Una niña consigue cambiar su entorno violento no tanto con poderes psíquicos, pero con inteligencia, entereza y pasión por la lectura en Matilda el Musical, un montaje non réplica de la franquicia que nos llega a México desde Londres con un Jaime Camil en deliciosa villanía, un elenco de niños que te dejan con la boca abierta, y un ensamble de bailarines que dejan cuerpo y alma en ese escenario en frenéticas coreografías para armar una súper producción que incluso cuando carga con ciertas debilidades de genética, en el CCT1 es una revolución donde se batalla por el derecho de ser un poco traviesos.
En 1988 Roald Dahl escribió una novela infantil sobre el enfrentamiento de la inocencia con la violencia, y la defensa del abuso a partir de la inteligencia que para el 2011 la Royal Shakespeare Company convirtió en musical para el teatro (y que no, no sale de la película que muchos conocen de los 90’s). Matilda se vuelve el primer musical del comediante, también actor teatrero, Tim Minchin como compositor, en colaboración con Dennis Kelly en el libreto, dos autores en realidad nóveles para un proyecto de la envergadura de Matilda que consiguen crear un relato entrañable, si bien desequilibrado en su fórmula.

Desde entonces Matilda el Musical ha sido un éxito en West End, Broadway y otros tantos países, y a México llega de la mano del productor Alejandro Gou, que toma el título desde la non réplica para generar sus propios diseños en un relato en realidad oscuro, que Gou busca llenar de color y un nuevo tipo de luminosidad, que a momentos funciona de manera fascinante en el teatro CCT1, y en otros batalla con lo más íntimo de la historia y su trasfondo.
Matilda nace en una familia a la que no le podría importar menos su llegada. De hecho, es más bien un estorbo, lo que la obliga a recluirse en las historias fantásticas de los libros, mientras su madre se obsesiona con ser la número uno de los campeonatos de baile, su padre se enterca con quererle vender coches usados como nuevos a la mafia rusa, y su hermano apenas si logra unir dos enunciados en una cabeza completamente enajenada y alterada por la televisión. Todo lo que recibe en su casa son insultos y burlas, que ella batalla con una que otra travesura… como pegarle el sombrero a su papá a la cabeza con súper pegamento.

Y aunque tiene la librería local como su pequeño rincón para huir de sus circunstancias, y se ha hecho amiga de la bibliotecaria a la que emociona contándole la historia de una trapecista y un escapista, y la tragedia de su búsqueda por ser padres, mientras son amenazados por una hermana que los fuerza a actos que ponen en peligro sus vidas; la cosa no mejora para ella cuando entra finalmente a la escuela y acaba en manos de Tronchatoro (Trunchbull), una directora de disciplina militar que considera que todos los niños son gusanos y que más allá del conocimiento es la obediencia ciega el único tipo de principio que se les tendría que estar enseñando a sus alumnos.

Pero en medio de un mundo que insiste en decirle que todo lo que es ella está mal, y que pareciera ensañado con castigarla por salirse de lo establecido, incluso si lo hace con la intención de crecer y perseverar, Matilda conoce a la Señorita Miel (Miss Honey), su maestra. La única persona que le muestra bondad a ella y a los otros niños, y que está dispuesta a creer en lo que puede lograr, incluso si eso implica tener que enfrentar a Tronchatoro a la que le tiene terror. Pero conforme Matilda es testigo de actos francamente terroristas contra ella y sus compañeros, la voz que decide levantar ante la injusticia toma forma de telequinesis, y una niña que siempre ha tenido su propia magia, finalmente consigue poderes sobrehumanos para batallar lo que desde su contexto pareciera imposible.

Dennis Kelly hace lo posible por conjugar el encanto peculiar de Roald Dahl en una puesta que nunca ha terminado por hacerle justicia a Matilda. En el libro, Matilda tiene un año cuando ya puede hablar, para los tres ya puede leer, y a los cuatro ya ha leído libros de autores como Charles Dickens y Charlotte Bronte. Una prodigio en toda medida de la palabra, cuyo cerebro no funciona tal cual como el de otros niños… el de otras personas, y que eventualmente le permite acceder a una parte psíquica de sus capacidades, que para cuando termina de usar y pone las cosas en su lugar, vuelve a utilizar de manera más cerebral para el aprendizaje. La Matilda de la novela es una bastante redondita.
En el musical, sin embargo, Matilda es más bien retratada como una sabelotodo, no sin su cierta calidad de soberbia al respecto. Una niña, no tan pequeña, cuya pasión por la lectura es definitivamente celebrada por el texto, pero no imposible ni francamente fantástica. La Matilda de Kelly es «la niña de los plumones», y en su necesidad de una madurez que no encuentra por ningún lado en su casa, es obligada a crecer y volverse una adulta chiquita, cosa que al momento de juntarla con los niños más bobos y divertidos de la escuela, la vuelve el personaje más sombrío dentro un círculo de pequeños mucho más encantadores y coloridos. Cosa que es injusto para ella como la heroína de la historia, y para las actrices que la interpretan que inevitablemente están destinadas a estar un pasito atrás de otros niños del elenco que se acaban por robar la puesta.

