Ni de aquí, ni de allá, una migrante regresa al pueblo del que salió huyendo a los 15 años para enfrentarse contra los demonios que dejó atrás en Violeta, un texto con el que Luis Eduardo Yee, desde la dramaturgia y Paula Watson desde la dirección, enfrentan lo amenazante, no del otro lado, pero de lo que muchas veces se asoma por los rincones oscuros del lugar que uno debería poder llamar casa.

Luis Eduardo Yee (dramaturgo) pinta un relato oscuro, pero no fija su mirada en el peligroso exilio del migrante a tierras gringas, sino más bien se pregunta por qué. ¿Por qué habría alguien de escapar y poner tierra de por medio? Y ahí donde la respuesta suele ser económica o laboral, Yee plantea la necesidad de Violeta de distancia como un acto de supervivencia a la presencia de un depredador.

Violeta en Teatro el Milagro

La puesta comienza con un funeral. Un ataúd que aparece cargado por lúgubres siluetas, mientras la atmósfera va adquiriendo un sonido tétrico y una voz en off nos habla de un sepelio despoblado y una Violeta malagredecida, retumbando, casi vibrando desde el suelo cortesía del diseño sonoro de Joaquín Martínez Terrón y la música original de Álvaro López Reyes. El mood está establecido y es inmediatamente siniestro. El padre de Violeta ha muerto. Y ella, que vive con su pareja en Estados Unidos, no parece movida por la noticia, pero toma la decisión de regresar a su pueblo presuntamente para acompañar a su familia.

Violeta en Teatro el Milagro

Aunque tal vez el verdadero motivo de su viaje de regreso es uno que ha evitado por décadas. Un secreto con el que ha cargado toda su vida adulta, y que ahora pareciera invocarla de regeso a su tierra para enfrentarlo de una vez por todas, con figuras cornudas que se aparecen semi desnudas a su alrededor como cazándola de forma espectral. Su madre la recibe nostálgica pero con un cierto resentimiento. Violeta no la ha buscado, ni siquiera le ha escrito por años. Y tal vez ambas saben la razón, aunque no la dicen en voz alta. Su hermano la encuentra con franco resentimiento, en todos estos años de ausencia él ha acabado en compañía cuestionable, ganando buen dinero, pero la envidia que siente por una hermana que encontró la manera de salir, y que asume ha ganado superioridad moral, lo corroe y lo vuelve un hombre violento.

Violeta en Teatro el Milagro

El único que pareciera representar algún grado de inocencia en su pueblo natal es un niño pequeño que camina cojeando y tiene un conejo de mascota, con el que Violeta decide bajar sus muros defensivos. Un niño que quizá le recuerda a ella misma antes de haberse visto obligada a perder la inocencia, y la enfrenta contra la posibilidad de una maternidad para la que ella no se siente ni de cerca lista. Pero que también le confirma que su presencia en el pubelo está empezando a desenterrar esqueletos debajo de las rocas, y hay muchos a los que les conviene que mejor se regrese del otro lado.

Violeta en Teatro el Milagro

Una colina árida con una pesada puerta ominosa en la cima nos recibe en Teatro el Milagro. La puerta no está sólo abierta, está desquebrajada, fracturada, abierta por una fuerza que parece haberla empujado desde adentro, dejando una grieta que la ha solidificado entreabierta, pero no como un símbolo de bienvenida, más como un hueco por el que uno habría de arrastrarse para poder salir… o conseguir acceso. Es la puerta hacia la que fue la casa de Violeta y que pareciera ponerla inmediatamente en guardia.

Violeta en Teatro el Milagro

Una de muchas maneras dantescas con las que Paula Watson construye este regreso a casa más como un recorrido hacia la panza del infierno que la cálida vuelta al hogar que uno intuiría para una persona que lleva más de 20 años sin ver a su familia. La montaña sobre la que se yergue el mundo de Violeta, imponente diseño de Natalia Sedano, pareciera estar dividida por niveles, ¿los distintos círculos de su pesadilla, quizá? En el suelo habita su vida en Estados Unidos con su pareja, como sosteniendo sobre sus hombros un pasado que nunca ha dejado de resultar pesado, que podría derrumbarse sobre su frágil presente en cualquier momento. Y hasta el tope la casa de su infancia sobre la que su madre se sienta en una silla a trenzarse el pelo, no como figura materna, pero como el último resquicio de un doloroso pasado que Violeta habrá de conformar.

Violeta en Teatro el Milagro

Aún cuando los espectros cornudos, de pronto aterrizan en lugares literales y crudamente ilustrativos, su presencia genera una tensión constante. Pero Watson genera su imagen más álgida, cuando Violeta al borde del estallar se enfrenta contra su propia ira, rencor y coraje en la forma de un minotauro con el que mantiene una danza taurina. Paula Watson toma un texto en realidad recargado de dramatismo y lo aterriza en una esquina más horrorífica que melodramática. Su concepto es inmediatamente llamativo y emocionante. Y termina por vestir con imágenes potentes un texto que por sí solo no consigue las respuestas que está buscando.

Violeta en Teatro el Milagro

En la dramaturgia, Luis Eduardo Yee da saltos estrepitosos sin mucha provocación buscando llevar al límite a Violeta, pero nunca la arrincona del todo, sólo exagera su realidad. Pero cuando llega el momento de la plática más importante con su madre, la que han estado previniendo desde la llegada de Violeta al pueblo, Yee decide que esa confesión suceda donde no la vemos, y termina por contarnos en voz en off que sucedió de la forma más anticlimática. Más allá de la relación con su madre, y la villanía de un hermano que poco a poco se va convirtiendo en caricatura, las relaciones de Violeta no parecieran construir el arco que la va a llevar a tomar una decisión que nace de forma gratuita y poco catártica. Las apariciones de su pareja en Estados Unidos no consiguen el peso dramático de todo lo demás, ni logran justificar del todo el tiempo que se les dedica. Violeta funciona porque hay muchos elementos ahí jugando magníficamente a resaltar las bondades de su dramaturgia y esconder debajo del tapete las varias omisiones.

Violeta en Teatro el Milagro

Y sí, con un elenco magistral encabezado por Teté Espinoza, es fácil simplemente embeberse en este sombrío cuento de confrontación familiar y cicatrización del pasado. Mayra Sérbulo como la madre sólo tiene que sentarse frente a Violeta en silencio para que en el aire la tensión se pueda cortar con un cuchillo; y el mismo Luis Eduardo Yee como su hermano es voraz como antagónico, pero honesto en su posición como hermano. La revelación absoluta es Matías Urbina, que como el niño Tomás se aparece para suavizar y balancear la dureza y sequedad del montaje, y a convertirse en uno de los elementos más valiosos y entrañables que tiene esta puesta para no permanecer en un lugar helado.

Violeta en Teatro el Milagro

Finalmente Violeta consigue su propósito: inquieta. Emociona desde lo perturbante y te mantiene atento a cada turbia interacción y a cada estremecedora coreografía. ¿Es más liviana de lo que cree que es? Sí, pero su disfraz funciona. Un relato que a momentos se siente como el capítulo uno de una serie más larga, o la historia de origen de mucho más por indagar de este pueblo, de estos personajes, del pasado del que apenas se rascó la superficie, pero que como una obra hecha y derecha hechiza y termina por resultar en un rato incitante en el teatro.

Violeta se presenta jueves, viernes, sábados y domingos en Teatro el Milagro.