Un montaje bajo la niebla, con Dios Le Guarde Su Hora la Compañía Nacional De Teatro nos transporta a un territorio de fantasmas, culpas y dolores enterrados bajo la tierra en la Sierra Tarahumara, con una visión minimalista pero de impactantes visuales creados con lo evocativo del humo, un diseño de audio francamente inmersivo y un texto que se repite y reitera más de lo que la anécdota de una mujer enfrentada contra las sombras de su pasado requiere.
Hay algo inevitablemente Pedro Páramo en la escritura de la también antropóloga Blanca López Arzola en Dios Le Guarde Su Hora, un lado B a aquella novela de Juan Rulfo cargada de mucha más oscuridad, melancolía y penitencia, pero finalmente atravesada por los fantasmas del pasado, presente y posibles futuros. El texto se ancla en lo onírico e ilusorio, pero en un constante ir y venir entre ventanas a otros tiempos, conversaciones con espíritus derrotados o caídos, y lo que pareciera ser la salida del laberinto, la obra se engulle a sí misma continuamente como una serpiente que se muerde la cola y se atrapa en una narrativa densa y gomosa que a momentos se sintiera como pisar tierra de pantano.

Juanita se aparece ante nosotros tragada por la oscuridad, alumbrando mínimamente el suelo con una linterna, descalza y desfallecida hasta toparse con un sicario que le impide el paso al pueblo adelante, un lugar que a ella le llama por el recuerdo de una casita color azul y los gritos de una mujer que sólo ella pareciera poder escuchar. Detenida en este espacio y en el tiempo, Juanita se ve visitada en su trayecto por todo tipo de figuras de su pasado, especialmente un niño, Ernesto, al que cuidó como suyo aunque era en realidad un ahijado, uno que murió en la precariedad antes de que ella pudiera ofrecerla su ayuda, y cuya muerte parece repetir una y otra vez con distintas caras, y la inevitabilidad de ser nuevamente arrastrado ante la impotencia de una Juanita que no puede parar de perderlo.
Y el padre del niño, Rigoberto, un hombre peligroso y rencoroso que falleció en un barranco, ahora burlón en su forma de llegar a recordarle que está rodeada de muertos, de enfermedad, de una tierra abandonada por dios por más que ella lo invoque en sus oraciones, y violencia, mientras los gritos de la mujer se repiten, un llanto constante eventualmente cortado por el ruido de llantas en la terrasería y el golpe de metal contra la maleza. Juan Carrillo (director) toma este relato en realidad sombrío de almas en pena y una tierra que sufre y con minimalismo en su espacio se arma de símbolos y visuales que terminan por construir una escena ominosa.

Es un círculo el que se descubre entre la negrura del espacio, una especie de referencia dantesca donde en efecto un eterno infierno se repite una y otra vez a sí mismo. Una manguera que de manera muy precisa va llenando de niebla la circunferencia en una propuesta francamente ahumada que se siente como atravesar un umbral hacia lo que de otro modo nuestros ojos no podrían ver. Y que se presta para un juego de vapores que Carrillo utiliza de forma ingeniosa, incluso consiguiendo que de ciertos personajes el humo se escurra por entre la ropa haciéndolos ver efectivamente funestos y presagiosos. El humo se acaba convirtiendo en la tésis de la obra a la que se suman otro par de elementos clave:
El uso del actor Omar Silva, que en un principio se nos presenta como sicario, pero que para cuando la realidad se quiebra, Juan Carrillo transforma más en un metafórico centinela de estas tinieblas, y el único capaz de moverse en el espacio provocando más que siendo provocado. Él va realizando muchos de los sonidos incidentales en vivo con distintos objetos orgánicos, funciona como marionetero, y asistente a la escena, pero más allá de su función práctica, más que nada como una presencia, un testigo. De algún modo el observante a un ciclo de apariciones que han quedado atrapadas y viciadas, y ya no tienen consciencia de sí mismas.

Y la aparición de una marioneta como la representación de Ernesto, el único de los personajes que está interpretado por madera en una de sus facetas y un actor de carne y hueso cuando se para ante nosotros como adulto, y que pareciera evocar las muchas percepciones que Juanita tiene de él: la fragilidad de la infancia, lo inerte de quien ya no puede moverse solo, y la falta de injerencia propia en un personaje al que la tierra le sucedió, y la carencia lo marcó muy pese a sus intentos. Una figura en realidad fatídica que retratada desde la ternura de un inocente puppet resalta en este espacio que se va ensuciando con lodo y tierra, y las imágenes siniestras de aquello que detrás de un velo y en el fondo se dejan ver como sombras. El uso de la escena de Juan Carrillo es atinado y fantástico, y razón suficiente para hacer de Dios Guarde Su Hora una pieza digna del nombre de la Compañía Nacional de Teatro.

El trabajo de música y audio, tanto el incidental vivo como el de cabina, terminan por hacer retumbar este mundo lejos de la luz y la mirada concreta, con magníficas actuaciones por parte del resto del elenco que incluye a Rodolfo Guerrero, Ernesto García y Judith Inda como Juanita que francamente se desvive en un personaje que espejismo tras espejismo no puede escapar del desamparo, y se mantiene sumida en aflicción. Dios Le Guarde Su Hora no es una obra sencilla ni un trago ligero. Llena de símbolos y espectros, pretende reconciliar la tierra, la muerte, la carencia y la violencia, y hacer frente a una realidad que lejos de este panteón es en realidad suelo en guerra para muchos. Cruda, angustiosa y de pronto enredada como pisar la Sierra sin un mapa, este montaje de la CNT es como un túnel que se yergue en el teatro retándonos a cruzar por él para finalmente ver luz del otro lado.








