Víctor Andrade crea una pieza musicalmente exraordinaria en Pase De Lista, un musical original situado en pleno del 2 de octubre de 1968, donde un grupo de estudiantes comparten sueños, miedos e ilusiones mientras buscan sobrevivir un día oscuro, con un elenco lleno de promesas del teatro que uno a uno se van levantando para demostrar que la generación z musicalera no es cosa de juego, para luego interrumpir en canciones que se clavan en el pecho y la memoria.
Da gusto poder salir de un musical original mexicano tarareando las canciones, incluso con parte de la letra aún en la cabeza. Es una hazaña que logran pocos, especialmente, y de entrada, los pocos que se atreven a trabajar con composiciones propias y no en el formato rocola. Entonces Pase de Lista ya va de gane, porque resulta que como pieza de teatro musical tiene más que ganada su característica esencial: la música es magnífica. Me atrevería a decir que de lo mejor que se ha compuesto para el género desde el comienzo del nuevo siglo.

Las canciones se las debemos a Víctor Andrade, una colección infundida con sonidos de música de protesta, canto nuevo, trova y balada que usa para regresarnos a la Tlatelolco del 2 de octubre del 68, y presentarnos a seis estudiantes, nada sino adolescentes que se atrevieron a levantar la voz contra el gobierno, que temerosos por sus vidas exponen sus vulnerabilidades en un último acto de ser libres. Con la ayuda en su debido crédito de Juan Pablo Ceja, director musical y vocal, que consigue armonías que francamente erizan la piel. Y, bueno, de un elenco al que más adelante le tengo que dedicar más palabras, que no sólo las hace sonar hermosas, pero las interpreta desde el poder y el significado en cada una de las palabras en sus letras.

Al grito manifestante de las distintas escuelas, Pase de Lista comienza con estruendo con la canción No Se Olvida, un franco grito de protesta con el que hacen temblar el auditorio del Foro Shakespeare. Un opening que nos suelta en los instantes previos a la reunión masiva en Tlatelolco. Los distintos estudiantes se despiden en sus casas, prometiendo cuidarse, seguros de regresar con bien, mientras un joven Gabo y su grabadora de micrófono va entrevistando a la gente en el tumulto con la idea de documentar un momento histórico.

En un parpadeo estamos dentro de algún refugio innombrado, un limbo de paredes negras y una oscuridad de la que parecieran asomarse las cabezitas de nuestros personajes tan llenas de incertidumbre como si estuvieran en efecto en un purgatorio. Cinco alumnos que han logrado huir de la balacera para encerrarse en ese sitio que presuntamente podría mantenerlos a salvo, aunque nadie realmente está seguro de estarlo: Marina, una mujer que carga con un inmenso coraje, Tania, quien en la confusión perdió a su novio y no se lo puede sacar de la cabeza, Luis Fernando, un alma más alegre y bonachona pero no por eso menos idealista y luchón, Isa, una estudiante de la Ibero con una historia más privilegiada que el resto que terminó en la manifestación más por curiosidad, y el mismo Gabo, quien a partir de ese momento decide usar su grabadora para dejar registro de las vidas en ese cuarto, el tiempo que logren resistir.

El último en unirse al grupo es Pancho, un joven con un guante blanco que llega pidiendo clemencia desesperado, sorprendido porque lo que se le vendió como una revuelta terminó siendo una masacre. Pancho tiene algo que esconderle a los demás, pero por el momento se conforma con que lo acepten en su círculo. Lo que procede es una espera. Es la creación de comunión, confianza y fraternidad que no puede sino venir de compartir miedo y esperanza. Y cada alumno aprovecha el encierro para abrirse con los demás y relatar qué los llevó hasta ahí justo en un 2 de octubre de 1968.

La dramaturgia de Pase de Lista es en realidad un ciclo. Sin mucho hacia donde mover la trama, dado que la falta de avance es parte integral del concepto, sus dramaturgos, el mismo Víctor Andrade e Iván Sotelo (también director) crean una fórmula de escritura que termina eventualmente por arrinconarlos. Las escenas quedan divididas en momentos grupales ligeros, de mero compadrazgo, procedidos de manera fragmentada por monólogos por parte de cada estudiante, y canciones solistas también de los mismos. La naturaleza de la obra termina por ser predecible y repetitiva, aún si Pancho carga con el as bajo la manga que pudiera desatar un entramado más complejo. Un as que el texto no acaba usando en favor del desarrollo.

