David Gaitán crea una fábula sobre el final de los días en Oso Polar Decapitado, una helada distopia futurista donde hombres y robots deben trabajar de la mano para evitar el fin de la humanidad tras la noche eterna, en una pieza reflexiva de ciencia ficción donde entre ambición, avaricia, miedo, más que nada ego en la mezcla, el ser humano es incapaz de ver que está minando el mismo suelo por donde ha de pasar….o dormitar.
En un lapso de menos de un año, David Gaitán nos ha entregado dos piezas que tienen puntos que compartir sobre la torpeza del ser humano frente a la máquina, especialmente la inteligencia artificial que con un objetivo por encima de una moral no puede sino ser una espada de dos filos. El año pasado con El Mar Es Un Pixel nos advirtió sobre la peligrosa arrogancia en redes sociales, y ahora con Oso Polar Decapitado nos arrastra hasta el apocalipsis donde el hombre con toda su lista de defectos, humanos, pero defectos, se ve enfrentado contra lo inevitable, mientras robots pensados como salvadores van cayendo en cuenta de que…tal vez no tienen nada que salvar.

En un futuro donde curiosamente no es el humano el que ha terminado de cavar su propia tumba, sino un evento astronómico, la Tierra está por recibir la «noche eterna», una especie de eclipse solar que dejará congelado y en oscuridad al planeta y toda la vida en él por un tiempo indefinido. Una élite adinerada de hombres ha tomado la decisión de entrenar a una serie de robots a realizar sus actividades -todas insignificantes juegos y estúpidos malabares- mientras ellos se preparan para hibernar a partir de una nueva tecnología nunca antes probada que pudiera o no permitirles algún día regresar a sus vidas como las dejaron antes de esta especie de sueño eterno, que para su mala suerte es más como una vigia donde la consciencia nunca deja de estar alerta.

Al mismo tiempo, una narración surrealista, casi un cuento, sobre un oso polar que navega decapitado por el planeta congelando en busca de la cabeza que perdió, se va integrando a la serie de viñetas que vemos suceder en las instalaciones donde los robots se preparan para tomar el lugar de los hombres, para converger en un clímax de muchos posibles epílogos donde finalmente la reflexión permanece: ¿es capaz el hombre de realmente cambiar el chip y reiniciar incluso después de un evento como el fin del mundo o somos tan protagónicos que incluso durante el sueño eterno somos incapaces de soltar la ansiedad por controlar?

La respuesta tristemente ya se nos ha presentado más allá de cualquier hipotético. Todavía recuerdo cuando durante pandemia y ante la amenaza de ver nuestras vidas cambiadas para siempre, el hombre rescataba que la única salida posible era el cambio y el propósito de mejora. Seis años después pareciéramos haber deseado el absoluto contrario. Oso Polar Decapitado alumbra precisamente en esa megalomanía cuando los ricos ante el posible final siguen buscando la manera de ser ricos; cuando la salvación queda en manos de una empresa que nunca suelta sus manías corporativas; cuando frente a una inteligencia incorpórea seguimos buscando la réplica de nuestros cuerpos y nuestras maneras; cuando ante a robots programables un hombre propone hacer una orgía, que aceptémoslo, es algo que pasaría.

Ahi donde Gaitán había encontrado una manera muy pulcra e intuititva de llevarnos a la distopia futurista y marcar claro su propósito con El Mar Es Un Píxel, Oso Polar Decapitado es mucho más retacada y excesiva. Dirigida por Martín Acosta nuevamente hacia al retro-futurismo por una parte, y lo francamente fantásico por otra, la puesta encuentra la manera de anidarse en una cierta sensación robótica, de cierta repetición, cierta sencillez que pareciera comportarse como un sistema, y no sin un dejo de melancolía. Pero Acosta apuesta de pronto por la sobreestilización de la forma y el uso constante de símbolos que con un texto de entrada cerebral mantiene algunos aciertos que provocan la relfexión, pero se pierde en lo críptico de otros que sólo parecieran crear ruido.
Los muchos temas y mensajes de la obra flotan en el aire en espera de poder ser cachados como con una red para mariposas pero nunca terminan de formar una misma nube, disparándose de pronto hacia un lado y hacia el otro, a veces en direcciones opuestas. Quizá a Oso Polar Decapitado hay que digerirla como por cubos, pertinentemente bites. Descargarla en megabytes y no los gigabytes que en el teatro se nos llegan a aventar encima.

El elenco de humanos y robots conformado por David Gaitán, Verónica Bravo y Xóchitl Galindres encuentra momentos de franca brillantez en tres acelerados monólogos que nos presentan de manera literal sólo con la cabeza dentro de un marco, las ansiedades de mentes que han quedado paralizadas en hibiernación pero incapaces de dormir; y Pablo Chemor, como el narrador de aquel oso sin cabeza también compone la perfecta atmósfera auditiva para este frío pero cínico apocalipsis, encargado también de la música con una consola que arrastra en un carrito como indigente, quizá comentario sobre este privilegio reservado para los ricos de sobrevivir al invierno mortal. Como tantas otras cosas.

Es quizá el vestuario de Mario Marín del Río el que le da el toque ideal como de un futuro imaginado durante la guerra fría, más uniformado con una cierta cualidad sci-fi de añtaño, que el blanco impoluto que hoy entendemos como tecnológico; junto con la escenografía de Eva Aguiñaga, un muro en toda la extensión de la palabra repleto de páneles que se abren sólo cuando son necesarios para descubrir lo que guardan detrás, muy en la lid del diseño que entendemos como avanzado donde nada debe quedar a la vista si puede ser cubierto por una superficie lisa en su lugar. Pero en madera para recordarnos que noche eterna o no, allá afuera la tierra siempre ha sobrevivido los cambios cataclísmicos, más que cualquier criatura.

Ahí donde el oso polar decide quedarse sin cabeza porque ésa ofrece demasiada información donde es más fácil no tener que pensar tanto, este nuevo trabajo de Gaitán retomado por Acosta definitivamente necesita de cabezas bien atornilladas en el auditorio con ojos abiertos y oídos atentos. Un relato para digerir por partes y rascarle para seguir encontrando significado, que en un estilo que hoy reconocemos como «Black Mirror» viene a sumarse a la noción de que entre animal, hombre y robot, sólo el hombre es realmente capaz de autodestruirse con lo que ha creado para evolucionarse.
Oso Polar Decapitado se presenta jueves, viernes, sábados y domingos en Teatro el Galeón del CCB.








