Cuatro personajes enfrentan la precariedad y los golpes de la vida como una familia elegida en una casa que aunque humilde y complicada se ha vuelto también un refugio en Lo Común, una bellísima obra de José Emilio Hernández de lo más catártica que en una puesta inmersiva por Simón Franco nos permite abrazar a los fantasmas que invocamos cuando más los necesitamos -de pronto de una forma muy literal- en un montaje interactivo que acaba haciendo comunidad ahí donde a todos nos une la necesidad de soltar y reconciliar.
Lo Común es de estas obras que no te esperas. De ésas que son capaces de lanzar una bola curva y hacer de un relato toda una experiencia para el espectador. Que va soltando vistazos de una cierta intención de comunión, de integración, pero no es sino hasta el clímax que se revela como el tipo de montaje donde todos somos parte de la creación como colectivo, y que nos permite tener un momento de desahogo que de forma inesperadamente emotiva, para muchos de nosotros acabó en un llanto muy honesto de mucha liberación.

Norma, Aleks, Piña y Ulises son actores, aunque ninguno de ellos tiene en realidad chamba como actor, sobreviven de lo que pueden y cómo pueden, algunos de ellos con trabajos más estables que otros, pero ninguno realmente pudiéndose dedicar a lo que les apasiona. Y para otros de ellos, el desempleo es una sombra constante que hay que batallar para conseguir el dinero de la renta, de comida y de cualquier otra emergencia que se cruce por el camino. No son una familia de sangre, pero en toda medida son una familia elegida. Y elegida también su casa, que no es mucho, de hecho, está medio destartalada y requiere de mantenimiento, pero es hogar y es refugio.

Cuando Piña, una de las más estables, pierde su trabajo donde la acusan de poco compromiso, aún cuando ella es de ésas que se mueve en transporte público horas por la ciudad para llegar al jale, al tiempo que la casa se queda sin agua y el grupo pareciera no tener el dinero suficiente para el arreglo de un plomero, aparentes fantasmas se empiezan a aparecer por los rincones, no como espectros terroríficos, pero como ellos van entendiendo poco a poco, como aquello que invocamos cuando más los necesitamos.

El texto de José Emilio Hernández no necesita inventar exageraciones ahí donde la realidad siempre acaba por superar a la ficción, y Simón Franco toma estas batallas para armar en realidad una comedia. Estos personajes son víctimas de un sistema que al que vive del arte no le permite VIVIR del arte, pero no están victimizados. Accionan, enfrentan y sobreviven por necesidad y rutina, y lo hacen más desde la resignación que desde el sufrir. Y a cada uno se le permiten momentos de desahogo. Música, fantasía, sueño y baile se integran en estos instantes de escape donde cada uno de ellos se da un respiro. Y en el caso de Ulises, que su respiro incluye un pasón que termina en que le dé la pálida, se presta a momentos de lo más simpáticos.

Pero más allá del relato de comunidad, lo realmente hermoso de Lo Común es su capacidad de extender la mano hacia la audiencia y ofrecerle al público la oportunidad de enfrentar el dolor, la angustia, la preocupación, lo que uno traiga, en este mismo espacio reconfortante, y con esta misma unidad que a Norma, Aleks, Piña y Ulises los mantiene resilientes en un montaje que nos hace a todos parte del mismo refugio. Lo Común no se queda sobre las tables, Simón Franco rompe constantemente la cuarta pared para permitirnos una catársis que en otras muchas obras sólo le toca experimentar a los personajes.

En algunos momentos lo hace desde el humor y transforma su escena en una especie de game show donde a alguien del público se le va a regalar la fantasía de vivir la recreación de cómo sería renunciar al trabajo que odia; y en otros aún más poderosos lo hace con solidaridad y compasión, y pide de la gente que se acuesten en el piso con Norma y Ulises, mientras Piña a lo lejos canta una versión nostálgica de Corazón Parti’o, a respirar… a soltar. Un momento que a simple vista pareciera un ejercicio de lo más simple, pero que en esa sala se vive con una intensidad y una armonía muy particular. Y muy aliviante.

Y ahí donde Lo Común pareciera habernos compartido su carta más emotiva, Franco nos invita finalmente a un velorio, no en un tono taciturno, sino a ser parte de estas despedidas que se presentan más como una celebración a la vida con bebida, comida y música, y en el caso particular de este montaje, la presencia de fantasmas, de ésos que ya se invocaron en el teatro porque es claro que los necesitamos, y que se pasean entre la gente como un consuelo para quien quiera tomar la oportunidad de enfrentarlos, de abrazarlos, de hacer las paces con ellos. Para ese momento es claro que Lo Común no está ahí para contarnos sólo las batallas de cuatro personajes, pero para hacer con nuestras batallas una historia más completa. Un relato de todos. Porque lo común es en efecto estar librando alguna lucha, ¿qué no?

Yo sé que Lo Común es de estas obras que se va a quedar conmigo, y a las que yo sin duda les dejé algo de mí, y estoy seguro que para otros muchos que prestaron un suspiro en la sala del Foro la Gruta convertida en refugio, es probable que así sea también. Curiosamente resultó ser un montaje que de común tiene poco, una obra que se sale de la caja para utilizar las posibilidades del teatro y constuir con eso una red. Transportarnos a lugares y a personas, y hablarnos a todos en lo universal y susurrarnos a cada uno en lo particular. Eso no es común. Es especial. Y no puedo sino admirar la contradicción que los representa.