Las historias personales están bien escritas. Y tanto canciones como monólogos le permiten a su elenco cargarse de armas para presentar escenitas que son por sí solas meteoritos. Y en esa capacidad de crear instantes poderosos es que la dramaturgia de Pase de Lista se esconde de narrar una historia más conectada. Un truco que acaba funcionando en formato musical, donde cada canción es un momento absolutamente refrescante y una especie de botón de reiniciar. Que encima de todo en las voces de Lorenzo López, Tannia Dávila, Diego Enríquez, Begoña Ibarreche, Dafne García y el mismo Víctor Andrade logran detener el tiempo para que podamos por un momento sólo escuchar.

Lorenzo López como el tierno Gabo se avienta un número absolutamente conmovedor sobre sus sueños de filmar una película; mientras Begoña Ibarreche entra con algo más cercano a la comedia con una canción sobre su status de Princesa; Dafne García toma el timón de lo políticamente relevante (en 1968 y hasta el día de hoy) cuando habla y canta de la hermana que le desaparecieron y no ha vuelto a ver, y es quizá Diego Enríquez el que acaba siendo una máquina demoledora cuando su secreto sale a la luz y toma el micrófono para confesarse. Si Pase de Lista hizo algo fantástico fue escoger a su elenco (que incluye a Natalia Quiroz, Luis Mario Peralta y a Tomás Castro como alternantes). Y es el elenco el que cubre con cemento las fallas en el texto.

Lo que de plano no puede evitar ser demasiado evidente es lo rutinario de la propuesta de dirección. Iván Sotelo en realidad está acompañando el eterno loop de la dramaturgia, pero en su caso, el ciclo que se repite una y otra vez sin darle espacio a los momentos personales de sentirse con personalidad propia, es notoriamente restringido. Los seis personajes rara vez salen del medio círculo en el piso que ha pintado para ellos, que pudiera funcionar desde la contención, pero pierde todo asomo de concepto cuando entramos a los números musicales y Sotelo olvida que cada uno de estos estudiantes es su propio mundo, y en su lugar decide dirigirlos como una masa homogénea.

Canción tras canción, Iván Sotelo pide lo mismo de todos. Que inicien cantando sentados en el círculo, luego se levanten y se paren al centro, luego los demás se vayan parando para hacer lo suyo, y terminen donde empezaron. Son pocos los momentos que rompen con la monotonía, pero más importante aún, son pocos los personajes que logran hacer visible algo de ellos que pueda realmente ilustrar desde lo particular, lo específico y lo pensado para ellos. En un musical donde la trama tiene toda la intención de estancarse para empantanarnos, como lo habrían estado los seis adolescentes, es la música la única que puede realmente explorar lo único en cada uno de ellos. Pero la dirección deja caer esa pelota.

No es sino hasta los últimos cinco minutos de Pase de Lista que Iván Sotelo se permite regalarnos un cuadro distinto. Y logra hacerlo con intensidad, aún si para ese momento la dramaturgia ya dejó pasar su cierre más potente en una serie de epílogos que terminan por diluir la conmoción final. Pero la imagen no deja de ser poderosa. Y Pase de Lista nos saca de la sala llenos de coraje, de rabia, de sentimiento, de cuestionamientos, que es finalmente su punto. Y mucho se lo debe a Presente, Pliego Petitorio y Primavera, las últimas tres canciones que se encargan de vendar una herida que para México sigue abierta y pulsando cada 2 de octubre que no se olvida.

Un musical vive de su texto, su música y sus letras. Escenificaciones podrá haber muchas, pero esa santa trinidad es la que le permite ser longevo. Pase de Lista entonces lo tiene todo para hacer historia. En Foro Shakespeare está escribiendo un capítulo con mano firme. Un montaje ante todo digno con un elenco que por sí solos son estrellas y juntos un firmamento. Hay que ir a verlos brillar. Pero ante todo que nos presenta una nueva figura que entra con redoble de tambor en Víctor Andrade, como actor, como cantante (su voz es un lujo cantado en el sonido de lo regional mexicano) y más que nada como compositor. Una revelación a la escena a la que habrá que dejarle un ojo puesto encima, porque si con Pase de Lista se presenta, no puedo esperar por ver lo que la práctica puede hacer con éste que ya se perfila para maestro.
Pase de Lista se presenta los lunes a las 8:30pm en Foro Shakespeare.