Dennis Kelly trabaja un primer acto de establecimiento, donde los padres de Matilda toman protagonismo, personajes irredimibles y francamente crueles porque sí, a los que cuesta mucho trabajo ver con algún tipo de entretenimiento, incluso trabajados desde la comedia fársica; y no es sino hasta el segundo acto que comienza a involucrar elementos más emocionales y lúdicos al relato, que acompañados por las tres mejores canciones en el score de Tim Minchin (que también tiene su buena cantidad de números de relleno): When I Grow Up, My Home y Revolting Children, terminan por conseguir un musical entrañable que acaba por conquistar lo más soso de toda la primera parte.
Ésa siempre ha sido Matilda y ése mismo score y libreto es el que nos llega a México. Pero aquí el mundo de Roald Dahl se pinta distinto. Con la nueva dirección de Nick Evans hay un tratamiento sugestivamente más luminoso al personaje de Matilda. Una mezcla entre dulzura, ternura y dolor que consiguen ofrecerle matices menos amargos al personaje, aún si permanece siendo el «serio» de la historia. Emilia (una de las alternantes de Matilda) lo toma lastimada, y es en su solo para el número de Quiet donde mejor expone quién es su Matilda, de dónde viene y por qué no puede sonreír como otros; y Lara Campos (actriz invitada) elige una ruta más alegre, y su Matilda tiene un temple distinto que se acaba desahogando en un lugar pícaro. La Matilda de Lara está hecha para el final feliz, mientras la de Emilia en su melancolía podría no conseguirlo nunca, que es quizá un perfil más cercano al de Dahl.

Los padres de Matilda permanecen en un lugar incómodo de maldad poco simpática, meramente desdeñosa, aún si es verdad que Ricardo Margaleff como el Señor Wormwood demuestra una maestría francamente especial en su tino para la comedia física (verlo batallar con su sombrero pegado es como ver a los Looney Toons), y como encargado de abrir el segundo acto con un número que rompe la cuarta pared para enfrentarlo con la audiencia repleta de niños que le gritan enojados, es donde se prueba como un actor lleno de tablas. Si el Señor Wormwood no termina por ser un personaje brillante es definitivamente muy a pesar de él, y enteramente responsabilidad de Kelly.

Lo que en definitiva no es el caso para Jaime Camil. Su directora Tronchatoro es la medalla de oro del montaje. Atinado, perspicaz y contenido, Camil hace algo muy simpático con esta magnífica villana, y es que se restringe. No se suelta a la farsa desquiciada a la que se presta mucho del trabajo actoral en Matilda el Musical, pero por el contrario asume esta posición apretada y literalmente cuadrada de Tronchatoro -inclusive al caminar-, para obligarse a no caer en una sátira drag, sino a abordar a Agatha desde un lugar de mucho sentido y una comedia a la que no le queda de otra más que ser puntual y precisa. Y verlo desde ese lugar de presunta entereza batallar con un ajolote en sus calzones es de las cosas más divertidas que uno puede ver en un escenario de teatro.
Gou eligió bien a un actor que no por nada ya también ha pisado los escenarios de Broadway y que eventualmente cuando la historia aterriza en la escuela se vuelve el centro de gravedad de la puesta. Cada una de sus apariciones son magnéticas. Cosa que no se podría terminar de lograr si no estuviera rodeado de un elenco infantil que son en toda medida diamantes en bruto. Cada uno de los niños actores que tiene algún tipo de interacción, aunque sea mínima con Tronchatoro, hacen de ese momento oro molido de franca simpatía. Y para la edad de muchos de estos niños no deja de ser admirable la entrega sin reservas y la capacidad de construir personajes completos que en ningún momento parecieran un juego, son reales en sus instantes absurdos como lo son cuando están afectados.

