*NOTA: Esta crítica de Nuestra Isla fue escrita para El Aquelarre por Laura Cárdenas, creadora de contenido y mediadora cultural enfocada en acercar nuevos públicos al teatro. Desde su plataforma -Lalis Teatro- comparte recomendaciones, opiniones y reflexiones que buscan hacer de la experiencia teatral un espacio más cercano y accesible.
Antes de que conozcamos Kinnan, la escuchamos.
Dos intérpretes entran desde extremos distintos y suben a una estructura de madera con forma de embarcación. En el centro, un punto de luz; a los costados, dos bancas. El espacio se tiñe de azul mientras una luz amarilla permanece al fondo. Entonces comienzan a cantar.
El agua llega al mar, las nubes aparecen y una isla amenaza con colapsar. Los pies golpean con fuerza la madera y el escenario retumba. Todavía sabemos poco de ese lugar, pero ya podemos imaginarlo.
Es quizá ahí donde Nuestra isla encuentra una de sus mayores virtudes: dos cuerpos y dos voces bastan para hacer aparecer un territorio entero.
Concebido por Amy Draper, con música y letras de Finn Anderson y libreto de Stewart Melton, el musical llega a México bajo la dirección escénica de Clemente Vega, con traducción y adaptación de Ana Graham, Antonio Vega y Cristóbal MarYan, además de la dirección vocal y musical de Analí Sánchez Neri.

Kinnan es una pequeña isla escocesa donde quedarse se ha convertido en una decisión cada vez más difícil. Sus habitantes disminuyen y, con ellos, también los servicios, las oportunidades y las posibilidades de futuro. Tierra firme ofrece aquello que la isla parece haber dejado de garantizar.
Eilidh es la única niña que permanece ahí. Vive con su abuela después de que su madre decidiera marcharse en busca de otras oportunidades y ha convertido esa partida en una herida: para ella, irse no significa únicamente cambiar de lugar, sino abandonar aquello que todavía considera propio.
Hasta que encuentra una cría de ballena agonizando.
Su aparición abre la primera grieta entre la cotidianidad de Kinnan y aquello que sus habitantes conocen a través de las historias. La segunda llegará con Arran, una joven procedente de una comunidad que Eilidh creía perteneciente al territorio de los mitos.
Pero Nuestra isla no utiliza lo fantástico para escapar de la realidad. Lo utiliza para regresar a preguntas profundamente humanas: ¿dónde pertenecemos?, ¿qué significa marcharse?, ¿qué necesitamos para poder volver?

Eilidh y Arran comienzan a reconocerse a través del canto de las ballenas. Eilidh ha aprendido aquella melodía después de su encuentro con la cría; Arran identifica en ella un lenguaje que pertenece al mundo del que proviene. La canción deja entonces de ser únicamente música: se convierte en la primera evidencia de que aquello que una entendía como mito forma parte de la realidad de la otra.
Y también en el primer puente entre ambas.
Hay una frase que Arran pronuncia en algún momento para explicar cómo consigue percibir aquello que otros no: “solo presto mucha atención a lo que está pasando”.
Podría parecer una observación menor, pero contiene una de las claves más delicadas del relato. En Nuestra isla, descubrir lo extraordinario no parece depender de poseer un don, sino de estar dispuesto a mirar y escuchar con suficiente atención.
Eilidh escucha a una ballena cuando otros podrían ver únicamente un animal varado. Escucha a Arran aun cuando su historia parece imposible. Y continúa escuchando a una isla cuya desaparición muchos ya parecen haber aceptado.

La propia amistad entre las protagonistas se construye desde pequeños gestos. Cuando Eilidh intenta explicarle a Arran que sus intenciones son buenas y que desea ser su amiga, junta sus propias manos para representar a dos personas unidas. Más adelante, ambas recuperarán el mismo movimiento desde lugares distintos. Ya no para explicar qué significa una amistad, sino para reconocer una que ha sido construida.
Es en estos vínculos donde Nuestra isla adquiere una sensibilidad particular.
La historia está habitada por mujeres que cuidan de maneras distintas, incluso cuando esas formas parecen contradictorias: una abuela que decide permanecer; una madre convencida de que marcharse puede ofrecer una vida mejor; dos jóvenes intentando acompañarse mientras descubren dónde pertenecen; y una relación con las ballenas atravesada también por la responsabilidad, la culpa y la posibilidad del perdón.
Eilidh interpreta durante buena parte de la obra la partida de su madre como abandono. Su abuela representa, en cambio, aquello que permanece. Entre ambas, la intimidad no necesita grandes declaraciones. Aparece en las bromas, en conversaciones compartidas en el suelo y en un abrazo capaz de concentrar parte de esa protección cotidiana.

