Un muy literal sueño a orillas del mar que se convierte en pesadilla mientras una mujer se ve enfrentada contra los recuerdos que tenía bloqueados en Ni Una Palabra, un lúdico texto sobre lo que escondemos en el inconsciente como si lo dejáramos resguardado en una bóveda, en un montaje a tres voces donde el agua marina se puede respirar a bocanadas mientras el terror de la realización se va asomando por las olas.
El escenario de Teatro la Capilla pareciera haber sido creado para una puesta como Ni Una Palabra, donde las muy textuales capas de la conciencia e inconsciencia toman forma humana para interactuar entre ellas, como si uno mismo pudiera encontrar un espacio recóndito de la mente, entre la memoria y el ensueño, para decirse cosas que la persona al frente no está lista para escuchar. Un escenario y balcón que permiten distintos planos de profundidad, y otorgan a Ni Una Palabra una atinada sensación de revestimiento por niveles.

Una mujer se despierta con un literal cubetazo de agua, pero no despierta en la realidad, sino como parte de un sueño. Una playa con páginas de cuaderno repletas de dibujos de infancia que retacan el piso como si fueran arena. Dentro del sueño la espera otra mujer, Betty. ¿La conoce?, ¿la conoció?, ¿la recuerda? Betty tiene mucho que decirle entre juego y enigma, pero la mujer no pareciera tener claro quién es ella. Sólo sabe que probablemente la bizarra ilusión esté provocada por las medicinas que toma para poder conciliar el sueño, porque ahora es incapaz de hacerlo sin fármacos.

Observándolas hay una tercera mujer, una especie de representación de ella misma y del mar, que va contando como reloj de arena el tiempo que le queda a la mujer antes de convertirse enteramente en agua. En medio de la surrealidad, la mujer va encontrando las pistas para ir desentarrando la verdadera identidad de Betty, pero para lograrlo debe viajar de regreso a un recuerdo de su infancia, uno que la lleva a enfrentarse contra un momento en la playa del que su propio cuerpo pareciera estarla defendiendo… o deteniendo, pero que quizá sea el mismo culpable de que ella haya dejado de dormir, y de aquello que pareciera ahogarla por dentro.
Manya Loría escribe un texto bello de remembranza, y enfrenta el trauma desde lo idílico, una manera reconfortante y cuidadosamente teñida de obligar a su protagonista a enfrentarse contra el horror desde debajo de un cobijo y sin lo pestilente de muchas historias que parecieran sumar siniestro con siniestro, pero lo retaca desde lugares que honestamente el relato no requiere.

Ahí donde dos mujeres son perfectamente capaces de pintar todo el entorno y mapa que necesitamos para entender el terrible suceso, y al mismo tiempo el misterioso sueño que baña la realidad como un merengue; Loría coloca a su tercer mujer que nunca consigue sentirse parte del mismo entorno. Como un apéndice que no logra escapar de la narraturgia, y que sólo pareciera nacer de la terquedad por algún tipo de poesía, la mujer que es una con el mar sobra escena con escena, y en la juguetona dirección de Diego Collazo para el Teatro la Capilla, a pesar de esta disposición en capas de la que hablaba al principio, la actriz acaba arrumbada por un enorme porcentaje de la obra en el tapanco, moviéndose como con la brisa sin participar de ninguna otra manera en la acción o en lo que moviliza aquello que nos interesa.

Y ahí donde Collazo encuentra figuras y colores bellos para su escena, y una escenografía donde de forma sencilla el recuerdo de lo tétrico puede convivir con el azul del mar, también elige utilizar proyecciones para completar la ilusión de lo imaginado, algunas más puntuales que otras, pero menos conforme se acerca a una ilustración excesiva de estas dos mujeres en efecto conviviendo a orillas del mar, que conforme la lista de descubrimientos va saliendo del baúl, menos sentido hacen tal cual están grabadas y expuestas.

En Ni Una Palabra de pronto menos es más. El texto de Manya Loría y la dirección de Diego Collazo encuentran momentos más honestos y más perceptivos conforme más se acercan a lo sencillo y directo. Y es también ahí donde mejor nos permiten habitar el concepto de un sueño que elude la realidad, cuando no se enmarañan en un regodeo que no deja de ser adorno. En gran medida gracias también a su elenco. A una Fabiola Rojo que se permite combatir instantes de verdadera oscuridad e intensidad en un personaje que se tiene abrir de pecho para encontrarse; y especialmente Aurora Gonzve, que se aferra a una identidad más infantil, que podría ser una niña más pequeña o simplemente un espíritu furtivo e ingenuo, y que encuentra matices absolutamente conmovedores en Betty, pero también se queda con los balazos de comedia que funcionan como un respiro a una obra en realidad tupida.

Ni Una Palabra es un laberinto que resulta tan intrigante como agorzomador recorrer. Una cápsula frente al mar, como esos globos de nieve que no dejan de ser su propio microuniverso. Nos lanzamos a este sueño junto a personajes para los cuales es terapia, es un espejo espumoso, pero sin duda espejo, y no abrimos los ojos nuevamente sino hasta que el telón ha cerrado, con suerte, como sucede con los mejores sueños, para descubrir que se ha quedado con nosotros y lo seguimos sintiendo como pulsando por estar vivo. Un texto lindo si bien menos enfocado de lo que pudiera, al lado de actrices que como las olas que bañan la arena, definitivamente dejan huella a su paso.
Ni Una Palabra se presenta los lunes a las 8:00pm en Teatro la Capilla.








