Un nuevo episodio de Las Crónicas Del Diablo rescata la historia de amistad y resiliencia de Leonora Carrington, Remedios Varo y Kati Horna y la forma en la que hicieron de México su hogar, pero en el otorgar solemnidad al relato, Manual Para Pintar Gatos pierde todo rastro de la comedia que había identificado al serial, y en sí de la razón para formar parte de le franquicia en un capítulo que se siente como otro tipo de obra, para otro tipo de visión.
En esta promesa que Hugo Isaac Serrano (creador, dramaturgo y director) tiene hecha con Las Crónicas Del Diablo de utilizar el serial para poder llevar casos de la historia real de México a la escena desde la investigación y el detalle, pareciera caber mucho, pero si algo demuestra Manual Para Pintar Gatos es que hay relatos que simple y sencillamente se sienten como necesitados de algo propio, y no tanto metidos con calzador dentro de un concepto que no está tan… pintado para ellos como pareciera.

Desde su nacimiento, apenas en marzo de 2025, “Las Crónicas” ha utilizado a la figura del Diablo, un reportero del ficcional periódico El Pitazo, para cubrir los eventos sucedidos con nazis en México durante la Segunda Guerra Mundial, los personajes del Cine de Oro o los intelectuales, poetas y hasta revolucionarios de la Generación Perdida, y a todos les ha ofrecido la mirada inquisitiva y el humor pícaro de su personaje protagonista, junto a la irreverencia de la farsa misma para dar pie al desarrollo de un histórico y el entramado de estas anécdotas que sí sucedieron y hay mucho que no se sabe de ellas, que el mismo Hugo y Diego Valadez hacen un enorme trabajo de investigar a fondo.

Ahora, con Manual Para Pintar Gatos los nuevos personajes de la historia de México a develar son curiosamente tres artistas extranjeras, que por distintas razones huyeron de sus países de origen para acabar llamando a México su casa: Remedios Varo, Leonora Carrington y Kati Horna. Pero Hugo y Diego le dan la vuelta a buscar el sentido del humor en lo que tienen que contar de ellas, y metiendo la farsa en un cajón para llevarnos más a una especie de tertulia conversacional, hacen a un lado el modelo de Crónicas del Diablo para probar algo nuevo, donde el mismísimo personaje del Diablo sale sobrando como cubito de azúcar en un pozole.

Y ahí donde la obra no deja de tener muchísimo que compartir sobre estas tres increíbles mujeres, el formato le acaba quedando chico de varias maneras. Por un lado, sí, en su necesidad de meter al Diablo a como de lugar, aunque su presencia deja de sumar desde la segunda escena, y su característico sentido del humor irreverente y alburero rápidamente acaba chocando con la personalidad seria y etérea del montaje; y por otro, con la narración basada en la recopilación de datos meramente compartidos sin mayor teatralidad, que teniendo a tres exponentes del surrealismo termina por sentirse un poquito desaprovechado.

Cierto, hay un par de momentos que evocan a las piezas que conocemos de estas tres artistas y con los que de pronto Hugo Isaac Serrano pretende ser un poquito más juguetón, pero la mayor parte del tiempo, los actores permanecen en una incómoda media luna alrededor de una mesa, que sólo va creciendo conforme se van integrando más personajes a ella, mientras pretenden cocinar durante una cena de Navidad, que incluso daba para que realmente se cocinara dentro del teatro, y los olores de la reunión pudieran perfumar el aire de forma más vivencial y envolvente. Pero como está dispuesto es más bien un montaje estático y pasivo.

Como las tres “brujas”, Jovanaa Andrade, Daira Mendoza y Mon de Monarca hacen un tierno trabajo muy natural de dotar a estas mujeres con temple, sabiduría y ante todo amistad, que a pesar de la falta de movilidad en escena, escucharlas nunca deja de ser el motivo por el que Manual Para Pintar Gatos es siempre interesante. Y Serrano y Valadez profundizan no sólo en sus pasados y esos instantes canónicos que las llevaron a cambiar de vida y de manera fortuita acabar formando una vida en este país, pero en la amistad que se formó entre las tres y sus respectivas parejas, que se acaba convirtiendo en el compás de una historia que habla fuerte y conmovedoramente sobre un vínculo inquebrantable.

Hay un momento en el que las tres describen la idea de “hacerle casita” a una amiga que tiene que ir al baño como un acto de profunda familiaridad, confianza y sororidad que de pronto resulta más representativo de aquella relación que hubieran podido tener las tres, que las llevó a convertirse en hermanas de ideales en común, que mucho de lo que se cuenta con intenciones más duramente históricas e informativas. Y es ahí donde quizá Manual Para Pintar Gatos mejor se acomoda en su propia premisa. Donde ellas tres dejan de ser leyendas para regresar a ser humanas. Y a tocarnos desde lo mundano y no meramente desde el admirado talento o el concebido surrealismo.

Y es probable que con esa precisa intención es que Manual Para Pintar Gatos haya desnudado esta historia de mayor efectismo o referencias que pudieran hacerla pintoresca, pero entonces en el intento ha quedado atrapada entre el sí y el no. Y su personalidad, una que teniendo a estas tres mujeres al centro pudiera dar para volar en serio, se está viendo anclada a un concepto que más que permitirle flotar, le aferra los pies a la tierra. Las Crónicas Del Diablo tiene un propósito atinado, y habrá una y mil historias que pueda abrazar entre sus viñetas. Pero no todo es o debe ser una Crónica del Diablo. Hay veces que al relato le toca pintar con un pincel propio. Y éste es uno de esos inevitables casos.








