La tantas veces dolorosa vivencia queer del quién quiero ser enfrentada contra el quién debo ser se convierte en un tierno viaje nostálgico por la década de los noventas, y un encuentro con aquellas personas que terminan por ser nuestro salvavidas en un mar tumultuoso en Sirena y Punto, un texto distinto al usualmente sombrío estilo de Reynolds Robledo con el que abraza de forma reconfortante a ese niño que tantos de nosotros fuimos que alguna vez se preguntó, ¿qué estoy haciendo mal con sólo ser?
En un escenario que pareciera salido de un pop up book de cuentos para niños con una ventana que se convierte en teatro guiñol, un árbol que habrá de ser trepado para probar valentía, y una puerta que pareciera un túnel hacia otra década, y al mismo tiempo la capacidad de dos niños de cerrarla y encerrarse en su mundo, lejos de aquellos que podrían entrar por ahí para tumbarles la fantasía, Sirena y Punto consigue de forma muy inmediata transportarnos hacia una infancia que en toda medida pareciera colorida y alegre, pero que, como muchas, detrás de una fachada de tranquilidad esconde los miedos y asperezas que vienen con el crecer, conocerse a uno mismo, y dejárselo saber a los demás… con o sin su permiso.

Y al centro de todo lo que hay es una amistad. Juana y Andrés se conocen de pequeños cuando ella lo salva de ahogarse. Andrés, un niño asustadizo que encuentra el agua aberrante porque le tiene mucho miedo a los tiburones, se lanza impulsivamente en un clavado que lo deja sin poder salir a la superficie, ante la mirada pasiva de todos en su clase de natación, es Juana la que se avienta a la alberca para sacarlo. A partir de ese momento su amistad queda sellada, y con ella también su dinámica. Una en la que él de pronto se congela con miedo y sin saber cómo avanzar, y es ella que lo impulsa a patalear hacia adelante y eventualmente lo saca a respirar.

Andrés no es como otros niños, o como diría su papá, como otros «niños niños». Es decir, no cumple con los estándares de masculinidad ni las expectativas de su género desde su muy joven edad. Ahí donde a otros les gusta el fútbol, él lo que quiere es hacer teatro de marionetas, no es especialmente aguerrido -ni remotamente tanto como Juana- y tiene un bully al que no puede confrontar. Pero lo que se espera de él pareciera chocar por completo con el niño que está creciendo para ser cuando descubre la película de La Sirenita de Disney, y se obsesiona no sólo con las sirenas en general, pero con querer ser una de ellas. Y aún cuando su abuela le permite jugar a la fantasía bajo del mar cuando va a visitarla, en su casa, para sus padres, es simplemente inaceptable.

Reynolds Robledo toma un cuento de Sergio Andricaín y Diego Josué Gontorr y lo convierte en una obra de tonalidad familiar, no porque Sirena y Punto esté dirigida a un público infantil, pero porque atina a hablarle al niño que fuimos los adultos en la sala. Y para lograrlo la sitúa en la década de los 90s, quizá de pronto con excesivas referencias a la era al punto de parecer trivia, pero en otros tantos momentos con una precisión muy adecuada que más allá de buscar el chiste retro, lo usa para crecer y formar la historia. Un Andrés obesionado con las sirenas claro que se sabría la coreografía de «La Calle De Las Sirenas» de Kabah, y claro que eso también formaría parte del estigma para un papá acostumbrado al único tipo de masculinidad de aquella época. Uno en el que bailar, y la música pop eran más para niñas que para niños niños.

