Un unipersonal sobre la ansiedad digital para los que ya no saben vivir despegados de su celular; Modo Avión intenta retratar la vida simbiótica con la tecnología desde la adicción, pero no termina de despegar en un monólogo que permanece en la pista de lo superficial y cuando despliega sus alas no lo hace hacia rincones verdaderamente perturbantes de la compulsión por lo digital -que sí existen- sino más hacia lo cotidiano, demonizando una herramienta que no es por sí sola una bomba de tiempo.
Modo Avión hace algo muy correcto en encontrar un rubro con el que cualquiera se puede identificar. Hoy en día, y ya desde hace años, nuestros celulares se han vuelto una especie de extensión a nuestros brazos, y nuestra presencia digital a veces obtiene mayor interacción social que la que nos permitimos en persona. Lo que nos ha creado una nueva ansiedad, ¿quiénes somos en ese mundo de avatares, y qué es de nosotros si no tenemos el celular a la mano? Son sensibilidades reales para la persona del presente, nadie está aquí para negar eso, pero con este unipersonal Óscar Valenzuela pretende abordar la necesidad convertida en adicción y no logra escarbar lo suficiente para hacerla sentir pertinente de ningún modo. Deja la sensación de ser sólo una descripción de nuestra rutina sin mayor conflicto que la vuelva cosa seria.

Él mismo ha confesado que Modo Avión nació de un momento de crisis personal, pero viendo el monólogo lo personal no termina de sentirse. Es como si Óscar Valenzuela no estuviera realmente listo para romperse, y quizá de manera inconsciente escribe la obra buscando mantenerse en los bordes con un tema que le permite ausentarse de la trama para volverse narrador. Cada cabeza es un mundo y sin duda hay gente para la cual su cercanía con un celular pudiera resultar en una tóxica relación auto-destructiva (nunca vemos eso suceder en la obra), pero siendo el tema tan liviano, cualquier acercamiento que no llegue hasta sus últimas consecuencias inevitablente va a terminar por leerse vanal.

En la Sala B de La Teatrería, Óscar Valenzuela se aparece en caja negra como atrapado en una jaula. Un calabozo, quizá. Es la sensación sin escape que le produce el universo digital. El vestuario, aunque juguetón, no deja de ser enormemente ilustrativo. Un traje que termina en medias rotas con líneas verde neón que asociamos con el algoritmo, que te viaja directamente a La Matrix de las Wachowski. Óscar procede a regresar en el tiempo para recordar cómo fue que la tecnología digital entró de manera definitiva a nuestras vidas, que como millennial puedo entender. Nos tocó la era del cambio. Vivimos en carne propia la evolución y eso se queda contigo.

Sin embargo el recuento de tiempos pasados no termina por establecer el conflicto futuro. Es más un relleno para identificar de dónde viene Óscar como persona que no creció con una tablet en las manos. Después del viaje en el tiempo, el unipersonal se convierte en un listado de las razones por las cuáles un celular, las redes sociales, las interacciones digitales, pueden provocar una cierta ansiedad. Incluyendo el saber que tienes un mensaje que no has contestado y que en algún punto debes contestar. Insisto, situaciones cotidianas que no terminan comúnmente en crisis existencial.
Modo Avión no pasa de ahí. A Óscar se le olvida contarnos quién es él, y cómo exactamente la dinámica digital ha afectado su vida de ninguna manera. Tal vez como actor, tal vez en sus relaciones interpersonales, tal vez como hombre que simple y sencillamente necesita un respiro; pero no, las descripciones obvias se siguen acumulando en un acting que nos quiere implicar que hay algo urgente en lo que se está relatando, acompañando un texto que le da vueltas y vueltas a la cancha, sin tomar la pelota y meterse a jugar.

A momentos Óscar Valenzuela se presta a acompañar la narración con un ápice de trabajo corporal, pero sólo a momentos, lo que levanta la pregunta, ¿no es esto una ansiedad? ¿No estaría más adecuadamente representada por movimiento constante? Modo Avión pudo haber sido más estilizado y cargado de significado, incluso cuando el texto sólo flotara sobre la bruma, pero cuando de meter el cuerpo se trata, el unipersonal cae en la misma falta de compromiso que la palabra escrita. Y nos deja con ganas de más. Queremos entender a Óscar, queremos acompañarlo en un momento que debió haber sido difícil, pero lo que nos comparte no es en realidad evocativo y cuesta mucho trabajo atinar al por qué su mundo parece derrumbarse cuando le llega una notificación.

Hay quien vive las redes sociales con mayor dedicación que la que le ofrece a su gente querida aquí afuera; hay quién se enamora de Chat GPT, o lo ha vuelto su terapeuta; hay quien ha caído en estafas grandes y violentas por comprarse como verdadero algo que en el Internet es imposible comprobar su veracidad; hay quien haría cualquier cosa por followers, y eso incluye cosas bien turbias; hay quien se ha topado con la funa de las redes y pareciera una avalancha que amenaza con tumbar su estabilidad emocional. Y para los actores, hoy en día, es más importante tener un cierto número de seguidores y de engagement que talento. El universo digital está lleno de trampas y dolencias. Me hubiera encantado que Óscar Valenzuela nos dijera cuál fue el rincón oscuro que se lo tragó a él, porque la cosa con poner tu celular en Modo Avión es que dejas de estar conectado, y es justo ahí donde flaquea esta puesta en escena.
Modo Avión se presenta los domingos a las 6:30pm en la Sala B de La Teatrería.








