La locura se apodera de una familia en Navidad mientras un delirio que pareciera imposible comienza a sacar a flote los secretos y mentiras que cada uno de los miembros se cuenta y oculta para seguir adelante en Nunca He Estado En Dublín, una comedia esquizofrénica perfectamente adaptada para México, con una Mónica Huarte a la cabeza que desde el primer momento en el que abre la boca para cantar Los Peces En El Río en spanglish tiene completamente ganado al teatro.

Navidad en pleno mayo. Y de muchas maneras Nunca He Estado En Dublín se siente en efecto como un regalo esperando abajo del arbolito. Una obra española de Markos Goikolea, adaptada por el también director Marco Pacheco desde una distancia geográfica y un desconocimiento cultural enormemente satisfactorio para la comedia, en una obra que tiene muy claras el tipo de realidades y verdades a medias a las que podemos ser intolerantes, cuando de nocivas no tienen nada, versus las muchas otras que tenemos normalizadas incluso sí verdaderamente pueden llegar a poner en riesgo el núcleo familiar.

Nunca He Estado En Dublín

Es Noche Buena y una familia está ensayando su versión anglicana de Los Peces En El Río. Están nerviosos. Ansiosos por hacerlo bien. La realidad es que la hija de la familia va a regresar de Londres a visitar por primera vez en tres años, y quieren que la noche sea perfecta. Verónica cortó comunicación con sus padres tantos años atrás, después de que ellos reaccionaran de manera violenta y caprichosa a su salida del clóset. Pero las cosas han cambiado para Luz María y Javier. Ya no son los que eran antes, han aprendido a aceptar a su hija y lo único que quieren es volverla a tener en sus vidas. Tanto así que esa misma noche están dispuestos a conocer a su novia, una mujer irlandesa de Dublín, encuentro para el cual Luzma está aprendiendo inglés en un esfuerzo por demostrar que de su lado no hay más que disposición.

Nunca He Estado En Dublín

Pero la noche les tiene planeada una bola curva cuando Verónica se aparece para la cena acompañada por una novia que nadie puede ver. Y Luz María y Javier, junto con su hermano Martín, están tan urgidos de retomar una relación con ella, que todos en la casa deciden seguir el juego de la novia invisible como si nada, y cuando menos se lo esperan, la presencia de esta relación fantasma comienza a provocar que todos y cada uno acaben mostrando los secretos y mentiras que guardan ellos mismos, convencidos de cosas que han decidido pasar por ordinarias, aún cuando sus delirios sean igualmente calcitrantes, mejor nombrados problemita cualquiera.

Nunca He Estado En Dublín

Marco Pacheco arma una comedia basada en la interacción entre estos personajes. Sostenida inicialmente por Luz María, una Mónica Huarte que entre spanglish, culpa, una racionalidad que quiere apagar para no quedar mal con su hija, desesperación, frustración y una gigantesca necesidad de hacer como que nada está pasando, termina por ser un motivo constante de carcajada, en una posición francamente trágica, que esconde dolor y preocupación, pero al exterior se farsifica con la impresionante capacidad de Huarte de hacer de cada diálogo, de cada escena una máscara humorística de enorme precisión. A través de Mónica el absurdo toma tantísimos matices, porque al final del día Luzma no deja de ser una mamá, una mamá que cometió un error, pero finalmente mamá.

Nunca He Estado En Dublín

Mientras Miguel Tercero se luce en su capacidad de ir hirviendo las aguas y subiendo el volumen poco a poco como Martín, un hijo más problemático de lo que todos ahí son capaces de reconocer, que a sus varias décadas de vida aún vive en casa de sus papás, tiene un hijo al que básicamente no ve, y se mantiene ciego ante la idea de que su ex no quiere ya nada con él y se lo hace saber con cada decisión que toma, convencido de que lo ama, y querrá regresar algún día para arreglar las cosas y formalizar una familia de ensueño. La forma en la que Miguel nos presenta a un Martín en apariencia centrado y conciliatorio, para ir haciendo con él franco caos conforme la noche lo empieza a enfrentar con realidades y al alcohol empieza a fluir en sus venas, es un arte de total puntualidad. Un instinto para la comedia con el que simplemente se nace, porque lo carga por dentro.

Nunca He Estado En Dublín

La magia de Nunca He Estado En Dublín es presentarnos una situación imposible que como público rechazamos de forma inmediata, para después irnos acoplando a una convención que entendemos como ridícula pero en algún momento aceptamos como factible. Lo mismo que hace la familia, pues. Goikolea desde el texto y Pacheco como director nos construyen a un quinto personaje en escena que nunca en realidad pisa el escenario. Una novia que mueve y detona desde una ausencia que se siente completa y rotundamente presente. Es una demostración tan colorida del hechizo de la ficción que no puede sino sacarte una sonrisa. La presencia de lo que ruega de nosotros instintiva intolerancia que finalmente termina por voltear la tortilla para cuestionarnos qué es aquello que estamos tan dispuestos a recibir e integrar que a veces hace tantísimo menos sentido, pero socialmente resulta más aceptable.

Nunca He Estado En Dublín

Y sin duda mucho de su simpatía radica en la muy juguetona adaptación del texo, que encuentra en el choque de idiomas y culturas un lugar muy específico desde el cual agarrarnos por sorpresa para después reconocernos, desde la noción de un villancico tradicional traducido a un inglés apenas masticado, hasta el uso de frases muy mexicanas que en otro idioma sólo se exhiben incomprensibles: «Not fu, not fa«, es una franca belleza desde donde se vea. Estos personajes nunca han estado en Dublín y se nota, pero esta comedia no se tiene que ir tan lejos, porque lo que uno termina por preguntarse es si alguna vez han estado con los pies en la tierra.

Nunca He Estado En Dublín

Nunca He Estado En Dublín es un túnel de conejo, un viaje que te tiene viendo personas donde no las hay, que te enfrenta con el auto-engaño y se atreve a llamarlo mecanismo de defensa, que responde a la queja y la intolerancia con un más es más que sólo demuestra lo mezquinos que podemos ser con lo que elegimos como ofensivo aún cuando viene de lo íntimo, vaya, que nos trae Navidad en verano. Una comedia tan ingeniosa como demente que con un elenco de psicóticos intérpretes nos invita a vivir el desvarío y por unas dos horas llamarlo familia en vez de disparate.

Nunca He Estado En Dublín se presenta los miércoles a las 8:30pm en Foro Shakespeare.