Cuando el dinero está en guerra ni el amor más grande puede escapar de las trincheras, Dennis Kelly restriega una dolorosa realidad en las caras de todos los que cargamos con una tarjeta de crédito en la cartera con Amor y Dinero, una obra donde las finanzas personales y la crisis que usualmente las acompaña termina por oxidarlo todo en una pareja, aparentemente común y corriente, de hecho demasiado común y corriente, representativa de muchas, que enfrentada contra una deuda que va creciendo hacia lo impagable, descubren que en un sistema capitalista como el nuestro el dinero es una fuerza de gravedad newtoniana imposible de separar de todo lo demás.
Amor y Dinero abre con una llamada telefónica a distancia. David, un hombre ejecutivo, presuntamente como muchos otros, educado, con lo que pareciera ser un buen trabajo, simpático, tierno hasta de forma torpe, intenta seducir a una extranjera que entre plática y plática comienza a preguntar por su ex esposa. Lo que en David comienza como resistencia finalmente se transforma en confesión, cuando describiendo sus ganas de comprarse un Audi y la deuda monumental que había adquirido su esposa, termina por aceptar un acto terrible e inhumano que él mismo cometió luego de encontrar el cuerpo de Jess en su casa tras su aparente suicidio.

A partir de ahí Dennis Kelly nos lleva en reversa a varios momentos que se conectan con el trágico final de la pareja. No tanto desde el seguimiento cronológico que llevó a David y a Jess a sentirse atrapados sin salida; pero más como una serie de eslabones en una cadenita de momentos y personas que alumbran la realidad no sólo de esa relación en específico, pero finalmente la de una civilización y un sistema capitalista que ha hecho del dinero un eje central a partir del cual el resto de los aspectos de una vida se movilizan. Cuando los padres de Jess hablan de la tumba de su hija no pueden evitar desviarse para rabiar sobre el monumento que está construyendo el vecino que opaca el espacio donde descansa Jess y lo mucho que debe costar. Cuando David se acerca con una ex pareja para pedirle trabajo, porque su sueldo de maestro ya no sostiene su estilo de vida, ella le propone mejor hacer dinero fácil chupando pitos. Cuando frente a Jess muere un hombre desangrado, David lo primero que se pregunta es, ¿pero qué hacías en esa zona… estabas de compras?

Y sí, es que tal vez todo siempre termina en dinero y Dennis Kelly sólo encuentra una manera grotesca de evidenciarlo. Robert Beck (director) propone un montaje estático. Poco movimiento y viñetas que son casi fotografías donde lo que llena el espacio es la tensión de lo que se va hablando, y más que de lo dialogado, de la verdad que comienza a permear el aire. Especialmente en sus momentos más confrontativos a los que otorga espacio en blanco como si pretendiera que en medio la crudeza se fuera acumulando. David permanece sentado en una silla a la derecha con su ex tras un escritorio en el lateral opuesto, y entre ellos sólo hay resentimiento y una guerra de poder, de pronto interrumpida por un personaje intermedio que se para a servirse agua, disipando sólo por momentos eso que se ha ido densando entre los dos.

La primera vez que vemos a David y a Jess juntos están de espaldas el uno con el otro, individuos pagando el precio de lo que ha de venir, hasta que Jess toma el brazo de David y se recarga sobre su hombro transformándolos en una pareja con un problema que se ha vuelto de dos. Pero la siguiente vez que los vemos su cercanía se ha disuelto. Él permanece lejos de ella, y ella con las manos ensangrentadas sentada en una esquina, nuevamente tornando el aire entre ellos en ansiedad, coraje y preocupación. El concepto de Beck es un arma de doble filo que rosa lo monótono. Y uno que se recarga en las interpretaciones de sus actores para poder mantener ritmo y urgencia sin mucho más de donde sostenerse en sus estáticas posiciones. Y sin embargo consigue momentos de intensa ebullición cuando sostiene al entero de su elenco en trajes negros, encapsulados como maniquís ejecutivos en el contenido espacio de La Teatrería, despotricando de la forma más snob como si la gente sólo fueran los números que representan, para eventualmente aterrizar en la aterradora realización de lo que implica vivir por y para el banco.

Y es que Amor y Dinero tiene un elenco portentoso que consigue salir airoso de la olla express. Empezando por Santiago Padilla como David, cuyo encanto se va desvaneciendo entre más conocemos al personaje y su franca necedad aspiracional convertida en complejo, y Joana Hillman como Jess, cuya desesperación resulta desgarradora y vívida. Verla temblar con las manos ensangrentadas mientras su esposo la interroga sobre lo que en ese momento pareciera irrelevante, ella tratando de hacer sentido de todo lo que le está pasando, es una franca montaña ruse da matices. Samantha Coronel tiene una viñeta para hacer del personaje de la ex pareja convertida en déspota jefa un evento, y no duda en tomarlo. Por diez minutos se convierte en un foco mezquino que irradia resentimiento, en toda medida una serpiente agitando su cascabel.

Pero es Flavio González Mello con dos personajes repudiables el que consigue arrebatar los dos escaparates más contundentes de la puesta. Por un lado como el padre que termina por desmantelar como bola demoledora el mausoleo que alguien más ha construido demasiado opulento y demasiado cerca de la tumba de su propia hija; y más agrio aún como un repulsivo hombre en un bar tratando de ligarse a una joven mucho menor que él de la que espera poder aspirar la misma amargura por el sistema que en él exuda por doquier, al tiempo que mastica el chicle que ella ha dejado en un cenicero y le pide sus calzones para llevarse de recuerdo en la bolsa del saco. Un hombre monstruoso cuya arma más letal es que finalmente habla con la verdad y la candidez de alguien que sabe que de cualquier forma todo está perdido. Flavio es vomitivo y lo digo de la mejor manera posible. Porque ése es su trabajo.

Amor y Dinero no es una obra esperanzada. Muy por el contrario, con un epílogo en el que Jess -en el comienzo de todo- mira hacia adelante con fe en que el matrimonio con David es lo que la va a acercar a parecerse a los hombres y mujeres en las revistas, al tipo de gente que admira, Dennis Kelly nos refuerza la idea de que el plan perfecto está inevitablemente cargado de materialismo y por tanto lleno de trampas. Pero es honesta. Un obra que voltea a ver el mundo en el que vivimos y acepta que tiene una falla de genética en el mecanismo, y que esa falla puede ser una fractura grande o chica, dependiendo el caso, pero siempre fractura. Yo la viví con ansiedad. Una obra que te insita a salir corriendo lejos de donde tu valía personal se pueda medir en signos de pesos, y de donde la tentación de comprarte un mejor tú, uno que valga más, sean menos. Pero es el tipo de teatro que mueve. Amor y Dinero confronta y mueve. Y eso… diría aquél famoso slogan, es lo que no tiene precio.
Amor y Dinero se presenta los martes a las 8:30pm en La Teatrería.








