Un viaje desesperado por probar equivocada a la muerte se convierte en una reconciliación con la pérdida y la culpa en Alba, un sincero y conmovedor montaje de Valentina Manzini sobre ser espectador del suicidio de una persona querida y pasar por un sinfín de emociones desde la negación y hasta el rencor para finalmente hacer las paces con saber que nunca vamos a conocer o a entender del todo a otra persona, no importa qué tan cercana nos parezca. Una historia de duelo que se vive como un road trip al lado de tres increíbles amigas que en su trayecto por la nada lo terminan por entender todo.
Alba es el tipo de puesta que utiliza todos los elementos posibles para contar una historia que tiene muchas formas de ser abordada. Valentina Manzini (dramaturga y directora) nos introduce a su mundo primero desde lo auditivo. Un enorme móvil en el escenario se alza con la tercera llamada como un campanario, dejando un repicar en el aire de un cierto sonido místico, mientras sus tres actrices, Alejandrina González, Irma Sánchez y Abril Ramos Xochiteotzin (alternando con María Kemp) se posicionan como caballos, cantando, relinchando y galopando antes de presentarse ante nosotros como tres amigas. Amigas y actrices.

Las tres reciben una llamada haciéndoles saber que su amiga Alba se ha quitado la vida. Pero no hay nada seguro en la aseveración, dado que no hay un cuerpo que pueda verificar que Alba, en efecto, ha muerto. Por ahora, sólo está desaparecida. Pero bien pudiera haber huido. O al menos eso piensan ellas, tal vez lo del suicidio es sólo una fachada para esconder el comienzo de una nueva vida en otro lugar. Las tres amigas tienen maneras muy distintas de enfrentar la noticia:
Ramos lo digiere con coraje, ¿quién se cree Alba para -básicamente- asesinar a sus papás con esto que ha hecho? ¿Por qué habría siquiera de considerar algo similar? A su tristeza le gana quizá la frustración y el enojo; mientras Ale parece recibirlo con mucha mayor empatía y emocionalidad. De las tres es la que más se abre a sentir la preocupación y tristeza que el momento le provoca, tal vez incluso la más madura; e Irma lo asume con shock. Un impacto que ha personalizado de cierta manera, y una culpa de saber que ella fue la última en ver y conversar con Alba, y que en el momento no pudo más que pensar que hablaba de cosas «raras»: niños, cuevas, caballos.

La conclusión de las tres es que el aparente suicidio no debe ser sino un constructo pensado para poner en marcha el verdadero objetivo: desaparecer; y negadas a aceptarlo como un cierre, una muerte, un final, deciden mejor investigar a dónde pudo haber huido Alba y por qué, misión que las lleva a un viaje de más de 14 horas en carretera, por montañas, cuevas y pueblitos donde lo único que empieza a resonar como verdadero es que en realidad no conocían del todo a su amiga, y que los motivos por los que alguien se quitaría la vida nunca van a ser del todo comprensible para la gente que no ha pisado esos mismos zapatos.

Manzini adorna este viaje de realización con teatralidad absoluta. Desde percusiones corporales, hay un momento donde las tres van nombrando a las personas que pudieran conocer o saber algo de Alba que se convierte en una declamación rítmica muy estimulante; un trazo de instantes coreográficos, monólogos internos de lo más lúdicos, una fiesta de pueblo inmersiva donde las actrices beben y bailan con el público, y la integración de multimedia para transportarnos a la memoria, o de manera más literal al paisaje en movimiento que se va viendo por las ventanas del coche, y hasta un personaje que en su enteridad sólo aparece en video y desde la pantalla interactúa con las actrices en vivo. Alba termina por ser una caja de monerías teatrales. Pero ahí donde pudiera pasar por retacado o truquero, Manzini utiliza con precisión y creatividad sus elementos lo suficiente para dar forma y estilo, sin aparentar ningún hechizo.

Y en su creación de un universo muy completo termina por utilizar conceptos que se prestan a momentos fantásticos y a significados pertinentes. Desde el móvil de la escenografía moviéndose sutil para hacer sonar de manera discreta sus campanas que pareciera ser una voz universal teniendo una conversación con Irma en el momento más emocional del montaje; y hasta la forma en la que cuando las amigas se ponen a imaginar los distintos métodos de suicidio y cuál eligirían ellas…quizá… tanto Ale como Ramos imaginan formas que primero les permiten escapar, huir hacia la belleza y rodearse de ella antes de lanzarse a su fatídica promesa. Para Ale el agua de un bello lago que la engulle, y para Ramos el viento y la libertad de una motocicleta a toda velocidad. Que no es tan distinto finalmente a aquello que Alba ilusionó con sus caballos, y la forma natural y ritual en la que galopan a una cierta geografía para despedirse.

Alba no es un relato sobre una persona que se quita la vida, es sobre las que se quedan atrás. Aún si la noticia de un suicidio es detonante en la historia, es la dinámica entre estas tres amigas, vestidas de forma ecléctica como si todas sus edades, todas sus personalidades, todo lo que son y han sido en el tiempo que llevan siendo amigas (en este caso desde chicas) habitara todo el tiempo con ellas, la que nos mantiene conectados a la obra. Alba no es sobre la muerte, sino sobre la vida, y cómo enfrentarla cuando más trabajo cuesta, cuando alguien querido se ha ido, cuando nos toca cuestionarnos quiénes somos y qué hemos hecho, cuando tenemos que viajar kilómetros a la distancia para recordar dónde estamos parados. Es la vida donde se escriben los puntos y seguido que a veces cuesta tanto trabajo escribir. Y son los que se quedan a los que les toca darle la vuelta a la página.

Manzini lo escribe con prudencia y sensatez. Su intención no es tirarse al drama, señalar culpas, revictimizar a nadie, ni siquiera explorar causas oscuras. Su texto habita en las repercusiones y en el ¿y ahora qué? Con Alba pinta un sabio panorama de posibilidades, y a todas les dice te entiendo y eres válida. Ramos está enojada y lo que quiere es accionar, no se puede quedar de brazos cruzados, y Valentina se lo permite, Ale quiere creer pero al mismo tiempo está lista para aceptar el duelo y vivirlo, y Valentina le ofrece esa dualidad. Irma no sabe cómo sentirse. Se ausenta. Se permite estar alegre para luego tirarse a llorar en plena fiesta. Considera pararse al filo de un abismo para entender que no se quiere lanzar, y Valentina la toma de la mano para cruzar por el pantano. Y es con todo eso que Alba nos abraza.

Un relato que comprende que a cada quién le cae el veinte de forma diferente y en tiempo diferente, y que si de procesos hablamos ninguno es inválido. Una despedida es de las cosas más difíciles por las que nos toca pasar en esta vida, y una inconcebible es un trago que se atora en la garganta. Alba celebra la vida, la amistad, la contradicción, y en su juego escénico también al teatro y sus muchas posibiliades. Finalmente son tres actrices a las que este mapa les cayó en la manos, y su búsqueda por seguirlo para encontrar la verdad no podía sino ser un precioso rompecabezas donde cada elemento de las muchas creatividades del teatro trae una pieza a la mesa.
Alba se presenta jueves, viernes, sábados y domingos en el Teatro Santa Catarina.