Cuando la pérdida finalmente alcanza a Eilidh, tampoco necesita representarse de manera literal.
Su voz crece.
A su alrededor continúan escuchándose otras voces, pero su vocalización aumenta hasta imponerse sobre ellas, como si el mundo siguiera hablando mientras ella sólo pudiera escuchar su propia tristeza. La superposición sonora convierte aquello que siente en algo que ocupa físicamente el espacio.
Y entonces resulta evidente que el sonido no acompaña simplemente a Nuestra isla.
Es una de sus formas de narrar.

Las intérpretes construyen frente al público buena parte de la música, los efectos y las atmósferas mediante sus propias voces y el uso de looper (Lupe). El diseño de audio de Dulce Mariel y la dirección vocal y musical de Analí Sánchez Neri permiten observar cómo una canción aparece capa por capa: los golpes de los pies contra la madera se convierten en percusión, las voces se reproducen y superponen y el canto grave asociado a los cetáceos alcanza una profundidad que no sólo se escucha; su vibración se siente en el cuerpo.
Las melodías, además, cambian de significado conforme avanza la historia.
“Que te acompañe mi canción”, dice una de ellas.
La frase parece sencilla, pero termina describiendo buena parte de lo que la música hace dentro de la obra. Una canción vinculada primero al cuidado de una pequeña ballena encuentra después otro significado junto a una nueva vida. No puede evitar la pérdida, corregir los errores ni detener una tempestad; puede, en cambio, acompañar a alguien mientras la atraviesa.
Esa arquitectura sonora es uno de los recursos más atractivos de la puesta, aunque también exige una precisión técnica considerable.

En una de las dos funciones observadas, la mezcla dificultó por momentos comprender algunas letras y, con ellas, información necesaria para seguir determinadas relaciones de la historia. En otra, una ecualización más clara permitió que esos detalles emergieran y modificó sensiblemente la comprensión del relato.
En un musical donde una parte importante de la dramaturgia también se canta, escuchar mejor significa acceder a otra profundidad de la obra.
La alternancia de elencos modifica también la temperatura de la puesta.
Con Marián Guzmán y Gina Granados predomina un registro más lúdico, atravesado por la ternura de Guzmán y la facilidad de Granados para la comedia. En la función con Gaby Castillejos y Alicia Candelas aparecen otros matices: Castillejos construye a Eilidh desde una bondad e inocencia que nunca anulan su determinación, mientras Candelas utiliza corporalidad, voz y ritmo para hacer más reconocibles las distintas identidades que atraviesan la historia.

Esas variaciones se vuelven especialmente perceptibles cuando el relato transita de la ligereza hacia la culpa, el duelo o la despedida. Una pieza sostenida por sólo dos intérpretes exige una modulación particularmente fina: conservar el carácter lúdico de la narración y, al mismo tiempo, permitir que la vulnerabilidad encuentre espacio cuando la historia la necesita.
Donde ambas funciones comparten sus principales dificultades es en la relación con el espacio.
La escenografía de Daniela García Moreno ofrece una imagen inmediatamente reconocible del universo marítimo de Kinnan. La madera, las piedras y la estructura central construyen una postal atractiva de esa pequeña comunidad rodeada por el mar.
Su funcionamiento dramático, sin embargo, resulta menos libre.
La volumetría de la estructura condiciona buena parte del trazo escénico. El público está dispuesto en dos frentes y, bajo esta configuración bifrontal, cada conversación, giro y desplazamiento necesita dialogar con dos puntos de vista distintos. Sin embargo, gran parte de la acción conserva una lógica frontal y los recorridos recurren con frecuencia al tránsito de un extremo al otro del espacio.

