Diego Beares crea una fantasía ultra queer inspirado en el poeta Charles Baudelaire con Las Flores, donde el erotismo y la tragedia hablan de las sensibilidades femeninas con hermosa prosa y una estética muy particular que sin necesidad de ser demasiado pinta un cuadro muy preciso donde sus protagonistas se vuelven ninfas, tal vez sirenas, en una propuesta refinada que pincharía los mismos nervios que pinchó Baudelaire en los 1800’s con «Las Flores Del Mal» y su temática lésbica que lo condenó bajo ultraje a la moral.
El dramaturgo y director uruguayo Diego Beares tiene muy clara su visión, y uno no tarda más que segundos en el Círculo Teatral para entender quién es él y qué viene a poner sobre la mesa. Inspirado por «Las Flores del Mal» de Baudelaire, que en la París de 1857 terminó censurado por atreverse a hablar del goce y las pasiones sin la restricción puritana de aquello que está bien y lo que está mal, a su vez inspirado inicialmente por los pecados capitales; en Las Flores de Beares uno puede leer el mismo tipo de acercamiento a la belleza sin preocupación por el estándar social, y definitivamente el mismo tipo de motivo deseoso que en pleno 2026 pudiera seguir levantando cejas en una obra que antepone lo queer e integra a su elenco a mujeres trans, y pide de hombres la interpretación de personajes femeninos. No en drag. En absoluta entrega a la forma de estas mujeres.

Agatha, Hipólita y Delfina están condenadas en la isla de Lesbos, donde pasan sus días pintando, arrinconadas en un mundo que se ha olvidado de ellas, lejos de la humanidad, casi espíritus de la isla; pero su rutina se ve interrumpida por el naufragio de un marinero que es arrastrado a la isla por las olas del mar y cuya llegada vaticina desdichas. Agatha, la mayor y líder de las tres lo recibe con sospecha, miedo, rabia incluso; mientras Hipólita queda instantáneamente prendida de él y busca su afecto a pesar de las advertencias de Agatha, y Delfina se frustra viendo a su hermana por elección, Hipólita, buscar las atenciones de este hombre cuando antes sus ojos le pertenecían sólo a ella.

El marinero consciente de no querer alterar el status quo de la isla y buscando sólo su camino de regreso a casa únicamente consigue enfrentar y antagonizar de cierta forma a las tres mujeres, ingenuo, creyendo que de Lesbos sí puede haber escapatoria, sin saberlo, se condena a sí mismo y a las tres habitantes de la isla a un destino que sólo puede llevar a este hermoso jardín de flores a un invierno marchito. Un texto del mismo Beares, shakespeariano en sus trágicas maneras, que prioriza el bello hilado de la prosa y el verso de sus diálogos en la construcción de momentos desafiantes.

Las Flores tiene personajes muy enteros que en su necesidad de expiación se dibujan de maneras muy particulares. Agatha por un lado es salvaje. La que ha recibido el peso del castigo por encima de sus hermanas y que de algún modo ha perdido mayormente el gesto de la civilidad. Con el pelo enredado lleno de hojas y de pronto caminando a gatas mientras aulla amenazas, lo social ha dejado de atravesarla. Agatha es más instinto que clase, y la actriz Cuba Gyal la interpreta con arrojo. Su Agatha es indomesticable y silvestre, pero finalmente feroz en el papel matriarcal que se ha visto obligada a tomar y que la vuelve una defensora brava de lo poco que es suyo.

Hipólita carga con una elegancia que aún en un vestido ya manchado por la tierra no la abandona. Es finura y feminidad, y Fernando Mitre le entrega todo el porte del que es capaz. Una mujer que provoca la pregunta, ¿cómo pudo terminar ahí? En el mundo de las flores es la orquídea, pero finalmente también la hiedra; Delfina a su lado es una chiquilla recatada. Más corazón que madurez, rebosante de emociones que no siempre son racionales. Leo Ovalle la llena de lágrimas, es una niña que enfrentándose contra la desgracia no puede sino batallarla con palabras, con nostalgia, de corazón abierto. Y su interpretación está cargada de fragilidad, Leo como actor toma a Delfina por los pétalos.

