Talia Yael nos sumerge en las aguas pantanosas de la depresión posparto con Nunca Disparé Un Rifle, una íntima mirada a un momento de angustia y melancolía para una madre que Talia convierte en una especie de sueño febril donde la ansiedad se mezcla con los recuerdos dolorosos y la herencia de inestiabilidad mental en una puesta pequeña pero intensa que se siente como un instante dentro de la cabeza de alguien que está perdiendo la batalla contra sus demonios internos.
Talia Yael (dramaturga) toma sólo una hoja del libro de Peter Shaffer y con el comienzo de Nunca Disparé Un Rifle nos transporta a un lugar similar a Equus. Una mujer renuente, un terepeuta que la presiona, recuerdos en el mar. Pero luego la escena comienza a tomar un aspecto diferente. El terapeuta no tiene zapatos, ¿y qué puede significar eso? Y a la mujer de pronto se le suma la aparición de una madre que la acosa como sombra, invocando recuerdos de aquella que se enfrentó contra la maternidad, pero nunca supo salir del abismo depresivo, ni abrazar su lado maternal. Hasta que eventualmente es claro que la realidad está afuera y en el Espacio Urgente del Foro Shakespeare habitamos un ensueño. Un constructo ilusorio nacido de la ansiedad para enfrentar a una mujer contra sus recuerdos familiares y el enorme pesar que la acongoja ahora que es madre.

Nunca Disparé Un Rifle funciona entonces como un coro a tres voces. Primero, la mujer que en su depresión posparto se imagina dejando a su bebé completamente desatendido cerca de la estufa caliente donde puede quemarse; en segunda la imagen de su madre, una mujer que batalló contra su salud mental cuyo desvalance arrastró hacia su propia maternidad de forma que pudiera parecer hereditaria, y por último la presencia de un hombre que es muchos hombres, por un lado un papá que acabó con su propia vida, un doctor que no puede entender la depresión si no como una tristeza que habrá de quitarse con medicinas, un terapeuta que enfrenta a la mujer desde el abrir de ojos doloroso y descuidado, un voyeur y finalmente la culpa.

Talia Yael pinta un socavón francamente existencialista y levanta la pregunta que habría de ser inevitable para cualquier mamá nueva enfrentándose por primera vez a la crianza: ¿puedo no cometer los errores de mi propia crianza o estoy destinada a repetir aquello que mis padres no pudieron evitar conmigo? Y aunque la depresión posparto no requiere en realidad de una lógica genuina o literalmente hereditaria, como generalmente le sucede a la depresión, el micro cosmos que pinta es uno que se entiende no como una realidad constante, pero como un momento de crisis en el que acompañamos a esta protagonista que tal vez pudiera ser álgido, pero que no se presenta como una condena.

Con ésta su ópera prima Michelle Chisikovsky (directora) toma el enclaustrado espacio del foro para jugar de manera rinconera y crear constantes figuras entre la mujer y sus ansiedades que verdaderamente parecieran orbitar alrededor de ella como satélites a esta etapa de maternar. Y ayudada por la iluminación de Daniela Espino, consigue cuadros potentes y bellos que dan una apta sensación de claustrofobia, muy adecuada para una mujer batallando con su propia cabeza sin poder salir, que a momentos pareciera llevarnos a una especie de prisión, a la habitación de un hospital psiquiátrico, a un cuarto de interrogación o incluso a una morgue donde el único objeto frío es una plancha metálica. Con una ventana que cuelga al fondo reflejando la oscuridad del otro lado, a la que la mujer mira con ilusión esperando ver lo que sea que se encuentre allá afuera, que no puede sino ser una extensión de lo de adentro.

Como la aparición de la madre, Milena Pezzi devora este texto con fragilidad y franco terror, y se convierte en el ancla de aquello que Talia y Michelle quieren decir sobre la salud mental y sus lugares más desesperados. La actriz funciona como el pegamento al montaje para finalmente dar paso a la emoción y al mensaje; mientras Rodrigo Virago se vuelve la pieza furiosa e intensa, la figura imponente e impositoria dentro de la fantasía de esta mujer que pareciera dominar desde la violencia, una que bien podría estarse infligiendo ella a ella misma, o aquella que proviene de la mirada masculina y su aparente incapacidad para empatizar con un tema que no la atraviesa. Estefanía Martínez como la protagonista batalla por encontrar una voz más resistente frente a dos monstruos de la escena, y aún cuando convoca dolor permanece de algún modo empequeñecida, cosa que a momentos funciona dentro de la propia historia, pero en otros le resta cimiento.

Nunca Disparé Un Rifle explora un tema que uno pensaría que se ve retratado de forma más regular en nuestras historias de ficción, pero realmente es mínima su representación. Muchas veces tratado como una alteración mental o francamente sacudido como una fase transitoria, no deja de resultar pertinente lo que esta obra consigue transportándonos en primera persona en medio de la tempestad. Éste no es el retrato de la maternidad, pero si la mirada sin juicio para aquellas que la viven de forma turbulenta. Y finalmente un panorama abierto hacia la depresión en general y sus muchos demonios, que para mucha gente en efecto pareciera acosarlos entre cuatro paredes cerradas, y una cabeza que no les deja escapatoria donde el cazador y el cazado son el mismo, y ambos mantienen el rifle con la mira apuntándose el uno al otro.








