La obra maestra de Tony Kushner regresa a México y cae en muy buenas manos. Una Ángeles en América llena de fondo y signficado con un elenco superior que nos regresa a la década de los 80 y a la vivencia del hombre gay en plena epidemia del SIDA en la Estados Unidos de Reagan. Cristian Magaloni toma el texto mas importante de dramaturgia queer que existe y le da vida actual con una pertinencia absoluta a una historia que pareciera dirigirse al pasado, y que en el Helénico nos recuerda que hoy día seguimos viviendo su oleaje.

No nos equivoquemos, en 1991 Tony Kushner llegó para establecer un precedente para la comunidad lgbtq+ en teatro con Ángeles en América. Una pieza tan cruda como confrontativa, como hermosa en muchísimos sentidos, y en otros un franco monumento a la lucha contra una epidemia que no sólo arrancó miles de cientos de vidas, pero desvarató a una comunidad y fue usada como ardid social para segregar a un grupo minoritario con repulsión, al que también desde la política se le dejó fallecer en números alarmantes con brazos cruzados, porque era más fácil asumirlo como un cáncer para personas indeseables que invertir en una cura. Kushner nos lleva a esa década y desde ahí nos presenta a los ángeles como seres que prefieren la falta movimiento porque el contrario atenta contra su averción a la evolución.

Ángeles en América, Helénico 2026

Y con tanto que decir y personajes de los más complejos que se han escrito para el teatro, divide su Ángeles en América en dos: El Milenio Se Aproxima y Perestróika, que históricamente se han montado en todo tipo de combinaciones. De forma individual, francamente por separado, o serializada y lista para un maratón tan intenso como excepcional. Que en el caso de la propuesta para el Helénico y si me lo preguntan a mí, son siete de las horas más gloriosas que uno puede vivir adentro de un teatro.

Sostenida por pilares políticos, sociales, religiosos y espirituales, Ángeles en América explora este momento histórico y canónico muy específicamente desde Manhattan en Nueva York. La ciudad que observa el Ángel de Bethesda desde su fuente al centro de Central Park, desde donde pretende representar salud, pureza, templaza y paz, y que de manera muy inmediata Tony Kushner se pregunta, ¿y sí?, ¿o qué querrían los ángeles de nosotros?

Ángeles en América, Helénico 2026

Prior es diagnosticado con SIDA y en ese momento comienza a escuchar voces que parecieran venir de un más allá. Su pareja, Louis, un hombre judío y presunto activista por las causas justas, se ve acobardado por la fragilidad del cuerpo de Prior y la sola idea de verlo morir en condiciones tétricas, y aún batallando con una culpa constante, decide abandonarlo. Pero las voces no lo abandonan. No, de hecho lo alientan. Una voz que le provoca una erección cada que la escucha y que pareciera anunciar la llegada de un ser superior. ¿Pero es alucinación provocada por la enfermedad o es realmente una visita divina? Desfalleciendo y en una batita de hospital, ante la aparición de un ángel intransigente y abandonado, Prior se descubre a sí mismo profeta, y quizá el hombre al que le va a tocar rogar por la vida humana.

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Por otro lado, Roy Cohn, el mismo Roy Cohn al que la historia ha juzgado severamente, que mentoreó en su momento a Donald Trump y fungió como mano derecha del senador McCarthy durante la persecución de comunistas y personas homosexuales en la era de terror y paranoia conocida como el Lavender Scare dentro del mismo gobierno gringo, para eventualmente morir de SIDA y tratarlo de pasar como cáncer de páncreas; a él, Kushner reimagina en su último año de vida y nos pide acompañarlo desde que es diagnosticado y hasta que ya hospitalizado es despojado de su licencia de abogado luego de ser encontrado culpable de fraude y engaño. Roy quien habría de estar tan rodeado de los fantasmas del perjurio, que en Ángeles en América son representados por Ethel Rosenberg, a quien mandó a la silla eléctrica en uno de los casos más sonados de presunto espionaje, que es quien finalmente lo acompaña a despedirse de este mundo.