Finalmente Charles, una referencia directa al mismo Baudelaire, el causante de problemas sin realmente buscarlo. Su marinero exuda la masculinidad que confronta el status quo de Lesbos, pero no viene a imponerse. Luiz Rivera le entrega pasión y deseo, que no puede evitar tenerlos, pero también sabiduría y restricción. Es un hombre consciente de sus circunstancias, pero inconsciente de lo que como semilla sin querer ha germinado. Y Beares lo retrata con sensualidad y erotismo, pero se mantiene en el filo de lo siempre cuidado. No es un hombre activamente buscando encender la sala, sino uno cuya presencia es suficiente para alterar el ecosistema porque está en su naturaleza. Y Beares le permite ser simplemente natural.

El texto es de palabras bellas poco coloquiales en realidad. La poética es asunto primordial y la tragedia consigue generarse de forma desgarradora. Pero es quizá el montaje el que más termina por llamar la atención. Beares le dedica detalle y preciosismo a su escena en realidad minimalista. Su foco está en su elenco y en la elección de asumir el género como un constructo social. Su Agatha, Hipólita y Delfina son en toda medida sirenas y cantan como tal, no melódicamente, pero como una advertencia. Recluidas y segregadas como castigo y eventualmente vérdugos de hombres incautos que han de parar en la isla. Y su Charles es un Odiseo, pero al mismo tiempo una manzana de la discordia. Las referencias están presentes y de algún modo uno podría entender su escena como pintada por Botticelli.

Es en el vestuario donde Las Flores consigue su estilo. Una llamativa ilusión que inevitablemente evoca a Galliano, que delinea de manera ideal a cada uno de los personajes, porque ninguno es similar a otro en sus ropajes. La idea de Hipólita como una especie de novia caminando al altar, mientras Delfina se escuda con mayor feminidad conservadora, pero al mismo tiempo con atrevidas transparencias que quisieran decirnos que dos polos opuestos convergen en ella. Y un Charles que se levanta del mar con redes de marinero en la ropa y conchintas pegadas en los pantalones. El diseño de vestuario en Las Flores no sólo está lleno de referentes culturales, pero es además bellísimo e impactante.

La mínima escenografía, sin embargo, no recibe tantísimo cuidado. En un hemisferio del escenario, un tendedero con telas blancas y una tina nos regresa a lo etéreo de la premisa entera, pero del otro lado, lo que bien podrían ser piedras sobre las que se sientan estas mujeres, precisamente como sirenas, y en las que pasan gran parte de la obra parecieran haber sido elegidas de forma recursiva. Lo orgánico del resto del universo de Las Flores, que es justo lo que nos transporta al jardín de Beares, se pierde en una franca escalinata sin textura o motivo que se pierde en la estética del resto del asunto.

Resulta fascinante descubrir una voz como la de Diego Beares que es tan clara en su perspectiva, y que aún con referencias y guiños a otros autores, se presenta muy único, muy él. Las Flores es en efecto una isla. Nos reunimos ahí como viajando de tierra firme, una tierra distinta, para acceder a este ensueño queer que juega con sus propias reglas y se mantiene pertinente y emocionante. Un sueño de arrebato y de pasión del que no puedo sino lamentar que por ahora tengo una temporada tan limitada en El Círculo Teatral, porque es el tipo de obras que podrían crecer mucho con un buen boca en boca, pero para cuando esto llegue a oídos de la gente que se vea atrapada por Las Flores, ya estarán por cerrar. No nos queda más que esperar por nuevas temporadas y un tránsito más escandaloso por nuestra -a veces- no tan variada cartelera. No del tipo de variedad que ofrece este montaje.
Las Flores se presenta los miércoles a las 8:30pm en El Círculo Teatral.








