El popularsísimo musical canadiense, Ride The Cyclone, obtiene su versión mexicana en un montaje que hace honor a todo lo que ha sido Ride The Cyclone en sus iteraciones anteriores más icónicas, al tiempo que se hace un espacio en el Teatro Xola para vibrar desde una visión propia, con un elenco joven conformado por los actores gen z que se han proclamado como parte de una generación dorada, y nuevos integrantes que se paran como toda una revelación en esta obra que celebra la vida desde lo incontrolable e incompleto de la muerte.
Ride The Cyclone siempre ha sido el ejemplo perfecto del David contra Goliath en la escena musicalera que tantas veces prioriza el final feliz, la lección y los grandes elementos de producción, por encima de otras historias. Sus creadores Jacob Richmond y Brooke Maxwell hicieron una mezcla que en manos menos capaces hubiera sido inmediatamente desastrosa. Géneros musicales que van del pop inspirado en Taylor Swift, al glam rock de David Bowie, al rap, al burlesque, al gospell y hasta ritmos de la Europa Oriental se conjugan en un musical que fácilmante hubiera podido tener una crisis de identidad, pero Richmond y Maxwell abrazan el ruido y el caos lo suficiente como para hacer de eso su sello más estilístico.

Más complicado aún, se dieron a la tarea de hablar de la muerte como tema central de la historia a partir de un accidente que deja a seis jóvenes, en toda medida adolescentes, con vidas incompletas repletas de frustraciones. Un tópico sombrío que nuevamente habría podido caer en lo soporoso y denso, pero en la creación de geniales personajes, Richmond y Maxwell encuentran comedia en la tragedia, sin perder la oscuridad del centro gravitacional, lo suficiente para que Ride The Cyclone termine por ser una celebración a la vida, al aquí y al ahora, tanto como la misma «No day but today» de Rent. Desde un ángulo absolutamente más irreverente y desgreñado, por supuesto.

Para el tan esperado montaje en Ciudad de México, Joel Abad (director) asume la idiosincrasia descarada de aquello que siempre ha sido el musical, desde su nacimiento en Canadá, pasando por varias ciudades en Estados Unidos, Londres y Off-Broadway, y retomando muchos de los conceptos previamente montados por Rachel Rockwell, una figura emblemática en el proceso de construcción y evolución de Ride The Cyclone desde 2015 que se integró a la compañía y hasta su muerte en 2018, para entregar una versión repleta de fan service, que al mismo tiempo aprovecha el ingenio de su equipo creativo y la intuición de un elenco elegido como pintado para la obra para hacer un master class de cómo dar vida a un proyecto como éste desde el entendimiento puro de su esencia.

Cinco estudiantes pertenecientes a un coro venido a menos en Uranio, una ciudad de poca monta, de ésas de las que sus habitantes especialmente jóvenes no pueden esperar por huir, fallecen de forma inesperada en un accidente en una montaña rusa llamada El Ciclón. La muerte resulta no ser un punto final en su historia, que los lleva a un limbo en manos de Karnak, una máquina adivina de feria, que consciente de su propia muerte ese mismo día a manos de una rata llamada Virgilio, promete al coro la oportunidad de que uno de ellos regrese a la vida. Las reglas no son claras, y eso pareciera ser parte de la intriga que mueve los mecanismos de Karnak, pero los jóvenes pueden atinar a que básicamente están compitiendo por ver quién de ellos realmente merece escapar a la muerte.

De modo que mientras Karnak maneja sus hilos como si fueran marionetas en esta penumbra de su propia creación, un último personaje se integra a la infame competencia: Jane Doe, una adolescente que en el accidente perdió la cabeza que ahora reemplaza con la de una muñeca victoriana, y junto con ella todos sus recuerdos, y entonces sí, los seis estudiantes tienen la oportunidad de presentarse uno a uno con un mínimo de historia de vida y un número musical o más que los represente hasta la médula para tratar de convencer ¿a quién?, no lo saben realmente, pero en el proceso ir descubriendo cosas de ellos mismos que en vida nunca tuvieron la sabiduría para asumir.

El montaje en México para el Teatro Xola no es de réplica, pero tampoco le podemos llamar enteramente una non-réplica. Funciona más bien como una mezcla bien estudiada. Propuestas de Rachel Rockwell, especialmente de trazo y escenografía, como la idea de un escenario dentro del escenario o el uso de proyecciones al momento de la presentación de cada personaje con fotos de distintos momentos de sus vidas, o un video para el número de Talia que acompaña la interpretación de Mischa, y un juego enormemente divertido de diversos vestuarios sui géneris que parecieran salir de la nada para caracterizar a los jóvenes dependiendo de lo que la fantasía de ese momento requiera, todos esos detalles se replican en esta puesta, para sumarse con otros tantos elementos originales.

