Diego Álvarez Robledo se inspira en la mexicanidad para crear su propia Liga de la Justicia digna de llamarse chilanga en El Códice Marciano, una oscura aventura de superhéroes rotos y fracturados, en cuyas historias de origen se cuenta el dolor histórico de una ciudad entera; una pieza de teatro como pocas, que acude al imaginario mexicano para crear una fantasía escénica que no le pide nada al tipo de lore concebido por Alan Moore para Watchmen o Frank Miller para Sin City. Y que, si somos muy honestos, ya nos venía haciendo mucha falta de este lado del mundo donde mitología es lo que sobra.

El Códice Marciano

Por fin, una obra de teatro que usa la basta historia y la riquísima ficción mexicana para hacer con eso una crónica de superhéroes. En otros países es el pan de cada día. Estamos rodeados de cuentos basados en la mitología griega, egipcia, sucesos históricos gringos, europeos, personajes escandinavos, fábulas religiosas, holidays, incluso nuestro teatro mexicano se ha inspirado en múltiples ocasiones de la mítica allá afuera. Pero en México tenemos más que suficiente. Somos un país mágico. Nuestras raíces cruzan agua y se clavan en un suelo que ya desde tiempos prehispánicos atiborraba de historias esta ciudad.

El Códice Marciano

Por eso primeramente aplaudo que Diego Álvarez Robledo (director y dramaturgo) que ya con otras piezas ha demostrado su enorme capacidad para crear mundos ficcionales complejos, haya volteado para acá no sólo para basar su nueva obra de teatro en algo mexicano, no, sino francamente trazar la crónica de una ciudad y sus muchos dolores, a partir de la creación de su propio grupo de superhéroes de folclor nacional que en México habrían nacido de las cenizas, la sangre y los cuerpos caídos.

El Códice Marciano

En un túnel subterráneo habitan un grupo de superhéroes renegados. Años atrás decidieron que ya no estarían ahí para ayudar a la humanidad, luego de una tragedia ocurrida con uno de ellos… la pequeña Leona, tan sólo una niña, cuyo destino selló para el resto su segregación y repudio por la sociedad. Pero recientemente el mundo se ha empezado a llenar de socavones, literales agujeros que han comenzado a sembrar caos, violencia, temor y desastres naturales por doquier, y cada vez de forma más frecuente, y estos superhéroes quizá tengan que salir de su exilio auto-impuesto para intentar salvar el día una última vez.

El Códice Marciano

De Las Crónicas Marcianas de Ray Bradbury, Álvarez Robledo toma para su Códice Marciano la capacidad de contar la historia integral de una ciudad, en este caso el Valle de México, a partir de una serie de anécdotas que van componiendo el todo. Y utilizando el famoso origin story del formato comic, se va uno por uno con sus superhéroes para regresarnos al inicio de las cosas, y desde ahí pintar el retrato de aquello que es México en sus puntos vitales. Los superhéroes tienen a un ídolo prehispánico en el túnel con ellos. Una figura de piedra que ninguno de ellos sabe exactamente quién es o de dónde vino, pero que a algunos de ellos les ha llegado a hablar (en retumbante acento chilanguísimo), y es él quien aparentemente les ha otorgado sus poderes y una inusual longevidad que les ha permitido mantenerse vivos y jóvenes por siglos.

El Códice Marciano

Sólo Sabino, el más viejo y sabio de ellos pudiera saber exactamente qué está pasando, pero su memoria pareciera estar bloqueada y lo ha ido olvidando todo. Detalle que Diego Álvarez Robledo toma como el pretexto perfecto para darle a cada superhéroe la oportunidad de presentarse con él, y con la audiencia. Así conocemos a Eztli, un hombre que en la antigua Tenochtitlan vivió el tiempo de sacrificios humanos, que ahora tiene la capacidad de desollar a los injustos para ir cambiando de piel; a Glotón, un guerrillero de tiempos de la revolución que se lo come todo y no puede dejar de hacerlo porque el estómago no se lo permite; Bardo, un cantante cuya melodía es suave, pero su voz exaltada puede provocar terremotos… y lo ha hecho, lo hizo en 1985; Kai, quien después de la matanza en Tlatelolco en 1968 se convirtió en una mujer de agua; los gemelos Floripondio y Ponzoña, nahuales criados por un sacerdote y escondidos del mundo; Sarcasta, una antigua habitante de Tepito con visiones tétricas del futuro; Radu, un español capaz de movilizar corazones que acabó en la Nueva España huyendo de su pasado; Jícara, una mujer ajolote que recientemente ha encontrado una razón para volver a pelear por el futuro, y el Señor Diablito, un ex-adicto a las apuestas poseído por un demonio en su interior que pudiera resultar ser la única salida que estos superhéroes tengan para poder ver un mañana.

