Un acrobático montaje sobre las percepciones de la amistad entre dos hombres, vista desde la masculinidad restrictiva y asustada ante el afecto que desde el ojo macho pudiera sonar escandaloso, Machetes nos llega de gira desde Aguascalientes donde dos actores utilizan lo libre del teatro físico para exponer una visión histórica de las reglas no habladas del contacto y la amistad, en una historia tan tierna como devastadora, que saca su momento más filoso con un literal baile de los machetes que se clava en ojos apantallados.

Joshua Peixa y Sergio Figueroa (Pelopincho) son las absolutas estrellas de Machetes, y no porque el texto del mismo Sergio y Daniela Vasch, o la dirección de Mauricio Popoca no hagan su mucha parte en retratar una realidad innegable para muchos hombres en una historia con mucho encanto y su cierta dosis de tragedia; pero porque en escena son Joshua y Sergio los que no paran un sólo segundo en una coreografía insesante que pareciera quererlos mantener unidos, incluso de maneras que suenan a malabar, mientras la historia de dos amigos que han crecido sabiendo que los hombres tienen que mantener cierta distancia porque así lo dicta lo social, los tiene distanciando su afecto con normativa prudencia.

Dos ancianos en un pueblo, Moy y Sinta, van recordando su historia mientras buscan al gato que se les ha perdido y esperan la llegada de los hijos adultos de Moy que van camino a visitarlo. Llevan décadas de amistad y tienen ese tipo de relación que ya es tan familiar que ha perdido decoro. Se tratan como dos viejitos gruñones nostálgicos, románticos ante el pasado, y ya perdiendo ciertas capacidades. Aunque en realidad Moy lleva cojeando desde que eran niños. Y así regresamos al pasado. Cuando se presenta por primera vez en el pueblo y no le resulta fácil hacer amigos, hasta que en su defensa del bully local se aparece Sinta, que no pareciera en realidad querer hacerlo su cercano, pero dado que Moy le ofrece comprarle refrescos de naranja, accede a convivir con él, sin mucho aceptar que le ha ido agarrando cariño.

Así, dos niños acostumbrados a vidas muy distintas comienzan a recorrer el tortuoso camino de la niñez, a la adolescencia, a la adultez. En casa de Moy es común que un hijo y un papá se demuestren que se quieren, cosa que impacta a Sinta acostumbrado a la frialdad y de pronto franca violencia de su padre. Y aún cuando van creciendo para formar una amistad muy cercana, de ésa en la que hasta las revistas porno comparten, continuamente se mantiene entre ellos la regla no hablada de la amistad entre hombres donde el cariño se demuestra más con golpes y burlas que palabras cálidas o algún otro tipo de contacto. Y para Sinta es muy claro, cada que Moy se acerca demasiado a él, el peligro de que los confundan con «maricones» está excesivamente presente y debe ser alejado a toda costa. De ancianos, en realidad no han cambiado tanto. Al menos, Sinta no.

Su evento canónico de niños es una fiesta de quince años, una en la que a Sinta le toca ser chambelán, y junto con el famoso bully del pueblo, danzar el baile de los machetes en una peligrosa competencia que acaba en desgracia para el gran villano y coronando a Sinta triunfador; pero en el futuro, esa poca comunicación, de pronto también característica de los amigos hombres que se quieren, pero en realidad no se cuentan cosas, no se vulneran, ni se presentan frágiles o lastimados ante el otro -porque eso es algo que simplemente no se hace, quizá porque es demasiado femenino, tal vez sólo porque es incómodo- los enfrenta con una consecuencia inesperado cuyas raíces llevan en realidad germinando desde aquella fiesta de 15.

Mauricio Popoca transforma este relato de crecimiento e historia de vida en coreografía, y el montaje de Machetes se vuelve enteramente físico. Mientras Moy y Sinta van narrando sus memorias, Joshua y Sergio van utilizando sus cuerpos, y su mucha condición física, para hacer una serie de figuras y movimientos que en gran medida están diseñados para entrelazarlos y jugar entre ellos con la cercanía y confianza, como en palabras y acciones los personajes de pronto parecieran no hacerlo. Un trabajo físico excepcional que mantiene mucho de acrobático y demanda una enorme resistencia, que eventualmente se vuelve simbólica de la solidez de una unión entre dos hombres que toda la vida se han tenido el uno al otro, toda la vida han cargado el uno con el otro, y toda la vida se han sostenido. Aún si entre ellos hay cosas no dichas y abrazos no dados.
Y es gracias también al estupendo manejo corporal de ambos actores que ese baile de los machetes llega en el clímax para cimbrar y vibrar en escala richter sobre ese escenario. Un momento que bien pudiera ser una pausa de baile, pero que integrado con apuestas altas y una energía dramática se vuelve hipnotizante. Y ruge. Joshua Peixa y Sergio Figueroa lo hacen rugir.

Y lo mismo con la creación de sus personajes. El Moy de Joshua pareciera venir de la debilidad, pero lo que tiene es entereza. Y Joshua lo dota de ternura y simpatía, desde niño y hasta que es anciano; mientras Sinta encuentra momentos de vulnerabilidad y crudeza en su eterna pantalla de fortaleza, soberbia y competencia. Es un hombre curtido a la manera de los hombres de pueblo. De México. Que sabe que un hombre no llora ni muestra un exceso de sentimientos, que se calla lo que considera que uno no anda compartiendo, y que resuelve a como de lugar. Y Sergio, teniendo esa dureza que pulir para hacer brillar algo en realidad interno, termina por entregar una dualidad suave que hace de Sinta un personaje espejeable.

En un emocional momento final, dos hombres que llevan décadas de restringir su cariño como se les dijo y se les enseñó, dejan la hombría y el deber ser masculino a un lado, y Moy pronuncia por primera vez el nombre verdadero de Sinta, y asoma al hombre detrás del apodo. Y ese instante, ese sólo acto de ver a su amigo no por la figura que siempre ha representado, pero por la persona que es y siempre ha sido, es suficiente para mojar los ojos de cualquiera que sabe y ha vivido las ganas de soltarle un «te quiero» a alguien que se transforman en «se te quiere» por miedo a una burla, una malinterpretación o a la cercanía que en un país como el nuestro se nos ha enseñado que no le pertenece al género masculino, es demasiado delicada para una realidad donde a los hombres se les mide por su capacidad de ser pideras, muros, balas y machetes.








