Un viaje odiséico por la vida y por la muerte, por el recuerdo y al arrepentimiento, hacia el reencuentro y la resurección, con Vine A Decir Adiós, Juan Cabello escribe su propio País de las Maravillas, o quizá de manera más culturalmente aledaña, su propio Viaje de Chihiro, un trayecto fantástico con el que intenta responder en qué lugar de la surrealidad existe el enfrentamiento con nosotros mismos, nuestros demonios, nuestras memorias, nuestra capacidad de rescatarnos. Y tal vez es en China. Tal vez es en un México de ensueño.

Así como Alicia se metió por una madriguera para acabar en el País de las Maravillas… o tal vez sólo se quedó dormida mientras leía, la protagonista en Vine A Decir Adiós termina en un universo que comparte mística con aquél de Lewis Carroll, y con otros tantos recorridos fantásticos en las historias del anime, que no me sorprendería que fueran una inspiración para Juan Cabello, un dramaturgo mexicano que decide remontarse a Asia para esta obra que carga el tipo de espiritualidad que relacionamos más directamente con el folclor oriental.

Al enterarse que el papá que creía muerto hacía años, pudiera no estarlo, May sale corriendo en su búsqueda, pero en el camino es golpeada por un coche tratando de salvar a una niña de ser atropellada. Después del accidente su mundo parece trastornarse. May se ve visitada por dioses oscuros, su madre no termina de poder explicarle por qué ha falisificado tantas veces la muerte de su padre, y ella se decide a viajar hasta encontrarlo, a donde sea que sus pistas puedan llevarla, que resulta ser México. O la idea de un México en realidad irreconocible y repleto de recovecos bizarros y confusos.

Desde que sube al avión su trayecto comienza a llenarse de detalles inexplicables. Destinos que se eligen por si solos, maletas llenas que aparecen sin haber sido empacadas o cargadas, encuentros con gente cuyas memorias parecen incompletas, y ante todo la presencia repentina de su abuelo…el abuelo que murió tiempo atrás. Pero May tiene su entero foco puesto en la misión, y aún cuando todo su alrededor le dice que ha dejado atrás el mundo que conocía, ella hace caso omiso y se va metiendo de manera más profunda en este túnel de eventualidades, segura de que al fondo puede reencontrarse con un papá al que no ve desde que era pequeña.

Como en muchas de estas historias laberínticas, Juan Cabello traza un viaje cuyo destino no es otro sino el reencuentro con uno mismo, y sigue una fórmula que para este tipo de relatos pareciera ser de cajón. Las sorpresas en realidad son mínimas y las vueltas de tuerca no pierden lo predecible, aún si Vine A Decir Adiós mantiene una personalidad llamativa y el trayecto se ajusta emocionante. Cierto que para un texto que se inspira en dos culturas tan coloridas como la china y la mexicana, la fusión no termina de verse reflejada en escena. Geralldy Nájera, directora, nos regala un baile de Chinelos ya muy para al final que hace bella remembranza al México mágico en el que May se pierde, pero fuera de ese detalle, realmente nunca vemos a May abandonar China.

Una China cuyos visuales son los de una tienda de curiosidades y monerías en el Centro. Enormemente roja, el único color que tenemos asociado con el país, pintada con flores y acompañada de linternas de papel. Una escena funcional y rápidamente localizable, si bien no precisamente imaginativa o libre de clichés. Junto con el qipao que May usa durante toda la obra, perfectamente adecuado, si bien rayando en lo disfrazado, al que es imposible no estarle viendo de manera distractora las licras negras que insisten por asomarse debajo. Vine A Decir Adiós no está equivocada en sus referencias de ningún modo, pero tampoco pretende salirse de una caja limitada. Y nuevamente, cuando llega el momento de romper la frontera hacia lo mexicano, la escena está tan cargadamente oriental que resulta difícil visualizar el cambio de parajes.

Mauricio Ascencio, escenógrafo e iluminador, sí se ancla en un visual de mayor intriga y juego, con tres puertas rojas irguiéndose curiosas en el fondo, y una cuarta más desde un ropero en una esquina, que Geralldy usa de manera traviesa para hacer de esta escena una casa de los espejos, un «jack in the box» donde no sabes lo que se encuentra detrás y cualquier cosa puede salir cuando se abren, que suma a la idea de este laberinto mental que funciona similar a un sueño donde las reglas de la física dejan de aplicar y la cabeza crea su propia arquitectura.

Vine A Decir Adiós conecta porque Sofía Sylwin como May se entrega a cántaros de forma emocional. Ella como actriz da forma y sensibilidad a este viaje del héroe rutinario. Un texto que la mantiene alerta y frágil y que ella usa para vaciar en el escenario una desesperación muy honesta de la persona que encontrándose ajena a todo intenta darle sentido a lo que ha dejado de tenerlo. Y acompañarla resulta apasionante y conmovedor. Sus escenas con Arturo Reyes como su abuelo son incluso más tiernas y sentidas que la misma búsqueda más abstracta por un padre al que no entendemos con la misma calidez.

Finalmente, la puesta entrega sólo un porcentaje de la surrealidad que pudiera encontrar al fondo de su baúl. Una obra con ínfulas mágicas y metafísicas que en concepto tiene dos -incluso tres- mundos en la palma de su mano, para hacer con ellos algodón de azúcar, pero al momento de verterse sobre la escena la propuesta se queda a un pelito de realmente hacer con todas sus referencias un viaje inolvidable fuera de toda realidad. Vine A Decir Adiós es correcta y llega a su punto, que eso quede claro, pero de ahí a erizar la piel, a hinchar el pecho con congojo… quizá es ahí donde este vuelo a otro destino no termina de despegar las llantas de la pista.
Vine A Decir Adiós se presenta jueves, viernes, sábados y domingos en Teatro El Granero del CCB.