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Joe, el alumno de Cohn en esta ficcion, un hombre mormón y Republicano, auto abanderado con nobleza y una cierta superioridad moral, es ofrecido una oportunidad única con un puesto de relevancia en Washington, pero son varias las razones que lo detienen de tomarlo. Por un lado, su esposa Harper, una mujer que ha encontrado en el Válium la manera de enfrentar la persistente depresión de una vida de mentiritas que se ha creado con Joe en nombre del deber ser; y por otro lado, Louis, la pareja de Prior, al que conoce en un baño público y con el que comienza una relación furtiva, a pesar de ser incapaz de aceptarse como homosexual y, muy en el estilo del mormonismo, quienes definen lo gay como «same sex attraction«, una tema que tratan como aflicción curable, continuar su vida como hombre casado con las responsabilidades que eso conlleva más desde la obligación que cualquier intención de cariño o amor.

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Y, bueno, la misma Harper, que en su adicción a los fármacos ha encontrado la manera de escapar y recluirse en una alucinación en la que la acompaña el Señor Mentiras, una especie de guía a su necesidad de escapar, que la lleva tan lejos como la Antártida con tal de ausentarse lo más que puede de la vida que la Iglesia de los Santos de los Últimos Días le ha dicho que es la que le toca vivir. Conectada de manera espiritual con Prior con el que de algún modo contacta en este mundo ilusorio que ambos usan como refugio, y en el que habrán de ser visitados por seres fantásticos, desde antepasados y ángeles, y hasta los reflejos de su claridad mental y tormento en la forma de personajes de cine que pueden saltar de la pantalla para confrontarlos.

Ángeles en América, Helénico 2026

Tony Kushner propone mirar estas variadas historias desde la perspectiva de tres religiones. Por un lado el judaismo, cargada de culpa por encima de la redención, por otro el catolicismo y su capacidad de perdón y persecución, y por otro el mormonismo al que define como devastación. Y es en realidad con humor, un cierto cinismo incluso, y un aliento a la ensoñación que enfrenta la realidad con la espiritualidad y la impulsividad emocional, y finalmente con la sociedad, en una pieza que pareciera resumir lo que somos como humanidad en siete horas de compleja dramaturgia metafórica y simbólica. Y que Cristian Magaloni como director encuentra emocionantes formas de traducir a la escena desde lo lúdico, lo provocativo y hasta lo francamente simpático.

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Rodeados de una piedra roída que pareciera mausoleo, los personajes de Magaloni habitan este mundo de movilidad por bloques cortesía de Ana Adriá Reventos y Marcela Vethencourt Koifman, que el director usa en dos niveles. Por un lado el muy atrapado tetris que construye la realidad: el hospital, las distintas habitaciones, y los varios espacios que parecieran restringir a los personajes entre paredes de concreto; y por otro un segundo piso completamente abierto donde pareciera habitar la fantasía, la capacidad de escape, de un mundo superior, de liberación, y un acceso sólo momentáneo a un universo fuera del universo que los convoca a bajar nuevamente las escaleras y tocar piso eventualmente. Y con esos dos planos consigue visuales excitantes (como la danza de una Tina Turner en el sueño casi blasfemo y básicamente drag de Prior), conmovedores (como la llegada entre nieve de Harper a la Antártida) o francamente apantallantes como la primera llegada del Ángel con alas que se extienden de manera magistral ante un Prior desnudo en una solitaria tina que pareciera retarlo a enfrentar lo imposible con nada con él sino su humanidad.

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Y desde ese mundo de piedra y muros que impide la demolición de pensamiento, Magaloni nos regresa a los 80, una década con un legado histórico de alienación, discriminación y miedo, en busca de un nuevo tipo de respiro, y el renacer de entre las cenizas, para recordarnos que nuestro presente no es sino una parada más en el camino que se fragua desde entonces y más atrás. La mención a lo MAGA e incluso la interpretación de Martin Heller, un personaje aliado a Roy Cohn, como un simbólico Trump, se mezclan con los guiños al arte de Keith Haring, artista que muriera de SIDA en los 80, y a la música de artistas como Madonna, gran aliada a la comunidad lgbtq que en la década incluso fuera musa de Andy Warhol, para enfrentar pasado y presente en una lucha constante por supervivencia, libertad y visibilidad.