Sirena y Punto no es una historia de transgresión. No va de un Andrés nadando contra corriente para lograr ser quién siempre ha sido, la visión es desde el conflicto de un niño que simplemente no entiende qué está haciendo mal, y más que convertirse en su propio héroe, se esconde y se paraliza, como… aceptémoslo, muchos habríamos hecho a esa edad. En toda medida, Andrés es un personaje pasivo, no está ahí para luchar por su libertad y autonomía, y en su relato tampoco hay villanos per se, la obra pone foco sobre los padres, sobre la familia y una sociedad que desde hace décadas ha decidido que desde el presunto cariño y preocupación puede elegir en nombre de sus infancias quién y cómo deben ser, sin mucho miramiento a las héridas que provocan a una edad donde nadie tiene las herramientas para entender que el problema no es suyo.

Reynolds Robledo no pinta a esta familia como abusiva, violenta o intransigente, pero sí los vuelve personas de su época. Y lo sé porque fue en esa misma época en la que yo crecí. Papás que aman pero no entienden. Papás que quieren lo mejor para sus hijos, pero muchas veces se les olvida preguntarles a ellos qué es lo que quieren. Papás que ni siquiera saben que pudiera haber otro camino, porque en serio no conocen más. Y aún cuando en el fondo Sirena y Punto es enormemente representativa de un tipo de infancia por el que muchas personas queer pasaron y se pueden ver perfectamente indentificadxs, la realidad es que Andrés nunca habla de orientación o género, sólo de sirenas. Un niño al que han hecho sentir como un error de código sólo porque su gusto más vanal no empata con el de otros que para ése entonces soñaban con ser Power Rangers. Y entonces Sirena y Punto es universal. Porque cualquiera que en su momento se sintió fuera de lugar y tuvo que transitar una incómoda etapa desde ahí puede recordarse, y a través de este conmovedor relato, sanarse.

Robledo también hace algo muy lúdico e inteligente porque para llenar de emocionalidad esta puesta, que en realidad en muchos momentos te tiene riendo a carcajadas, toma prestado el tipo de melodía que Alan Menken escribió para La Sirenita, una historia -no hay que olvidar- sobre una joven enfrentándose contra un papá que la resguarda al punto de hacerla sentir atrapada. El motif no es una copia a calca, pero sí lo suficientemente parecido como para transportarnos a las aguas donde Ariel aleteaba con ganas de conocer un mundo más allá de su propio mundo, que cuando Sirena y Punto hace sonar para Andrés no puede sino recordarnos que llega el momento en el que a cada quién le toca nadar solo, y que ese impulso es más grande que el anestesiante qué dirán.

Y cómo no va a emocionar hasta las venas cuando además en los tenis y calcetines desempatados de Juana y Andrés (un detalle que pareciera también cuestionar el deber ser) Marcos Radosh y Luz Aldán hacen gala de rotunda química entre ellos, un cariño que sale de la escena para bañar la sala; y de su simpática puntualidad para la comedia que les permite soltar estas líneas con el ritmo de una marea cuyo oleaje lanza y retoma con cadencia para tener al público con los ojos llorosos de forma continua, si no por risa, por llanto, pero siempre emocionados y sintiendo algo, sintiendo mucho con el tipo de amistad que no sólo de niño, pero a muchas edades, se siente como el único lugar seguro cuando todo a tu alrededor pareciera más bien un torbellino.

Sirena y Punto regresa tres décadas en el pasado, pero no es cierto que el estigma ya es parte de una memoria inaudita de otra época. La necesidad de justificar gustos, ambiciones, sueños, fantasías, de batallar contra las impuestas reglas de género, de masculinidad, no ha dejado de estar presente, si bien hoy en día al menos somos capaces de cuestionarlo. Algunos. Y no en todos lados. Esta obra es una curita para el niño que fuimos y que muchas veces aún duele recordar en sus momentos más solos y ansiosos, pero también es una súplica para aquellos que tienen o tendrán en sus manos la fragilidad de niñxs creciendo para conocerse y dudarse. Estamos a tiempo para evitar futuras cicatrices. Estamos a tiempo para criar generaciones de sirenas cuya naturaleza no se convierta en espuma.
Sirena y Punto se presenta los martes a las 20:30 hrs en La Teatrería.








