David Gaitán prueba la distopia del placer sexual en Azul Bosques, un unipersonal con el que nos transporta a la tiranía que cobra soberanía sobre nuestros propios deseos más instintivos para presentarnos a su catalizador, un hombre que tocando piel y teniendo la valentía de demostrar conexión humana cuestiona y alerta a un sistema que nos quiere, como en tantos casos, apagados y dóciles.

Ya son varios los trabajos de David Gaitán que nos transportan hacia el futurismo o la distopia cuasi apocalíptica en un retrato intensificado de una sociedad que ha perdido el concepto de lo humano, y una institución cuyas raíces rancias se han apoderado de lo autónomo y libre de nuestra condición. Azul Bosques se suma a esta preocupación de Gaitán como autor, esta vez desde un monólogo que transforma la sensualidad del placer sexual en un desahogo automático, casi operativo, y un texto que con humor, acidez, intriga y misterio nos lleva a habitar un mundo donde la autoridad ha tomado control de lo más pasional.

Azul Bosques de David Gaitán
Fotos: Cortesía

En este nuevo mundo ultra supervisado de Gaitán la gente no tiene sexo porque quiere o cuando quiere, ese básico de la humanidad ha sido reemplazado por un sistema de descargas y facilitaciones programadas. Es decir, la gente bien portada recibe la posibilidad de tener sexo meramente técnico unas cinco veces en el año. Sucede en cabinas, que son los únicos lugares de la ciudad sin cámaras de vigilancia, y sucede con personas aleatorias cuyos rostros no pueden ver porque quedan escondidos detrás de un muro. La duración está medida y el sistema está dispuesto para que las dos personas involucradas no puedan conocer la identidad el uno del otro.

Azul Bosques de David Gaitán

El receptor de la descarga es absolutamente el dueño del momento y puede hacer con el otro… cuerpo, porque no es otra cosa, lo que quiera. El otro en ese momento es sólo un facilitador. Su tarea es descansar ahí y rogar porque le toque alguien del otro lado del muro que lo trate bien. Todos en esta sociedad son facilitadores o descargadores en algún momento u otro de la vida, depende de qué tarea les toque desempeñar. La idea es mantener este instante de inevitable vínculo lo más desconexo posible. Que la gente no pueda formar lazos. Que el pueblo no pueda desear.

Azul Bosques de David Gaitán

En ese contexto, un hombre que en un sólo día es convocado para descargar y para facilitar en lo que termina sus labores como pintor, se atreve con un mínimo gesto a desafiar lo establecido, firmando con los dedos en el cuerpo de aquél que no lo puede ver un rastro que les permita hacer suyo el momento: un círculo sobre su rodilla, un caminito pierna abajo hasta llegar al empeine, un espiral sobre el abdomen a la altura del ombligo y una flecha que sale hacia la izquierda. Y ahí donde se escabulle con su precaria rebeldía, la provocación toma posesión de él cuando alguien más firma sobre su cuerpo desnudo el mismo rastro que él había dejado en otros antes. Y es entonces que decide enfrentar con pintura, una firma, y la posibilidad de viralizar su mensaje en las calles el roce de dedos con piel que aterroriza a un sistema entero.

Azul Bosques de David Gaitán

Gaitán cuenta esta fábula de acción desde tres distintos personajes, todos interpretados por él, distintos desde la posición del escenario en la que se nos presentan. Por un lado Azul Bosques, el hombre de la firma, el que lo comienza todo siempre parado a izquierda actor, siempre rodeado de micrófonos que puedan vigilar todo lo que dice, todo lo que hace, y que parecieran amplificar su monológo interno como en conferencia de prensa; al centro un segundo hombre, alguien que en el pasado tuvo sexo por placer y fue cruelmente castigado por la autoridad sin poder participar en «El concurso», el otro gran motivante de sumisión y comportamiento aceptable en esta sociedad donde las personas no tienen mucho más a que aspirar, y por último, a la derecha, una mujer vigía, los ojos y oídos de la autoridad cuyo trabajo es seguir cada movimiento de los ciudadanos y prevenir cualquier tipo de levantamiento sospechoso o aplacarlo a tiempo.