La dirección de Clemente Vega encuentra imágenes de delicadeza, aunque menos variedad en la organización del movimiento. En algunos pasajes, los desplazamientos parecen responder principalmente a la necesidad práctica de repartir la acción entre ambos lados de la sala, sin que cada recorrido transforme necesariamente la relación entre los personajes o revele una nueva posibilidad del lugar que habitan.
No es una dificultad que pueda separarse por completo del diseño escenográfico.
Puesta y espacio terminan condicionándose mutuamente: aquello que permite materializar visualmente la isla también estrecha los caminos disponibles para recorrerla.
La configuración afecta además la isóptica. Dicho de manera más sencilla: dependiendo de dónde se encuentre el espectador, no necesariamente recibe la misma imagen.
Desde determinadas posiciones, la acción conserva claridad; conforme la mirada se desplaza hacia la profundidad de la estructura, algunos elementos pierden visibilidad. Incluso ciertos recursos vinculados con la aparición de las ballenas —entre ellos una animación que expande visualmente su presencia— disminuyen su efecto desde algunos ángulos.

La contradicción resulta particularmente significativa en una obra de esta naturaleza.
Dos intérpretes deben convertirse sucesivamente en jóvenes, madres, abuelas, habitantes de una comunidad y criaturas vinculadas con el mar. Para conseguirlo transforman cuerpo, voz y energía frente a nuestros ojos.
Sus cuerpos no sólo ocupan la escenografía: son el principal paisaje de Nuestra isla.
Por eso, cada vez que la arquitectura restringe la posibilidad de observarlos, también limita una parte del recurso que sostiene la ficción.
La iluminación de Daniela Espino dialoga con mayor libertad con esa capacidad de sugerir. El azul que domina Kinnan se transforma en turquesa cuando el mar y las ballenas adquieren presencia. Conforme avanza la función, esa asociación cromática deja de funcionar únicamente como atmósfera y comienza a convertirse en un lenguaje reconocible: algo proveniente del océano está atravesando nuevamente el mundo de las protagonistas.

Y quizá Nuestra isla encuentra sus imágenes más poderosas precisamente cuando confía en esa clase de evocación.
Cuando una vibración puede ser una ballena.
Cuando dos manos pueden ser una amistad.
Cuando una canción puede guardar la memoria de una pérdida y regresar convertida en acompañamiento para una nueva vida.
Porque hacia el final, la obra construye una correspondencia especialmente fértil.
Comenzamos con una vida femenina que se apaga. Terminamos con otra que comienza.
Al inicio, una cría hembra de ballena agoniza frente a Eilidh. Hacia el cierre, una niña nace en Kinnan.
Su llegada no devuelve mágicamente una escuela, médicos ni las oportunidades cuya ausencia llevó a tantos habitantes a marcharse. Una nueva habitante no resuelve por sí sola las dificultades de la isla.
Pero transforma algo más elemental: su relación con el futuro.

En un territorio cuya principal amenaza era quedarse sin gente, que una niña nazca ahí significa que todavía puede existir alguien para quien construir aquello que falta. La aparición de las ballenas abre además nuevas posibilidades para una comunidad que parecía condenada a desaparecer también de la mirada de los otros.
Arran encuentra un camino de regreso hacia aquello de lo que huyó. Eilidh comprende que permanecer no significa negar las dificultades de su hogar, sino decidir qué asuntos todavía quiere enfrentar en él.
Cuando llega el momento de separarse, dejan abierta la posibilidad de encontrarse nuevamente:
“Si las ballenas siguen nadando”.
“Si todavía estamos aquí”.
En esas dos condiciones cabe buena parte de Nuestra isla: que sobreviva aquello que habita el mar y que sobrevivan también quienes necesitan un lugar al cual regresar.
Entre la vida que se pierde y la que comienza aparecen madres, hijas, abuelas, amigas y criaturas descubriendo que cuidar tampoco significa siempre lo mismo.

A veces cuidar es permanecer.
A veces implica permitir que alguien se vaya.
Otras veces exige regresar.
Y algunas basta con acompañar a alguien mientras atraviesa su propia tempestad.
Nuestra isla habla de amistad, identidad y pertenencia, pero debajo de todas ellas parece correr una pregunta todavía más sencilla: ¿cómo cuidamos aquello que no queremos perder?
La producción mexicana encuentra una enorme fuerza cuando confía en sus voces, sus cuerpos, su música y su capacidad de sugerir. Sus límites aparecen cuando el espacio físico intenta contener un universo que esas dos intérpretes ya habían demostrado poder hacer mucho más grande.
Quizá por eso, al terminar la función, lo que permanece no es únicamente una isla.
Es la pregunta de qué estamos dispuestos a hacer para seguir cuidándola.
Nuestra Isla (Islander) se presenta los lunes a las 8pm en Foro Lucerna.








