Los Adioses de Natalia Beristain es tan poética como la misma prosa de Rosario Castellanos en la que se inspira, bella y dolorosa como la vida de la escritora.

Viendo Los Adioses, desde sus primeras tomas cerradas y luminosas, acercamientos a piel entre sábanas, para después pasar a un plano abierto de Tessa Ia en un cincuentero vestido rojo -que la hace parecer una muñeca sentada en las escaleras de su universidad- escribiendo una carta mientras montones de piernas masculinas le caminan alrededor, una cosa queda clara: la película prioriza el preciosismo y de qué manera tan bella.

Los Adioses es un trabajo de ficción inspirado por una de las máximas escritoras mexicanas, no sólo una poetiza y académica aplaudida, pero una de las pioneras en el movimiento feminista, cuya vida resultó tan dramática como su misma muerte en 1974 a causa de un corto circuito en Tel Aviv. Sin embargo, el guión de María Renée Prudencio y Javier Peñalosa descarta mucho de su historia personal (la muerte de sus padres a muy joven edad, por ejemplo) y profesional (incluyendo sus trabajos y estudios fuera de México en España, Estados Unidos y Jerusalem) para centrarse únicamente en su relación con el profesor de filosofía Ricardo Guerra.

Y es en esa reducción que se encuentra el secreto de su contundencia. Mientras otras biopics de personajes conocidos se pierden entre las lianas de historias que resultan demasiado bastas para concretar en los 90 minutos de una película, Los Adioses toma la ruta delineada y nos lleva de los 50 a los 70, viajando continuamente entre ambas temporalidades, para tener como personajes prácticamente únicos a Rosario y su niño Ricardo. Tessa Ia y Pedro de Tavira en su momento estudiantil; Karina Gidi y Daniel Giménez Cacho durante su matrimonio.

La historia de ambos comienza en la universidad. Ella, introvertida e incómoda para los hombres de su aula, viene llegando de Chiapas con el sueño de convertirse en escritora; él, un extrovertido don juan poco concentrado pero con mucho encanto, queda encandilado rápidamente y al poco tiempo de conocerla ya le está pidiendo hijos. A lo que ella responde “Yo lo que quiero es escribir”.

Años pasan y luego de una separación que los ve convertirse en adultos mientras se mantuvieron lejos el uno del otro, Rosario y Ricardo se vuelven a encontrar para hacerse promesas imposibles de cumplir y finalmente casarse. Lo que comienza como un sueño entre artistas, rápidamente se vuelve monotonía ritualista, y aquel empuje que Ricardo parecía admirar en Rosario se convierte en la fuerza que va creando un abismo entre ellos y que se ve traducida en intolerancia, absurdos comparativos y engaños.

Cada episodio de esta relación tumultuosa, desde la primera vez que Guerra soba la nariz de Chayo de manera juguetona hasta la llegada de su primer hijo que en total honestidad, Rosario recibe con cariño, pero también con egoísmo, se ve acompañado por la prosa de la escritora que Karina Gidi en una voz francamente argentina recita en una narración que acompaña y adorna los momentos más especiales de la película.

Más allá de la perfecta y contenida actuación de Karina Gidi, de lo -a momentos- despreciable del Ricardo Guerra que crea Daniel Giménez Cacho, de lo mucho que Natalia Beristain le permite decir a Tessa Ia con la mirada, y lo absurdamente charming que resulta Pedro de Tavira como un lobo en piel de oveja; el verdadero protagonista de esta cinta es el guión, uno que retoma la forma de hablar de una mujer que vivía de las palabras para hacer dialogar a sus personajes de una manera sutilmente diferente y hermosa en cada discurso, grande o chico.

La Rocío Castellanos de Prudencio y Peñalosa se dedica a soltar frases en su hablar común dignas de ser bordadas en almohadillas, que se sienten como un susurro en el oído del que observa desde la butaca, y más importante, del que escucha. ¿Cómo no enamorarse de una Rosario que ilumina todo lo que dice de una manera tan peculiar? ¿Cómo no adolecer y enfurecer junto con ella cuando lo que se le prometió sale corriendo por la puerta?

Sí, Los Adioses es preciosista, pero más allá de eso, es preciosa. Cuidada en cada cuadro, impecable en sus interpretaciones, admirable en el detalle de su diseño de producción y conmovedora en una historia que se ve y escucha como un poema hecho cine.