿Se puede tener una conexión espiritual con un país, su cultura, su religión, su gente, un país distinto al tuyo? Mar Aroko lo vive desde la corporalidad y hasta la memoria con Japón en Manifiesto Solar, un unipersonal biográfico lleno de mística con el que nos pide acompañarla por todos los recovecos que la vuelven una otaku en todo el sentido de la palabra, y no hablo sólo de anime, no, en japonés “otaku” viene de la palabra hogar, y a nadie le podría aplicar mejor el vocablo que a ella.
Yo crecí como otaku. Mis años formativos los viví cargando la cultura japonesa conmigo. Sí, mayoritariamente el anime, pero incluso aprendí a hablar el idioma. Manifiesto Solar en muchos sentidos es un espejo para todxs lxs que como yo, como Mar Aroko (dramaturga y actriz), se vieron representados por un país que parecía decirles que lo extraordinario era posible. Que la magia no discrimina. La conexión de Mar con el país del sol naciente no viene, sin embargo, del fanfic, ni permanece en su infancia. Por el contrario, crece como las ramas del árbol de la vida para abarcar todos los aspectos que la forman.

Y sí, por más refrescante que sea entrar al Teatro el Milagro para ver a una actriz interpretar “Zankoku na Tenshi no Thesis” de Neon Genesis Evangelion desde el alma, y usar una Fruta del Diablo de One Piece para esclarecer la filosofía detrás del sintoísmo, entre anécdota y anécdota en una vida repleta de ellas, Manifiesto Solar termina por caer en la trampa de pretender resumir la entera identidad de Mar Aroko en dos horas de teatro, y acaba por momentos atiborrada y perdiendo la flecha.

Vestida con pantalones nipones y una tank top blanca, que poco a poco se va transformando en vestimenta tradicional japonesa bellamente realizada por Josué Poceros, Mar Aroko se para frente a un sencillo marco que va usando para ilustrar los instantes que conforman su constelación con pinturas hechas por ella misma, al estilo del Kamishibai o teatro de papel, para llevarnos a su nacimiento, cuando por un padecimiento congénito en el intestino su cuerpo quedó irremediablemente marcado por una cicatriz que pareciera aquella del “seppuku”, un corte limpio en el abdomen con el que en la antigüedad los japoneses entregaban su vida a cambio de honor.

Desde ese momento su destino pareciera estar sellado, pero conforme va creciendo son más las casualidades que la acercan de forma cada vez más inevitable con Japón. Desde su primer amor de primaria, una niña de familia japonesa con la que conoció el sushi, y hasta el Templo del Pabellón de Oro en Kyoto que podía pintar sin haber conocido en persona, pasando, claro, por su etapa anime repleta de Sailor Moon, Sakura Card Captor y Pokemon; su enfrentamiento con la literatura del escritor Yukio Mishima, y hasta su salvación a manos de la diosa suprema del sintoísmo Amaterasu.

Todo aquello que pareciera encaminado a un eventual encuentro con el mismo Japón en persona. Su idioma, sus calles, su gente. Mar Aroko nos transporta con vistazos de una y otra cosa, como fotografías. Y aunque varias de ellas simpáticas sin duda, son un par las que terminan por ser clave en su formación. Por un lado la muerte de su tío Memo a manos del SIDA, el tío por el que conoció el libro “Confesiones de una Máscara” de Mishima, y entendió lo que implicaba ser queer, incluso si no se decía en voz alta; y un segundo padecimiento de salud en sus años universitarios que la dejó en el hospital a punto de perder la vida, pero del cual salió entendiéndose como Amaterasu, la diosa que de acuerdo a la mitología, a punto de rendirse y recluirse lejos del mundo, entendió que su luz era la más brillante de todas.

Mar va dejando sobre el piso una serie de mementos, objetos de todos sus recuerdos de Japón. No de un viaje en particular, de su historia con el país. Desde grullas de origami y hasta objetos rituales, el escenario del teatro se vuelve un álbum, quizá un mapa para entender la conexión de Mar con algo que pareciera tan lejano y ajeno a la cultura mexicana; y que, sin embargo, cuando ella empieza a hilar con las diosas de la mitología prehispánica, es claro que aquello que tenemos en común es más grande que lo que nos separa.

La escena se completa con una serie de proyecciones a cargo de Nubia J. Saldaña que se van reflejando en telas colgadas al fondo, un telar segmentado en bloques que se llena de fotografías y animaciones y que génera varios de los momentos performáticos más especiales del montaje, especialmente aquél en el que Mar Aroko enfrenta con su espada a una serie de sombras que la combaten. Una mezcla interdisciplinaria en una puesta que en todos sus demás elementos nos transporta a un lugar más personal e íntimo, como entrar a la habitación de la misma Mar y observar lo que tiene guardado en sus cajones.

Manifiesto Solar es un trabajo que se siente como una promesa, como una ofrenda que su creadora ofrece a un país que la ha ayudado a construirse, y que en el templo del teatro se coloca desde el documental, pero también desde el homenaje. Y como público estamos ahí para ser testigos del momento. Una obra que podría terminar de recortarse de las puntas para afocar con mayor certeza su corazón al centro, pero que en su capacidad casi de charla coloquial, de conferencia, no deja de ser un excelente rato con una actriz que lo único que quiere es invitarnos a un viaje más allá de cualquier frontera.
Manifiesto Solar se encuentra por el momento fuera de temporada en Teatro el Milagro.