El Códice Marciano

Como tantos en la historia de lo superhéroico, estos metahumanos nacen de la oscuridad, del complejo, del trauma y del dolor, para ser rescatados, pero de pronto también malditos por sus dones. Lo que El Códice Marciano pinta con ingenio es la relación entre la creación de cada uno de estos seres fracturados con un país y una ciudad que una y otra vez se ha quebrado para tenerse que reconstruir. Como Ray Bradbury, Diego Álvarez Robledo hace una muy literal crónica, y transita por el tiempo recordando un pasado violento y un presente dudoso para eventualmente cuestionarnos sobre un futuro que desde el narcisismo humano no puede pintar sino trágico y solitario. Ésta no es la aventura colorida de superhéroes a la que James Gunn nos tiene acostumbrados. Este es un cuento tan taciturno como explosivo, y dentro de lo desesperanzado finalmente optimista ante un cambio quizá radical.

El Códice Marciano

Cierto, Diego Álvarez Robledo se vicia en su propia necesidad de crear un universo completito y complejísimo y El Códice Marciano termina por sufrir de una longitud redundante. Corta y condensada no es. Las intrigantes palabras que Diego usa para crear extensos monólogos rescatan lo expandido de la dramaturgia, y el director se ayuda de un montaje ultra dinámico para nunca ver caer el ritmo. El Códice Marciano está repleto de coreografías, voces y percusiones corporales. Trazos y figuras dan mucha vida, incluso en el pequeño escenario del Teatro la Capilla, a visuales inmensamente expresivos. El montaje es alucinante. Pero también escandoloso, y no forzosamente desde lo enérgico. Diego dirige a su elenco hacia lo constantemente gritado, perdiendo los matices no sólo de la actuación, pero también lo que los distingue el uno del otro. Con el mismo afán por rugir y vociferar cada diálogo, de pronto todos los superhéroes parecieran tener la misma voz y personalidad. Y hay algunos en los cuales lo estridente hace sentido, el Señor Diablito, por ejemplo, Ponzoña con su salvajismo. ¿Pero Bardo por qué gritaría al momento de narrar si es el que más tendría que cuidar su voz? ¿Por qué lo harían Glotón, Jícara o Floripondio?

El Códice Marciano

Tal vez tenga que ver con el audio que perciben los mismos actores en escena. El diseño de sonido de Yeudiel Infante es imponente y vigoroso (en su primera versión se trabajaba a la vista del público y era aún más emocionante, aunque ahora para la Capilla sucede en cabina, no deja de sonar vibrante), lo mismo que el trabajo multimedia en video de Vera Rivas, alguno de lo cual se graba en vivo y se transmite por una televisión, y otros clips y cortinillas están diseñados para regresarnos a este idea fantástica de lo cómic. Y aunque ambas cosas suman y mucho a la escena, pudiera entender por qué en un montaje tan repleto de estímulos, el elenco acabara sintiendo la necesidad de sobresalir gritando. En realidad no es necesario. El Códice Marciano, como existe, se complementa con todas sus áreas y no es justo, de hecho, hacerlas competir.

El Códice Marciano

El Códice Marciano es palpitante en su capacidad de ser un retrato de nuestro país en un género que más bien conocemos por trabajos extranjeros. Me quito el sombrero ante la dedicación de un Diego Álvarez Robledo que lo pensó todo. Que ideó un universo detallado en todas sus múltiples anécdotas para que realmente cobre vida. El Códice Marciano ahora existe como un micro-cosmos y en él caben otras muchas historias, precuelas y secuelas. Diego ya inició la fantasía mexicana, y qué gusto que sea en el túnel subterráneo de un teatro, ahí donde el suelo cargado de historias puede en efecto dar vida a los poderes y maldiciones de un grupo de humanos que han perdido la fe en la humanidad, pero no la visión de un futuro donde el mundo aún se puede salvar de acabar achicharrado.

El Códice Marciano se presenta los domingos a las 12:30 del día en Teatro la Capilla.