Un hombre se despide del amor de su vida en un hotel en China en Acomodar, un monólogo de Pascal Rambert con el que el autor enfrenta el duelo, la pérdida y la soledad, pero a diferencia de otros trabajos del dramaturgo, éste se llega a sentir poco enfocado y lleno de tangenciales que lo llevan por largas desviaciones lejos del corazón de la historia y le dificultan encontrar el ritmo correcto para permitirle a su actor asestar un flechazo más certero en el centro de la nostalgia.
Vamos a dejar una cosa en claro, Pascal Rambert es sin duda el mago de los monólogos. Que no de los unipersonales. Su trabajo está lleno de soliloquios magníficos que siempre encuentran la manera de aterrizar en las palabras más hermosamente correctas y en las emociones más acaloradamente crudas. Generalmente confrontativo en su manera de enfrentar personaje contra personaje, en Acomodar tiene a uno solo y su enfrentamiento es con el recuerdo y con el tiempo. Y tal vez es ahí donde la melancolía le gana a la rabia que Rambert se distrae fácilmente con otros tópicos que encuentra interesantes, aún si lo lleven a dar rodeos que pueden llegar a perderse por las ramas en segmentos larguísimos de los que es difícil recuperar atención.

Su hombre abre la puerta en un cuarto de hotel en Hong Kong y lo primero que hace es poner la foto de la mujer que acaba de perder apenas un año atrás sobre una mesa. Y desde ese momento es como si ella hubiera tomado forma en la habitación. El hombre se dedica a hablarle. Primero con lamento, recordándole que sin ella no sabe ser o hacer, porque incluso cuando ella vivía, no le gustaba salir cuando ella no estaba. Para después comenzar a contarle de su día, como quizá lo haría en su regularidad.
Casualmente su día fue uno lleno de actividades, dado que fue llamado de Francia a Hong Kong para recibir algún tipo de premio u homenaje por su carrera como escritor. Y es aquí donde Rambert se engolosina llenando de anécdotas su tránsito por China, e incluyendo uno que otro guiño a su postura política respecto al regimen con el que se maneja el país. Misma postura que, por supuesto, comparte su personaje, y que en lo que platica de su traductora, el faisán que cenó, el taxi en el que fue y regresó, y los discursos ofrecidos en la noche, se va enfriando la sensación de que esta persona no está solamente teniendo una conversación con un fantasma, pero está planeando algo.

Conforme el cuarto se empieza a llenar de mementos, un osito de peluche por aquí, cartas de la juventud por allá, música que en algún tiempo acompañó los mejores momentos de la pareja, el hombre va haciéndose un franco coctel de variadas medicinas, whiskey y cocaína, y va quedando clarísimo que su entero paseo por las memorias y su incapacidad de relatar hacia adelante no son sólo una coincidencia provocada por un día lleno de acción, pero una despedida. De él hacia ella principalmente. Pero de él hacia todo como meta final.

Como buen Rambert, el unipersonal es verborréico, pero la poesía que suele acompañar sus frases en Acomodar se ve reemplazada por un dictado más práctico y al punto. Y Alberto Lomnitz que conecta profundamente con el personaje, y de eso no cabe duda, su trabajo es enormemente franco, elige un tono pausado y excesivamente respirado que sumado al mucho tiempo que le toma al texto después de horas de amasar finalmente meter al horno la masa, el ritmo de la obra acaba estando en Válium. Tiernísimo a momentos, pero a otros tantos pesado como los mismos recuerdos que flotan en el aire en ese cuarto de hotel.

Los últimos 40 minutos de la puesta, sin embargo, los elementos trabajan mucho más al unísono en busca de un reflejo muy certero de la soledad y la ausencia, y Acomodar acaba en una nota conmovedora que lleva a reflexionar sobre las inclemencias del tiempo al que nunca le vamos a poder ganar en nuestros propios términos. No sé si Pascal Rambert tenga realmente manera de errar en grande, porque no deja de ser un autor determinado que conoce de emociones y palabras. Y aunque automplaciente cuando vuela sin edición, finalmente siempre encuentra la manera de dejarnos salir de la sala del teatro con una pelotita atorada en la garganta.

Es el mismo Rambert el que dirige esta versión de Ranger para México, por primera vez en español, y al que se le nota una simbiosis con Lomnitz. Insisto, como actor está tocando aguas profundas con la dificultad explicada por el mismo texto de que su personaje no es enteramente capaz de romperse, llorar, desahogarse y seguir. Está atorado, está atrapado y Lomnitz no puede darle rienda suelta a un duelo explosivo cuando el suyo tiene que estar petrificado. Y su trabajo, aunque de pronto adormilado en su entrega, no deja de ser complejo y bello.

En la escena, un reloj de mesa nos recuerda que son las 11:34 de la noche en una escenografía lucidora de Javier Ángeles, que si bien es una cápsula sofisticada y sumamente elegante que verdaderamente nos transporta a un cuarto de hotel en una de las ciudades más modernas de Asia desde el CENART, no deja de tener muchísima similitud con otro diseño suyo, también para una puesta de Rambert, pero trabajada para otro director, que se usó en «Finlandia» en Teatro Milán. Un concepto que inevitablemente se lee derivativo de su propio trabajo. Cierto, una versión aumentada y mejorada, pero en muchos otros detalles un recalentado.

Visualmente, Acomodar es limpia y cuidada en sus detalles. Y así la abordan Isaías Martínez en la iluminación, Estela Fagoaga en vestuario y Jomi Delgado en la música y el sonido. Una manera de Rambert para después de la luminosidad y lo pristino, ir desvistiendo -literalmente- a su personaje, un literal y simbólico desempacar, esuciando su espacio (tanto como se lo permite), y dándole acceso a cierto caos en una última danza de desahogo. Más importante que eso, cambiar la modernidad sanitizada de lo que representa el futuro, por lo vivido pero cálido del pasado. Insisto, Rambert podrá perderse pero siempre encuentra su camino de regreso a casa, porque para esos últimos cuadros, Acomodar se depide rodeada de todo aquello que le da al monólogo su sensibilidad más entripadamente humana.
Acomodar se presenta jueves, viernes, sábados y domingos en el Foro de las Artes del CENART.








