Una rebuscada pieza de teatro danza, quizá demasiado para el público infantil al que va dirigida, Salvaje o La Valentía De Encontrarse se enreda entre los varios temas y símbolos que quiere poner sobre la mesa, para terminar con un recorrido colorido y lúdico, pero finalmente enviciado en su falta de foco y claridad sobre el mensaje.

Salvaje o La Valentía De Encontrarse no es el primer trabajo de marionetas que Itzhel Razo y Ángel Luna presentan para un público infantil, pero en formato de teatro danza, éste busca más el concepto y la forma, que la historia y el personaje, y en hacerlo se vuelve inmediatamente más distante, y aunque llamativo en su propuesta, de lento arranque y una progresión empantanada que más que conseguir una narración completa que pueda parecer atractiva para los más pequeños, se enfoca en un viaje esotérico que pareciera flotar entre las nubes, complaciendo más el lado cerebral de un adulto.
La corporalidad, sin embargo, especialmente de Lidia Barrios (intérprete que toma en sus manos a más de un personaje) no deja de ser emocionante y novedosa, perfectamente acoplada a la parte danza del concepto, en la que no entraré en tanto detalle técnico, dado que no es mi área de expertise. Pero hablemos de la historia.

Roja es una niña con una perra imaginaria llamada Chumina. Chumina se aparece cada que la invoca y es su más fiel compañera de juegos. Eso hasta que cumple años, y con un paso más cerca de la pubertad, Roja se enfrenta con los cambios que acompañan el dejar la infancia atrás, y se resiste a ellos; y con la posibilidad de tener que despedir a Chumina a la que ya no es capaz de invocar, al menos hasta que haga las paces con un crecer que aún le permita abrazar su lado salvaje. Se lo permita ella, más bien.

El texto de Razo y Luna comienza estático. Roja y Chumina juegan sin mucho más avance de trama por lo que pareciera mucho más tiempo del necesario para dejar asentada su relación, y excesivo tomando en cuenta que sólo las vemos saltando de un lado al otro del escenario llamándose por nombre y riendo. El trabajo con los puppets es lindo en cuanto a su manufactura, ambas marionetas son tiernas y de gran personalidad (y acaba resultando muy conmovedor para el final descubrir que el títere de Chumina es idéntico a la Chumina de la vida real… ya hablaré de eso), pero su movilidad es limitada, y por tanto todo ese momento de juego al inicio no ofrece variedad o dinamismo que pueda justificar el tiempo que se le dedica.

Para cuando Roja se va a dormir y despierta en medio de un torbellino de hormonas que le tiene preparada su nueva etapa de vida, Salvaje se lanza en picada en un franco laberinto caleidoscópico de símbolos y conceptos que sin mucha edición se sienten como un chubasco. Y los personajes comienzan a perder su factor único. Roja deja de ser un puppet para convertirse en una máscara que utiliza, por un lado Itzhel Razo, entendiéndose como la parte infantil negada a crecer y cambiar, y por otro lado Lidia Barrios, que a manera de espejo la confronta con la llegada de lo nuevo e inevitable. Y su interacción es una eterna batalla de danza.

Pero Chumina también está ahí, y de pronto ya no tiene una de sus patitas, ahora es un perro de tres patas, cosa que no encuentra manera de jugar dentro de la trama. Y uno que pareciera pedirle a Roja que no deje de imaginar e ilusionar con el crecer; pero que a su vez también adopta un cuerpo más adulto, su propia máscara, y acaba identificándose como otra más de las facetas con las que Roja habrá de hacer las paces antes de poder encontrarse a ella misma. A la nueva ella. Y de algún modo, Chumina y la máscara del crecer terminan por competir en vez de sumarse.

Porque finalmente Chumina, llega un punto en el que ya no hace mucho sentido dentro de lo que Razo y Luna nos quieren contar. Pretenden hablar de la menstruación, de los cambios en el cuerpo, que proyectan como un reflejo de espejo de feria, de éstos que te hacen parecer monstruoso y deforme, de los cambios en la personalidad e intereses, que terminan por llevar a Roja a grabar TikToks como muchas otras de esa edad y generación. Y la metáfora perruna termina por forzarse en esa narrativa donde en realidad no cabe ni como trama, tomando en cuenta que siempre fue imaginaria, ni como un símbolo que ya tienen estipulado en otros lados.

Pero Chumina existe. Es la perrita de uno de los autores, y en efecto tiene tres patas en la vida real. Y aunque la invocación resulta tierna, e insisto, ver al puppet en su imagen y semejanza, definitivamente roba suspiros, sí me pregunto si quizá el sujeto de inspiración y el cariño que seguramente se le tiene terminó por robarle objetividad a la dramaturgia, y acabó protagonizando algo que no la necesitaba de ninguna forma. Porque la Roja en el espejo, la de la otra máscara, y las muchísimas proyecciones que se usan al fondo, son más que suficientes para establecer el significado de la puesta. Y la presencia de Chumi la desvía. Me sorprendió escuchar de las madrinas de estreno que ambas se quedaron con la idea de que era una obra sobre perritos. Y no sobre cambios. No sobre el tránsito de niña a mujer.

En efecto, Salvaje se concentra mucho en la imponencia visual. Una pared al fondo del Teatro Milán con un pequeño círculo al centro (que se acaba convirtiendo en una luna eclipsada, también como símbolo quizá de la feminidad encontrando su camino fuera de la sombra que acaba sintiéndose como algo que ya sobra) se llena de juguetonas proyecciones a cargo de Héctor Cruz, animaciones que acaban repitiéndose en loop más que encontrar su propio ritmo en la historia, que pudieran haber jugado de manera más puntual con la muy hermosa música original de Iker Madrid, que se acaba convirtiendo en uno de los grandes acentos del montaje, pero no se encuentra realmente acompañada por lo demás que juega a su propio ritmo.

Junto al diseño de vestuario de Sergio Mirón, que hace de las actrices niñas, mujeres y muñecas, y toma inspiración de las flores y del propio puppet de Humberto Galicia, y encuentra formas simpáticas e inteligentes de darle a Chumina un cuerpo antropomórfico. Visualmente, Salvaje o La Valentía De Encontrarse es un cuento, y es un sueño. La fantasía que una niña se puede llevar a una nueva etapa de vida, que no tendría por qué sentirse terrorífica, pero a una cierta edad puede llegar a serlo. No deja de ser atravesar un túnel para salir del otro lado. Lamentablemente la puesta no termina por ser reconfortante. Pintoresca, sí, pero alborotada por las muchas ideas que quedaron sueltas en el pizarrón.
Salvaje o La Valentía De Encontrarse se presenta sábados y domingos a las 12:45pm en Teatro Milán.








