Inspirado por la capacidad libre del viento y los papalotes que juegan en el aire en Coyuca, Guerrero, Kokol en el Hormiguero se aferra a la idea de ser un musical, sin encontrar mucho lugar para integrar sus canciones, cuando en realidad tiene de frente su carta más fuerte: un trabajo clown que en sus momentos más juguetones es lúdico, tierno y divertido, pero acaba por perder forma cada que busca la seriedad y la melodía de un formato que no termina por compaginar con sus aires de ensueño.
Visualmente, Marco Pacheco, director y escritor de Kokol el Musical tiene muy claro hacia dónde nos quiere hacer volar. La idea y las posibilidades del viento inspiran un montaje que es en toda medida etéreo y poético, pero que jamás pierde su manufactura artesanal, que es lo que le da una personalidad más íntima muy adecuada con el Centro Cultural El Hormiguero. Armado con telas, pelotas y un batallón de ventiladores, Pacheco construye una aventura en el aire que cada que la corriente comienza a fluir brilla con carácter travieso.

Y en medio de aquel circo en las nubes hay una historia, chiquita, que acaba por quedar enterrada en lo protagónico de un show más bien pensado para la mirada. Inspirado por un niño que el mismo Marco conoció en Coyuca, Guerrero, donde a los papalotes se les llama «kokoles», un pequeño con una discapacidad que le impedía salir a jugar con el resto de los niños; en Kokol el Musical el protagonista es Mateo. Cuya historia, relacionada con aquella misma anécdota que se nos cuenta antes de la tercera llamada, en escena tardamos demasiado en conocer. Un enorme porcentaje de la puesta, Mateo es sólo parte del fondo, su trama, su conflicto, su motivación, simplemente no son parte integral del viaje.

Accedemos al universo de Kokol a partir de tres límbidos, personajes inspirados por el clown, caricaturas antropomórficas representativas de las emociones que viven dentro de Mateo. Simpáticos personajes que se comunican con un lenguaje propio, cuyo objetivo de armar y hacer volar un papalote los mete en todo tipo de enredos. En su prisa por adelantar una trama, que en realidad no se nos ha contado, Pacheco apura a los límbidos a darle tres importantes lecciones a Mateo desde su interior, a mostrarle los tres pilares a partir de los cuales habrá de superar su obstáculo. El problema es que para cuando ellos mentorean al niño con ínfulas inspiracionales, Mateo no nos ha dicho qué le sucede. La canción en la cual expone todo su proceder llega después… ya que los límbidos incluso han salido de escena.

Hay algo que se siente chueco en la dramaturgia de Pacheco, descolocado. Como si la prioridad fuera ilustrar con la fantasía que los límbidos ofrecen a la puesta, lo que en acciones o palabras no se ha cimentado como un conflicto que requiera solución o progresión. Y en medio de un libreto descuadrado, ahí donde quizá lo entretenido está resultando el humor de tres personajes que con comedia física y efectos visuales prácticos pero emocionantes han empezado por construir un espectáculo llamativo, Kokol fuerza la noción musical que lleva en el título para diluir por completo las irreverentes personalidades de los límbidos dándoles el español que nunca ha sido su lenguaje para hacerlos cantar en dramáticas interpretaciones melodías que parecieran aparecer de forma gratuita, alterando la ligera atmósfera de la obra para darle un toque barroco y denso… muy poco airoso, si me lo preguntan.

Nuevamente, canciones cargadas de una emocionalidad intensa que no reconocemos como propias de Mateo, dado que es un personaje que hasta el momento no hemos podido conocer, lo vemos prácticamente como parte del telar del fondo. Lo cual, en efecto, es una lástima, porque hablar de la ilusión, de la superación, de la discapacidad, de la infancia en localidades como Coyuca, tantas cosas más, es algo que hasta ahora ha estado completamente ausente de los musicales originales mexicanos, y aunque Kokol retoma los temas, no los transmite. Los respira para luego desviarse. Y la pregunta flota en el aire, tanto como las muchas telas de la puesta, ¿qué le suma a la obra el concepto musical, cuando desde lo clown tenía todas las herramientas para contar un relato recreativo y sensible, probablemente mucho más enfocado en su mensaje central?

El diseño de producción termina por ser el gran fuerte de Kokol el Musical, especialmente las imágenes arquitectónicas que crea Brisa Alonso con el vestuario de los límbidos. Un concepto que comienza con la textura de viento sobre color blanco (y que se complementa con un maquillaje que resume bien las personalidades de cada uno de los tres) para eventualmente evolucionar hacia grandilocuentes piezas que son francamente torrenciales: son nube, ventisca y ráfaga, y francamente, obras de arte en costura. Leticia Olvera hace lo propio desde el diseño de escenografía con un vaporoso espacio que hace flotar el mundo de Mateo, construido en realidad a partir de telas que simulan el movimiento del aire y móviles para dar vida a los kokoles, aunque al jugar con la iluminación constantemente en circulación pierde velozamente bellos cuadros que llega a crear en una necesidad insesante de ver la luz transitar por el espacio sin detenerse lo suficiente en cada cuadro.

Por supuesto que la música de Maglog Orozco no deja de ser otra de las columnas vertebrales de la obra. Aunque curiosamente complementa de manera más atinada y emocional los momentos clown con música instrumental que da guía y motivo, que con las canciones vocales donde la intención se humedece con exageradas ganas de melodrama innecesario, y un diseño de audio ahogado que termina por dificultar el que la audiencia pueda entender las letras que se van cantando.
Cuando Kokol el Musical vuela, consigue planear ahí donde nos hace sentir flotando sobre nubes, cayendo como hojas hacia una superficie suave, y el resultado es un enorme comfort. Hay algo grácil y constantemente simpático en la inspiración vaporosa y la idea de dar forma humana a emociones y nociones abstractas que por supuesto que vivirían en la cabeza de un Mateo que a su edad aún no tiene herramientas para derrotar la frustración; pero tal vez es por eso mismo que Kokol deja con ganas de conocer a Mateo, de realmente entender lo que pasa por su cabeza, y el cómo es que su ambiente se pinta con papalotes para comprender por qué es que él se siente afuera mirando hacia adentro. Una historia que tiene rincones conmovedores que explorar y un motivo mayor para reconocerse como un musical, pero por ahora, como un kokol navegando un soplido, por momentos se eleva, por momentos se cae.








