La in-comedia romántica de John Cariani regresa con un revival que entiende que a las historias de amor y desamor hay que abordarlas con cierta magia y cierto surrealismo, y se arriesga a jugar con ellas en una LoveSick que parte de un concepto redondito, y se llena de comedia simpática y realidades sobre el amor y la pareja que pueden ser un trago crudo, aún si se relatan con extravagancia.
Si algo hace Cariani que lo ha vuelto un dramaturgo de lo más singular es tomar lo ordinario para hacerlo peculiar en munditos de su propia creación que se sienten como realidades alternas a las que creemos conocer. Con LoveSick aplica la fórmula exitosamente probada en «Almost Maine», pero se la lleva al rincón del amor y las relaciones de pareja. Su intención es quizá retratar el concepto de «estar juntos» desde lo irreverente y ciertamente irracional que es dejar de ser individuo para volverse pareja, de modo que LoveSick termina por ser una colección simpática de las muchas etapas y situaciones por las que pueden pasar dos enamorados. No todas ellas color de rosa. Porque es un engaño que el amor es miel sobre hojuelas, cuando a veces también va de caminar en tachuelas.

Este nuevo montaje para el Foro Shakespeare, dirigido por Héctor López y David Farji entiende precisamente eso, que a Cariani hay que tomarlo con los ojos de lo imposible, y aterrizarlo donde se sienta sólo tantito etereo, pero finalmente real y perfectamente honesto. De modo que el mayor triunfo de esta puesta está en su adaptación. Una que conjuga los esfuerzos no sólo de sus directores, pero también del productor Axel Campillo, y las actrices Mariana Bardán y Fernanda Monroy, quienes en cojunto aterrizan en un concepto claro, conciso y perfectamente ubicado en nuestra realidad. Incluso en nuestro México del presente, sin necesidad realmente de tropicalizar al extremo.

Como lo dije antes, LoveSick lo que busca es pintarnos un panorama. El abanico de los posibles, dentro de lo que suena imposible. De modo que la obra está conformada por nueve historias cortas amarradas de los extremos por el amor a primera vista, el crush, al que Cariani retrata desde lo in-batallable de lo «impulsivo compulsivo», y hasta el divorcio años después, cuando una pareja se da cuenta que el destino no siempre se rige por felices y juntos para siempre, a veces sólo es, «…y terminó el ciclo». Y eso no tiene nada de malo o rencoroso. Saber cuando parar también es parte de amar.

En medio se malabarean temas como la infidelidad, pero abordada desde «hoy comí sexo», como si el antojo no pudiera ser tan reprochable cuando en casa ya rara vez hay algo en el refrigerador; el terror al vulnerarse con alguien, pintado desde la incapacidad física de escuchar o decir la palabra «te amo»; lo sabio de entender que el amor no es tan ciego como parece cuando se trata de comprometer tu vida para siempre con alguien; lo monótono de las relaciones que ya han transitado por el enamoramiento y se establecen en el comfort, aquí llevado al extremo de… tal vez necesitamos sacar una pistola para volverle a poner sabor a esto, o la sensación de estar perdido en una pareja, en una familia, donde concediste tanto que ya no te encuentras, retratada en una mujer que literalmente se busca en cajas.

Y unas cuántas más, pero ésa es la visión: un aderezo de excepcionalidad a aquello que nos puede pasar a todos. López y Farji entonces nos llevan a un supermecado, el Super Center, en efecto un local que visitamos todo el mundo, y que pareciera, así a lo lejos, ser de lo más común y en toda medida poco romántico. Pero con los ojos de caleidoscopio de Cariani se puede convertir en el epicentro de las historias más increíbles, porque si lo pensamos bien, un súper está lleno de posibilidades, de encuentros, de un cierto entusiasmo, de la sensación de aventura, aunque sea en miniatura. Y esta LoveSick lo exprime para convertir sus pasillos en lugares de expectativa y abrirnos a la idea de que quizá, sólo quizá, están más llenos de eventualidades que de rutina.

Y ya desde ahí se pinta como un montaje muy único. Apoyado inicialmente por un grandioso diseño de escenografía de Miguel Moreno Mati, un franco súpermercado repleto de productos y envases, adornado por letras enormes que escriben la palabra «Love», que son a su vez piezas movibles y transformables con las que el elenco va armando rompecabezas para crear nuevos espacios. Además de forma inteligente porque las transiciones, que bien pudieran ser momentos de pausa, en LoveSick se transforman en pequeñas coreografías jugadas por los empleados del Super Center que simple y sencillamente están haciendo su trabajo de limpiar y acomodar.

La iluminación del mismo Héctor López es la que acaba jugando en contra. Un overkill de color rojo ilustrativo, absolutamente innecesario dado lo ya explosivamente colorido y juguetón de la escenografía, que en el enfrentar rojo con rojo termina por matar detalles y siluetas, y peor aún, las gesticulaciones de los actores a los que tiene pintadísimos con luz, y cuyo acting podría brillar de manera más precisa con una iluminación blanca que pudiera contrastar con el exceso de carmesí romántico. Y darle una sutileza al visual más sofisticada que la pantalla abrumadoramente monotonal con la que ahorita se colorea la obra.
De cualquier manera el Super Center cobra divertida vida, historia con historia, desde el audio y hasta el trazo, y se vuelve el único personaje realmente constante de esta puesta, y un franco hilo conductor. Un detalle inteligente y de tono inusitado. Y el elenco hace lo suyo para irse transformando en los variados personajes de los muchos relatos, consiguiendo una gran mezcla entre gracioso y sincero, para que la magia entretenida de LoveSick no se pierda, pero los cubetazos de realidad sigan mojando el suelo.

Destaco como toda una revelación al venezolano Juan Andrés Belgrave que entiende la comedia en el texto para encapsularla sin necesidad de farsa ridícula, pero con mucho timing. Y a Andrés Jurado y a Gonzalo de Esesarte que es toda una bocanada de aire fresco verlos divertirse en semi comedia romántuca, después de los muchos textos dramáticos donde acostumbramos verlos. Mariana Bardán curiosamente se solidifica mucho más en el papel más serio y doloroso de todos, la mujer que se ha perdido a ella misma; y es en conjunto que logran pertenecer al universo de lo Carianesco. Incluso cuando a momentos el vestuario de Romeo & Julián es un gran signo de interrogación, que no termina por acoplarse en todos los relatos al sentimiento del Super Center.

Cierro con el que es el higlight brillante de la puesta: la canción «Ay Lucía», también creada por Juan Andrés Belgrave para su primer personaje, un telegrama cantado con una mala noticia para una mujer enamorada, que es de verdad el detalle más hilarante y memorable, sin necesidad de aspavientos, de toda la puesta. Con LoveSick Cariani nos recuerda que transitar el amor con alguien es especial. Es especial desde el primer hola, el primer robo de suspiro, y hasta el adiós con el que aceptan que tal vez no se vuelvan a ver más. Y está lleno de trampas, una sola pareja puede pasar por todas, y tal vez por eso es que es inconcebible que nos prestemos a intentarlo, ¿pero qué no va de eso la vida? ¿De meter cositas a nuestro carrito del súper esperando tener un lugar en la alacena para ellas y disfrutarlas quizá en un momento, cualquiera, posiblemente en el instante perfecto, pero tal vez también se echen a perder si se nos olvidan ahí mucho tiempo? En el Foro Shakespeare nos acordamos de eso. De que lo imperfecto y voluble de todo eso, es lo perfecto y constante de lo que buscamos al elegir con quién compartir la vida.
LoveSick se presenta los jueves a las 8pm en Foro Shakespeare.








