Alonso Íñiguez entrega arte en la capacidad de mirar al otro, realmente mirarlo, en la adaptación a teatro de la novela Mr. Gwyn de Alessandro Baricco, una pieza ultra estilizada y contemplativa con la que se toma su tiempo para hacer bellísimas composiciones como cuadros de museo, y del cuerpo desnudo la intimidad más verdadera de una persona; al tiempo que la obra rinde homenaje a la virtud del escritor y nos pregunta qué realmente nos describe, ¿qué es un retrato si no la mirada hacia nuestro yo más profundo?

Alonso Íñiguez lo ha vuelto a hacer, después de regalarnos un bólido de color y energía pulsante en Cruise, se va del otro lado de la balanza para hacer de su Mr. Gwyn un acto de reflexión y hermosísima serenidad. Pero con la misma capacidad para capturar el ojo que varias de sus anteriores, llevada a un lugar de astuta elegancia en una obra que de forma literal y metafórica desnuda a las personas para rescatar de ellas la semilla de su intimidad y responder la complicadísima pregunta: ¿quiénes somos?

Mr. Gwyn en el Teatro Helénico

El texto es de Juan Cabello que adapta la novela de 2011 de Alessandro Baricco (mismo escritor de Novecento), más enfocado quizá en la capacidad de la palabra de capturar la esencia de una persona -o de otras tantas cosas, pero no nos compliquemos- que en la necesidad de huida y transformación de Jasper Gwyn; que hace de la obra de teatro una conmovedora oda a los escritores y a la gente que en la pluma encuentra las respuestas de un mundo complicado de entender, y el escape para ser quién necesita ser.

Mr. Gwyn en el Teatro Helénico

Jasper Gwyn es un escritor exitoso. En toda medida no necesita de una renovación y su agente es el primero en simplemente urgirlo a seguir escribiendo lo que siga. Pero Gwyn quiere un cambio. Probar nuevas cosas. Y está dispuesto a despedirse del Mr. Gwyn que los libros conocen para reinventarse. Quizá volverse copista (una persona que básicamente copia o calca a mano como los escribas). Después de conocer a una mujer con un paraguas rojo que lo intriga y lo impulsa a descubrir esta nueva etapa de su vida, Jasper Gwyn se convence de que puede hacer retratos… no con pintura, pero con palabra escrita.

Mr. Gwyn en el Teatro Helénico

El problema es que para lograrlo necesita el ambiente perfecto, la habitación ideal, la liluminación correcta, y más que todo eso, las personas que se presten a desvestirse de todo ropaje por 32 días frente a él, sin interactuar con él, sólo siendo ellos mismos por cuatro horas al día, en un experimento creativo que ni siquiera él tiene claro si realmente puede funcionar. Hasta que encuentra a la persona que le permite intentarlo y de ahí el costo de la desnudez comienza a quedarle cada vez más claro.

Hay algo enormemente pacífico en la forma en la que Alonso Íñiguez (director) aborda este relato de búsqueda, porque no exhibe la urgencia en lo que Mr. Gwyn desea encontrar, sino el proceso que no puede más que cocinarse a un fuego bajito, bajito. Y se ancla en la absoluta armonía. Así como Jasper Gwyn necesita del entorno adecuado para inspirar su arte, Íñiguez acompañado de Mauricio Ascencio en la escenografía, iluminación y vestuario, y de Jacobo Lieberman en la música crea una atmósfera que es prácticamente una meditación. Y hace con los cuerpos que Mr. Gwyn va desnudando para retratar composiciones francamente melodiosas, dignas de galería.

Mr. Gwyn en el Teatro Helénico

Largos momentos de silencio acompañados meramente por equilibrio escénico de un ojo sumamente preciso y un score ambiental hecho a la medida, se convierten en las escenas centrales de un montaje que continuamente respira. No, no respira, suspira. Y no es que la trama no tenga su propia dosis de conflicto, lo hay, especialmente en la necesidad de Jasper Gwyn por descubrir quién es ahora y cómo evitar las trampas que él solito ha colocado en el piso, pero es que para poder entrar al mundo de Gwyn y copiar su capacidad de retrato íntimo, Alonso Íñiguez nos transporta a su ritmo, y nos hace ver lo que él ve con un trabajo de franca sastrería teatral.

Mr. Gwyn en el Teatro Helénico

Mauricio García Lozano como el mismo Mr. Gwyn exuda duda pero también paz, y una capacidad de mirar al otro sin morbo o engaño, que no podría ser de otra forma, porque su foco está en algo mucho más recóndito que un cuerpo que se ha despojado de toda ropa. Él sostiene el ritmo sereno, y es a través de él que entramos a una mirada que se siente como una mano quitando una cortina satinada tras otra antes de encontrar la ventana. Pero de algún modo es Angie Bauter, como la eventual asistente de Jasper Gwyn la que encuentra la forma de traducirlo para el público, de darle voz a una esencia para terminar de solidificarla. Cuando ella lee su propio retrato y suelta las palabras «soy yo», se siente como si estuviera resumiendo a Mr. Gwyn entero en la frase más corta.

Mr. Gwyn en el Teatro Helénico

Alejandro Morales y Arturo Reyes buscan en sus personajes algo de peculariedad que los distancie de lo aterrizado del Gwyn de Mauricio García Lozano para darle dimensión al universo de la obra, y es Lucero Trejo, como la mujer del paraguas rojo, la que encuentra el punto exacto para otorgar magia en una historia que no es en realidad surreal, pero sí fantástica en muchos sentidos. Ana Sofía Gatica no entra sino hasta el segundo acto para sacudir el mundo silencioso de Mr. Gwyn y lo hace con un descaro confrontante, y en pocos minutos tiene armada a una antagonista que aún sin media prenda de ropa encima está repleta de dimensiones y no para de encontrar nuevas.

Mr. Gwyn en el Teatro Helénico

Un trabajo muy bello por parte de una compañía que hace algo muy fino con la caótica crisis existencial que pareciera ineludible a muchas edades. Que en su espectáculo de marrones, beiges y mocas encuentra una elegancia muy pura, burguesa sin duda, pero muy londinense, que al final es el mundo de Gwyn, y no hay nada en la escena que se salga de lugar o rompa con un equilibrio perfectamente cuidado. Pero así como la obra entra por los ojos y los oídos, y sus momentos en quietud son preciosos, es su capacidad de recordarnos que las personas no somos solamente un personaje, pero una historia entera, la que para al final se guarda en un recoveco cálido en alguna parte del pecho.

Mr. Gwyn se presenta jueves, viernes, sábados y domingos en el Teatro Helénico.