La coreografía de Gerry Pérez se impone, especialmente en momentos recursivos donde la producción mexicana se ve obligada a cortar ciertos efectos especiales y transformarlos en otra cosa igualmente novedosa, y hace del opening «The Uranium Suite» y especialmente de «Noel’s Lament» momentos que se sienten como el pasar de un cometa por el escenario. Mientras la música de una orquesta dirigida por Moisés Tamayo y una dirección vocal de Galatea Rodríguez hacen de cada canción un instante de adrenalina que electrifica el aire para posicionar a intérpretes como Ixchel Ragüe o Tannia Dávila como potencias vocales de la escena mexicana.

El broche de oro lo sella en realidad el elenco. Todos perfectamente acoplados a sus personajes, como si hubieran nacido para interpretarlos. Desde un Lorenzo López que como Noel Gruber se entrega como atleta olímpico a un personaje de cabareteras maneras con un fastidio por su propia realidad que eventualmente lo transforma en una prostituta francesa llamada Monique, y las cosas que hace con una sencilla silla son simplemente desquiciantes, y hasta la misma Tannia Dávila que encuentra lo perturbante en Jane Doe pero lo alinea con su capacidad vácua, para volverla misteriosa y conmovedora todo en una misma muñeca de impresionantes vocales clásicos.

Pasando por Diego Enríquez que hace de la dualidad de Mischa, un migrante ucraniano acostumbrado a anteponer su lado más duro y frío frente a su verdadero corazón bondadoso y romántico, un activo de su comedia satírica, y con Ride The Cyclone demuestra que para él no hay imposibles, ni el rap, ni los acentos, ni el tango, él puede con todo; Alain Peñaloza que con Ricky Potts se permite vivir una fantasía sci-fi cincuentera con un personaje que atrapado en un cuerpo discapacitado y sin voz, llegando al otro lado se descubre una estrella, y Alain encuentra esos detalles de reconocimiento para hacer de Ricky un hombre que siempre estuvo elegido para más, e Ixchel Rague que más allá de una poderosa voz inigualable se presenta como una tierna comediante con Constance, la niña más buena del pueblo, de cuya incomodidad e inseguridades Ixchel hace algodón de azúcar.

Alexa Hidalgo, que cubre el personaje de Ocean y dio la función a prensa, no deja de apantallar con el número de «What The World Needs» con una interpretación absolutamente enérgica, si bien es cierto que en su manera de abordar al personaje, uno cuyo soberbia y egoísmo la lleva a pasar por encima de otros sin mayor miramiento, se esconde de la malicia en Ocean para moldearla a una cierta desesperación por caer bien y ser eternamente perfecta, que si bien funciona en ciertos momentos de comedia y para el general entendimiento de quién pudiera ser esta mujer, no termina por aprovechar los muchos matices y crueles defectos que Ocean tiene para ofrecer a quien la interpreta.

Números como «Sugar Cloud» y «The Ballad of Jane Doe» son verdaderamente incomparables, y hacen de este montaje de Ride The Cyclone en México uno que quitado de la pena puede ponerse a la altura de cualquiera que se haya presentado en el mundo; si bien es cierto que el diseño de sonido, que no termina por nivelar las voces que cargan la melodía, acaba por jugarle en contra a canciones como «This Song Is Awesome» y «Space Aged Bachelor Man» cuyas letras acaban perdidas en la cacofonía de las muchas voces e instrumentos que las devoran. Lo cual no deja de ser una lástima, tomando en cuenta que la traducción de Adrián Chávez, Alan Palacios, Sophia Acosta y Diana Barrera realmente hace mucho por delinear a estos personajes y sus momentos de forma ingeniosa y pertinente.

Como lo nombra aquella Wonderville a la que somos introducidos en este purgatorio musical, Ride The Cyclone puede presumir de ser en efecto una maravilla. La frase más precisa sería: es todo lo que tenía que ser. Excéntrico, gracioso, mágico, un tantito chiflado, un poquito delirante, y un mucho fascinante, es un orgullo poder decir que este pedazo de musical de culto que se codea en el imaginario histórico con otros como Rocky Horror Show y Little Shop of Horrors, haya caído en México en manos tan brillantes y tan capaces que supieron exactamente qué hacer con él. Una verdadera fantasía teatral para los que aman del género musical el que realmente es un universo sin barreras. Ni siquiera la muerte misma.
Ride The Cyclone se presenta los martes a las 8pm en el Teatro Xola.








