La película basada en la novela de Albert Sánchez Piñol lleva a las sirenas a convertirse en una orda de zombies en una tierra desolada donde sombrío es el único mood posible y la supervivencia depende de tu capacidad para convertirte en una bestia.

Cold Skin (La Piel Fría) lo deja muy claro desde el principio. Antes siquiera de ver la primera imagen en pantalla, una cita de Nietzche es destacada ante nuestros ojos: “Si miras lo suficiente al abismo, el abismo te acaba regresando la mirada”. Y en efecto lo que se desenvuelve a nosotros es la transformación de hombre a bestia a través de la soledad, la purga y el genocidio como símbolo de la brutalidad humana.

En 1914 y una isla perdida en medio del océano, un joven es llevado por un barco a su nuevo destino, uno en el que pasará prácticamente 12 meses solo midiendo la fuerza de los vientos; pero en la isla hay alguien más: Gruner, el encargado del faro, un detestable hombre que no es capaz de ponerse ropa ni por la gracia de dios y que conforme lo vamos conociendo, más ganas tenemos de montarlo sobre un barquito y dejar que las olas se encarguen de él.

El joven no pretende convivir con él en un principio, pero luego de descrubrir que de noche la isla es invadida por criaturas asesinas que vienen del mar, no le queda de otra excepto mudarse al faro, que es como una fortaleza para poder sobrevivir.

Cuál es su sorpresa cuando descubre que Gruner, pese al odio que le tiene a “los sapos” (como él le llama a estas criaturas, en realidad inspiradas en sirenas -las de la Odisea, no las de Disney) mantiene a una de ellas, una hembra, como su mascota/pareja sexual, a la cual trata con agresividad y un desdén, que el joven sin nombre va a encontrando de lo más desagradable. Pero Gruner es su lastre, vivir con él es una pesadilla, pero vivir con él es quedar a la mercer de los sapos que no dudarían un segundo en destrozarlo.

La película se desenvuelve en un ritmo pausado y salteado, de pronto letárgico y a veces confuso, que lleva a los sapos de orda de zombies, a tribu victimizada por la crueldad del hombre, y a Aneris (como nombran a la criatura) de perrito faldero a sensual provocateur que levanta preguntas sobre zoofilia, especialmente cuando ya no es sólo el villano de la película el que encuentra en ella un objeto sexual, pero también nuestro impoluto héroe.

Cold Skin comienza como un thriller sobrenatural, muy al estilo de 30 Days of Night, pero el suspenso se va perdiendo poco a poco conforme se va sumergiendo en el lado dramático de la historia, involucrándose más con los aberrantes defectos de Gruner que en la sangrienta amenaza. Y en ese momento la historia se vuelve fría, ni angustiante, ni terrorífica, ni lo dolorosa y provocadora que pretende ser (dado que en ningún momento las viñetas duran lo suficiente como para concluir en algo que se sienta verdaderamente contundente), ni impactante por más que ensucia las caras de nuestros protagonistas con sangre.

Al final, Cold Skin logra contar su historia, una que se siente clásica y de la cual se agradece la novedad de sus figuras sobrenaturales, pero termina por ser tan helada como el viento de la isla, y tan intermitente como la luz del faro en el que pasan 80% de cinta encerrados.