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Uno de sus momentos más graciosos y atinados sucede en Perestróika, cuando encontrados en el Centro Mormón, Harper y Prior se ven confronados por la versión conservadora de su propia realidad y personajes que se les aparecen para llenarlos de verdad saltando desde una pantalla blanco y negro, y una película que de forma imposible se diluye hacia el mundo real… o al que pareciera real, que en el caso de Harper y Prior nunca están del todo parados en suelo firme. Sólo una de varias escenas que Magaloni resuelve con ingenio y con un ojo que no pierde el sentido del humor ante la dramaturgia de Kushner que no busca el melodrama ni la victimización de ninguna manera, pero por el contrario, desafía la crudeza con acidez.

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Formato abiertamente teatral que Cristian Magaloni consigue amarrar con un moñito gracias a la excelencia de su elenco. Empezando por Pablo Marín, un Prior de natural franqueza, reactivo, preciso y emocionante; y hasta una Carolina Politi, que encargada de realizar a varios personajes incidentales, entre ellos la mamá (posiblemente lesbiana) de Joe, un rabino, un doctor y varios más se roba cada momento con una franca maestría actoral de la que bien podríamos estar tomando nota desde la butaca para futuras generaciones de actores. Enrique Arreola construye a un Roy Cohn aberrante y desquiciado, con fragmentos de humanidad que se le cuelan por las heridas, y verlo trabajar es un honor como público. Assira Abbate entrega a una Harper tan carismática como perdida y Jesús Delgado, como Belice, amigo de Prior y enfermero de Roy, hace del personaje más compasivo de la puesta dueño de poderío y empatía que para la segunda parte de la obra se ha vuelto de los más entrañables de Ángeles en América.

Ángeles en América, Helénico 2026

Cierto que Lucio Giménez Cacho como Joe no consigue montarse en la energía de los demás y permanece desde un lugar más pasivo y distanciado que no le permite jugar del todo con las muchas culpas, antecedentes e inseguridades que carga el personaje, y Vicky Araico -que también interpreta a varios personajes incidentales, entre ellos al famoso ángel- pega con contundencia en algunas de sus interpretaciones, mientras otras transitan hacia una farsa fuera de tono con la propuesta de dirección, pero como un todo, Magaloni consigue hacer de su elenco la pieza más fuerte y consistente de todo Ángeles en América, y sin duda una de las razones primordiales para no perderse de esta historia que a 35 años de su estreno nos sigue vociferando sobre la urgencia de replantear, evolucionar y movernos adelante muy a pesar del fallido plan divino.

Ángeles en América, Helénico 2026

El montaje termina de vestirse de manera magnifica con el diseño de vestuario de Adriana Pérez Solís, que especificamente en el ángel pareciera llenarse de referencias y una visión de alta costura del teatro, pero en otros varios personajes, incluyendo Prior en bata roja y goggles steam punk, consigue visuales icónicos; el diseño de iluminación de María Vergara que juega con sombras y contraluces para llevar intriga a las escenas de fantasía magna, y la música y diseño sonoro de Miguel Jiménez que le otorgan limpieza y pulcritud a un montaje que atiborrado de personajes, mensajes, símbolos y locaciones bien pudiera caer en lo excesivo, pero que en manos de este director y este equipo se nota perfectamente pertinente, entendido y ubicado.

Ángeles en América, Helénico 2026

Ángeles en América siempre será teatro valioso. Un texto como el de Kushner es importante de ver, de reflexionar, de permitirte empapar por él. Afectar por él. Pero este montaje para el Teatro Helénico, que no deja de ser una lástima que tenga anunciada una temporada tan corta, porque merece una vida larga y llena de público, es un brazo fuerte que lo sostiene en el aire, levantándolo como trofeo demostrando por qué tiene la importancia, la relevancia que tiene en el mundo en el que vivimos. Una pieza ostentosa y potente que trae el texto a una cierta modernidad, pero lo deja hablarnos desde el lugar que plantea como invariable. Que nos hace parte de una experiencia de ésas con las que un escenario cobra vida con todas sus posibilidades y todos sus rinconcitos. Ángeles en América es extraordinaria, y perdérsela es el único y verdadero pecado del que nos advirtieron los libros.

Ángeles en América se presenta en dos partes, viernes, sábados y domingos en Teatro Helénico.