Los Nigels (Jerónimo y Patricio) hacen gala de su capacidad de pasar de aterrados a desententidos pretendiendo tener narcolepsia para que Trunchbull no los castigue, mientras las Lavandas (Regina y Alondra) le sacan carcajadas al público al que hacen cómplice de la travesura que están por cometer metiendo un ajolote al vaso de agua de la directora, y los Bruce (Lalo y Carlos) toman el icónico momento del pastel de chocolate para -por un momento- volverse los únicos protagonistas de la obra entera. No quiero dejar de mencionar a Job, que en su solo para Revolting Children presume vocales que le he escuchado a pocas personas en teatro musical (adultos incluidos); y a los más chiquitos (me parece) de la compañía, Hakeem, Maia y Sebastián que no por nada los ponen continuamente a bailar al frente en varias coreografías porque resulta increíble verlos medirse con bailarines profesionales con una energía que le pone la piel chinita a cualquiera.
Lo que me lleva al ensamble adulto que es la otra gran razón por la que Matilda el Musical es sin duda un imperdible en la ciudad. Danzantes a los que es difícil quitarles la vista de encima no sólo por la adrenalina que le regalan a los números coreográficos, pero porque en su adaptación al mundo del Roald Dahl se transforman en provocativos diablillos cuyo trabajo corporal y gesticular le dan sentido a los visuales que plantea Evans y los movimientos que diseña Carmelo Segura.

Para cerrar con el elenco, Matilda no estaría completa sin el corazón de la obra: Miss Miel. Un complicado personaje que pareciera meramente basado en la nobleza, pero cuyo centro se debate entre la debilidad de la que considera cobardía, y la historia de abuso que carga sobre los hombros y que incluso de adulto la persigue como un fantasma, pero que es en Matilda donde se siente espejeada y finalmente se atreve a creer en la esperanza. No es un personaje con motivaciones sencillas de transmitir. Y sin embargo, María Elisa Gallegos y Gloria Aura la abordan con sensibilidad pero cierto grado de torpeza que es lo que la vuelve reconocible. Y adorable. Y para cuando canta My House, de los pocos números íntimos de la obra, ambas actrices llenan el enorme CCT1 belteando como las grandes, pero más allá de eso, transmitiendo todo lo que es y siempre ha querido ser Miss Honey. Un pathos muy completo que hace eco.

El diseño de producción tiene genialidades y excesos. Un set de piezas escenográficas acompañado por pantallas logra momentos contundentes como la creación de la biblioteca, o la idea de movimiento dentro del guarida de Tronchatoro, pero se rebasa cuando en números como My House y When I Grow Up se avienta la casa por la ventana en lugar de priorizar la nostalgia y el significado en las letras de las canciones. Y para cuando llega el momento en el que Matilda mueve con los ojos un gis para amenazar a Tronchatoro en un pizarrón, verlo suceder animado en una pantalla, le quita mucha de la sensación mágica e irreal que sólo el teatro puede proveer con un efecto práctico.
El diseño de vestuario de Bernardo Vázquez y Maricel Gallur, por el otro lado, es refrescante y barroco. Ajustado al mismo más es más con el que están trabajando el resto de los creativos, en la caracterización lo recargado y grotesco consiguen conjuntarse de maravilla con lo singular de Matilda. Desde los colores aturdidos en la ropa de los señores Wormwood, que hacen pensar en otro personaje de Dahl, Willy Wonka, y hasta en lo militar, deportivo y hasta BDSM de lo que usa Trunchbull, pasando por la maravilla de brillos que son los vestuarios del Escapista y la Trapecista que habitan en el ensueño, todo en el vestuario ha sido trabajado sí desde la estética, pero también desde el análisis de lo pertinente.

El audio no deja de tener conflictos, especialmente en los números grupales donde las letras de lo que se está cantando se llegan a perder, pero en diseño las propuestas envolventes son sin duda un acierto; junto con la noción de hacer oler la sala entera a chocolate después del eructo de Bruce, que aunque asqueroso, se vuelve un highlight para terminar el primer acto saboreando el aire. Matilda el Musical está haciendo algo épico en México, y en un país donde yo escuché por años que jamás iban a poder traer Newsies, Billy Elliot o cualquier obra que requiriera de niños preparados para los escenarios, esta compañía esta demostrando que México está a la altura de cualquier país en lo monumental de sus talentos de todas edades, y que como en la historia de Matilda, acá no hay imposibles, sólo es cosa de dejar de pensar que somos demasiado pequeños.
Matilda el Musical se presenta viernes, sábados y domingos en el CCT1.








