Una adaptación prácticamente escena por escena de la película Intouchables, Amigos Intocables se estrena como obra de teatro en México, más como un vehículo para la más que carismática interpretación de Manuel Cruz Vivas, que como un proyecto que en su totalidad logre capturar la magia del filme original. Una propuesta que a momentos pareciera más una calca que una adaptación, y a otros quisiera sobre-explicarse más de lo que una historia sencilla necesita, que en toda medida está basada en lo cálido de una amistad que rompe todo tipo de fronteras y desafía las posibilidades en una anécdota, además, basada en hechos de la vida real.
En 2011 el mundo entero se vio enamorado de una pequeña película francesa llamada Intouchables, a su vez basada en las memorias de Phillippe Pozzo di Borgo, un hombre cuadrapléjico tras un accidente, sobre su inesperada amistad con su cuidador de ascendencia algeriana, Abdel Sellou. La película de Erik Toledano y Oliver Nakache consiguió enternecer y tocar fibras sensibles a través de una historia de amistad en toda medida súper entrañable, sobre encontrar tu lugar seguro en la forma de una persona, en un mundo que insiste en segregar y tratar con condescendencia al diferente y al que no saben cómo abordar. No es de sorprender entonces que Intouchables haya sido adaptada a teatro ya en varias partes del mundo, y para este estreno en Teatro Centenario Coyoacán es Angélica Rogel la que propone una variación a esta historia que no sólo pueda habitar un teatro, pero lo haga hablándole de forma más directa al público mexicano.

De modo que ahí donde la historia original presenta a un Driss que en Francia batalla contra la discriminación por raza y los prejuicios contra las familias migrantes, y en su pasado carga un encarcelamiento por robo; en Amigos Intocables Abel viene de Ecatepec y su segregación es por clase, cuando otros lo clasifican y distancian con el pretexto de “la gente como tú…”, lo hacen desde el privilegio de clase, y el error por el que fue encarcelado está relacionado con la venta de narcóticos. Una decisión inteligente por parte de Rogel con la que consigue mantener el discurso de Toledano y Nakache, al tiempo que lo trae a un lugar donde pega más fuerte desde una butaca mexicana.

Y que con el perfil de Manuel Cruz Vivas también le permite mantener un discurso sobre el racismo que se suma a todo el aparato sobre grupos minoritarios y vulnerables del que siempre ha querido hablar Intouchables. Cosa que en realidad es clarísima. Y tal vez por eso es que no puede evitar sentirse como una palmadita lastimera en la espalda que a los cinco minutos de empezada la obra, los actores rompen la cuarta pared para dirigirse al público y explicar con peras y manzanas por qué es que son “intocables” para la sociedad, y han encontrado el uno en el otro una amistad verdadera basada en la honestidad lejos del prejuicio. Una acotación que de inmediato se percibe como la de una obra que cree que su audiencia no puede identificar los temas de la trama por sí sola, y necesita una ayudadita lo más simplificada posible. Y que se repite cada cierto tiempo cada que algún personaje se para en proscenio a explicar algo que no requiere mayor explicación.

Amigos Intocables inicia ahí mismo donde la película. Abel y Felipe atraviesan la ciudad a toda velocidad en un coche deportivo y son perseguidos por una patrulla a la que engañan con el pretexto de que Felipe tiene que llegar al hospital (para lo que finge una convulsión) y acaban saliéndose con la suya. Como en el filme, la historia es entonces contada a manera de flashback, desde que Abel se aparece en casa de Felipe para una entrevista de trabajo que en realidad no pretende ganarse, hasta que es contratado como cuidador de Felipe, y las múltiples aventuras que viven juntos, enseñándose a vivir el uno al otro desde perspectivas ajenas, para formar una amistad inseparable.
Más allá de la tropicalización de la historia, Angélica Rogel toma las escenas de la película una a una y las va montando sobre el escenario sin mayor intención de una adaptación propia para la escena que pueda mantener la esencia de la historia, pero esté pensada para el teatro. Y en el hacerlo pierde por completo el ritmo de algo que está creado francamente para otro medio, y los muchos detalles que nos permiten irnos enamorando de la relación entre Felipe y Abel, que en Amigos Intocables se traducen sólo como un montaje de momentos, un collage de instantes no tan conectados que pretenden fotografiar la historia de una amistad, pero nos enseñan sólo la superficie.

