El director Francisco Franco y Daniel Giménez Cacho vuelven a hacer dupla en Nocturno, un montaje lleno de quietud, quizá demasiada, que provoca la sensación de estar escuchando un audiolibro, en una puesta en realidad muy bella y muy imponente, cuyo diseño de producción consigue momento tras momento de cuadros preciosos que finalmente no se comunican del todo con el texto y la apaciguada narración del actor, haciendo de esta esperada obra en el CCT2 una experiencia que encandila la mirada, pero batalla con romper su propia calma y realmente encontrar instantes de emoción matizada.

Parece inasertivo que en una obra que comienza con el protagonista literalmente confesando haber asesinado a su hermana menor durante su adolescencia, no tenga en realidad mayor tensión o momentum, y quizá tiene que ver con que Adam Rapp (dramaturgo) buscaba la sensación musical de un Nocturno a piano, que es en toda medida tranquila y contemplativa, o quizá pudiera tener que ver con que Rapp plantea un texto que se lee más como una literal novela que como dramaturgia pensada de alguna forma para el teatro. Lo cierto es que Nocturno no encuentra momentos variados o urgencia en aquello que va relatando, y Francisco Franco (director) lo deja suceder como leído, concentrándose mejor en preciosas imágenes que acompañan la escena, pero que rara vez tienen algo que sumar a la historia.

Nocturno con Daniel Giménez Cacho

Y ciertamente Nocturno tiene un equipazo detrás que provoca que tenga los ojos encima. Empezando por el mismo Daniel Giménez Cacho, que apenas hace días fue anunciado como uno de los nominados en la categoría de Mejor Actor en los Premios ACPT por La Cumbia Del Pantano, y su director Francisco Franco con quien ya había hecho mancuerna para Network en el Insurgentes con una apuesta muy propositiva que dejó muy altas las expectativas para lo que sea que viniera para ellos. Ahora el teatro CCT2 se transforma y reduce para crear una atmósfera mucho más íntima para recibir este unipersonal de carácter en realidad melancólico.

Un ex prodigio del piano recuerda como cuando tenía 17 años mató a su hermanita en un accidente que cambia por completo el rumbo de su vida y la de su familia, destinándolo a la soledad, el aislamiento y a cargar con un trauma que incluso 15 años después le sigue impidiendo tener relaciones íntimas y finalmente crear conexiones significativas. A los pocos días del suceso es su mamá quien cae en depresión y con quien mantiene una última conversación antes de no volver a hablar con ella nunca más; y después de que su padre le inserte un cañón de pistola en la boca en un acto de absoluta despersonalización, el hombre decide escapar a Nueva York y comenzar una vida en una librería apartado de la cercanía con el recuerdo doloroso, pero finalmente siempre cazado por él.

Nocturno con Daniel Giménez Cacho

Adam Rapp hace algo muy inteligente porque conforme aleja al personaje de su familia lo hace hablar en tercera persona, para regresar a hablar en primera cuando se enfrenta, por ejemplo, con su padre ya en sus últimas. Como si se fuera fragmentando conforme pretende tomar distancia. Rapp explora la forma en la que lo imperdonable, aunque accidental, se vuelve como una semilla que nunca deja de germinar para convertirse en maleza dentro de la psyque, involucrándose en todos los aspectos de una vida que puede para enmarañarlos y oscurecerlos. Tal vez es por eso que Aurelio Palomino (a cargo de la escenografía, iluminación y vestuario) va llenando de literal pasto el escenario, que poco a poco va creciendo como una especie de jardín que no ha sido atendido en mucho tiempo y comienza a filtrarse por les hendiduras que encuentra descuidadas. Sólo uno de varios símbolos que Francisco Franco se toma mucha calma en ir involucrando en el espacio.

Nocturno con Daniel Giménez Cacho

Y ahí donde Rapp plantea un trauma no superado de unos 15 años, más o menos (porque en el texto original, el pianista está en sus treintas para cuando recuenta su historia), en la adaptación de Guillermo Wiechers (con ayuda de Enrique Arce) este hombre está en sus sesentas y aún mirando para atrás al momento de parpadeo que lo desmoronó todo. De modo que esta puesta de Nocturno en México impone inmediatamente un sabor aún más sombrío. Y aún cuando el planteamiento carga inherentemente con una intriga natural sobre la manera del humano de enfrentar sus realidades más tenebrosas, lo que permanece es la novelización de Rapp al momento de escribir, que para un libro sería de un ritmo ideal y sobrio, pero en teatro -y más en el caso de un monólogo- se traduce como falto de movilidad.

Nocturno con Daniel Giménez Cacho

Y aún cuando Franco mantiene a Giménez Cacho rondando por el espacio en busca de nuevas posiciones, difícilmente logra sacudirse de encima la falta de accionables. Y en una narración de pocos picos y valles, finalmente el personaje está recordando y no tanto viviendo en presente, y por tanto su relato se mantiene tranquilo y distanciado sin muchas variantes, no le queda de otra más que buscar los acentos desde la iluminación y la escenografía. Y lo consigue. O bueno, lo consigue desde la fotografía, pero para lograrlo lo aparta de la narración para contar una historia aparte. Aurelio Palomino recupera la sensación de aquel Nocturno, el musical, en cada propuesta que aviva la escena. Muebles volando a la distancia como congelados por el tiempo en la oficina de un padre que se quedó atrapado en un instante; o un marco enorme que va rotando para encerrar o liberar al personaje, junto con haces de luz que atraviesan la caja negra de forma casi romántica, se vuelven elementos francamente hipnotizantes. Para el último cuadro, cuando nieve comienza a caer en esta eterna noche, la ilusión es tan soberbia que roba el aliento.

Nocturno con Daniel Giménez Cacho

Pero los acentos no nacen disparados por el relato. Y a momentos distraen del monólogo para que uno se pregunte qué nos está queriendo decir el director con ellos, porque la respuesta no es inmediata. Resultan artísticos, sí, pero conceptuales y cerebrales. Bellos, pero desligados. Lo mismo el diseño de sonido espectacular de Miguel Jiménez, sin duda Nocturno suena de forma envolvente, pero cada melodía, cada efecto de audio, ya sea el tifón de un buque o música incidental aparecen para rellenar el suceso, más que para complementarlo desde lo pertinente. No deja de resultar curioso que en una obra inspirada por la composición de un nocturno y la eterna alusión al piano y lo que representaba para el personaje, sea precisamente el piano el que está completamente ausente de todo diseño creativo. Y sí, tal vez Franco estaba huyéndole a la literalidad, cosa que resulta muy válida, pero en hacerlo, su obra termina por contar dos historias: una con su actor, la otra con el resto.

Nocturno con Daniel Giménez Cacho

Y dejemos una cosa en claro, Daniel Giménez Cacho no deja de ser jamás una presencia de lo más sólida para Nocturno. Un actor que le ofrece gravedad a cada línea. Es rotundo. Y Franco, un director que no pretende jugar a la segura, y prefiere buscar e ilusionar antes que volverse predecible, pero lo dije al inicio, esta dupla es una que es imposible no seguir con los ojos bien abiertos y el corazón acelerado esperando con ansias lo que sea que vayan a construir juntos. Y uno espera fuegos artificiales. Nocturno sólo no es eso. Es más como una bella luna llena y blanca reflejada en la superficie de un lago, respirando la noche con lo magnífico que viene cargando sólo por ser y estar, pero poco preocupada por despertar exaltación.

Nocturno se presenta viernes, sábados y domingos en el Centro Cultural Teatro 2.