Azul Bosques de David Gaitán

David Gaitán entra desnudo a escena, no como una provocación de curiosidad o morbo, ni con el allure sensual de alguien que literalmente se está preparando para tener sexo. Su presencia tiene la apatía de lo meramente dispuesto, y al mismo tiempo una calidad de urgencia y desesperación, una prisa por conseguir lo prometido y luego seguir adelante. El contexto está dipuesto para que esta persona pueda «descargar», y sin embargo, desnudo y rodeado de micrófonos lo que nosotros vemos en Gaitán es a un hombre hambreado al que finalmente le van a servir un plato de sopa. Pero hay una chispa en él. En su narración. ¿Está realmente resignado a lo que le toca o parado frente a la línea que inevitablemente en algún momento habrá de cruzar?

Azul Bosques de David Gaitán

Gaitán mantiene esa lucecita en su ojo. Un elemento de acción. Es el héroe del que se nos ha contado. Rebelde hasta en el color de su pelo, distinto, peculiar, pintado de pies a hombros con tatuajes que son las raíces, ramas y capullos que en algún momento habrán de germinar en él para después expandirse en efecto como un bosque. La huella de una mano a la altura de su corazón nos dice que él no ha olvidado lo importante, ha sido tocado y puede tocar a otros. Conocemos a este hombre del arquetipo de ficción distópica, y no deja de resultar emocionante acompañarlo hasta su detonante. Incluso cuando se ausenta para permitirle a otros narradores tomar la escena, su presencia no desaparece. Y David mantiene esa energía, esa capacidad movilizante latiendo constante.

Azul Bosques de David Gaitán

Dentro del cúmulo de trabajos de David Gaitán, Azul Bosques es sorpresivamente tradicional. Ahí donde él como dramaturgo puede irse a lugares mucho más cerebrales, filosóficos, incluso abstractos, con Azul Bosques la historia es una flecha. Hay muchos detalles del clásico viaje del héroe presentes en su búsqueda por desafiar lo establecido, y es eso lo que le permite a este texto suyo mantener al público al filo del asiento. Como director es donde prueba diferentes teatralidades, algo muy en la línea de su firma característica, su círculo en la rodilla y espiral en el ombligo por llamarlo de algún modo, que es donde frecuentemente explora las posibilidades del teatro para hacer de todo tipo de elementos un camino distintivo y siempre emocionante.

Azul Bosques de David Gaitán

En Azul Bosques es el audio el que toma protagonismo. En tecnicismo y en concepto. Son micrófonos los que están por doquier en el escenario, los que usan para sancionar, supervisar y dictaminar, como aquellos que escuchamos en altavoces cuando «los de arriba» se quieren comunicar, y los que salen de adentro para fuera, lo que queremos gritarle al mundo exterior que tantas veces se ve silenciado o se queda sólo en nuestras cabezas, que debería tener la capacidad de franca convocatoria. Y resulta finalmente estimulante que aquello que termina por ser el motor de una batalla completa sólo se pueda sentir, es táctil, es el calor del roce de una mano, y puede pintarse, y describirse, y dibujarse en el aire, pero su verdadero poder se encuentra contenido en sentirlo sobre el cuerpo.

Azul Bosques de David Gaitán

Azul Bosques termina por ser motivante. Un último cuadro que nos recuerda una sensación sobre el cuerpo, al mismo tiempo que nos permite ver el verde de una vegetación que respira sobreviviendo en un mundo por demás urbanamente gris nos permite exhalar un sentimiento de cambio, de cuestionar las cabinas donde hemos encerrado nuestras pasiones, y los vínculos que hemos convertido en interacciones automatizadas. David Gaitán se va en chiquito a una ficción que se siente grande y empaquetada con momentos de acción «detrás de cámaras», ésos que tal vez no vemos, pero imaginamos, y que no dejan de ser igualmente emocionantes en esta búsqueda por reconectar con lo que nos hace humanos.

Azul Bosques se presenta los miércoles a las 8pm en Teatro La Capilla.