Transiciones largas y pesadas que los obligan a desvanecer la acción para mover la enorme escenografía de Aurelio Palomino, que requiere de un excesivo trabajo para llegar a su lugar; y cambios rápidos que obligan a pausar lo que sigue, o peor aún, a que los actores entren a escena sin interlocutor porque su contraparte sigue cambiándose el vestuario (cosa que la escena en realidad no necesita, a nadie le afectaría que sus ropas fueran siempre las mismas, podría bien ser parte de una convención) sólo traban la progresión emocional de la obra, que cada que está por llegar a un lugar sensible se oscurece para dejarnos nuevamente enfriando en el asiento.
Manuel Cruz Vivas como Abel termina cargando el entero del dinamismo de la puesta. Un personaje trabajado desde lo simpático y encantador, que uno puede ver por qué se ganaría su lugar en donde se parara porque es de forma muy inmediata que se da a querer. Y Manuel le ofrece una precisión absoluta en su forma de habitar lo irreverente, pero tierno, que viene de la torpeza y del simplemente ser él. Amigos Intocables en realidad gira en torno a él, y cuando Manuel Cruz Vivas sale de escena, es imposible no sentir su ausencia como un bache hasta que vuelve a aparecer.

Porque aunque Philippe en la película se presenta como un personaje igualmente carismático a su modo, y equilibra la balanza desde el polo opuesto, lo suficiente para que sea la pareja junta la que nunca deje llamar la atención, el Felipe de Tony Dalton no tiene muchos matices. Permanece serio y distanciado el entero de la obra, volviéndose más una estatua de mármol, que un personaje completo con altibajos y su propia personalidad grandota para combinar con lo estrafalario de Abel. Y sí, para Dalton debe ser un reto monumental actuar básicamente sólo con la voz y del cuello para arriba, pero tal vez la literal restricción de Felipe, lo contiene a él como actor que no ha terminado de encontrarle salidas a la poca movilidad del personaje, y le impide jugar con él para ponerse al parejo con su compañero de escena.

Daniela Luján, Mónica Dionne y Daniel Bretón que malabarean al resto de los personajes de la obra, entregan un trabajo limpio, pero en la adaptación de Rogel, todos los personajes secundarios funcionan como peones en el tablero sin mucho más que hacer que moverse un cuadrito para adelante. Sin tramas propias o personalidades muy desarrolladas, cada uno aparece y desaparece con una tarea para la escena y sin mucho brillo, cosa que no le permite a los actores trabajar desde una mayor profundidad que les permita crear con más lucidez. Y que en el caso de un personaje como Magali (Luán) no deja de ser una oportunidad perdida para integrar mayor comedia a una obra en realidad sobria.
Escénicamente, Angélica Rogel consigue su momento más entretenido con la famosa escena de los parapentes, aún si es verdad que el prepararla y soltarla toma demasiado tiempo, y utiliza mapping en la bocaescena del Centenario Coyoacán para ilustrar momentos desde el video, perdiendo quizá la oportunidad de otorgarle teatralidad a los cuadros, especialmente para un producto que ya conocemos a través de una pantalla, y la genialidad de su adaptación está basada en verla por primera vez en un formato en vivo.

Amigos Intocables permanece siendo tierna y agradable, después de todo el material original tiene mucho para apapachar el corazón, pero para un montaje que no pareciera exponer del todo qué quiere proponer más allá o por encima del filme, la obra no termina de contestar por qué uno habría de verla en teatro en vez de simplemente ponerla en la televisión. Después de todo, es prácticamente idéntica. Para mí la respuesta sería Manuel. Su trabajo es valiosísimo, y su presencia en una obra de Mejor Teatro cuando él viene de un circuito más independiente, sin duda emociona. Tal vez Amigos Intocables aún tenga que ir encontrando su cadencia y acomodándose hasta adueñarse del escenario y reclamar su lugar en el teatro como un producto por sí solo. Tal vez entonces “Intocables” llegue a ser “Imperdibles”.
Amigos Intocables se presenta jueves, viernes, sábados y domingos en el Teatro Centenario Coyoacán.








