En el dilema de si casarse o no casarse entre dos hombres, una pareja se enfrenta contra una consecuencia inesperada que podría parecer que está relacionada con una decisión alrededor del matrimonio, pero que finalmente está sembrada en detalles inminentemente homofóbicos que siguen aferrados hasta en las familias presuntamente más abiertas. El Esposo De Daniel encuentra el error en la mátrix, pero no termina por escarbar por completo en el conflicto que la inspira, y se acomoda mejor viéndolo de lejos.
El matrimonio igualitario en Ciudad de México se aprobó en 2009, y no fue sino hasta 2022 que se volvió una realidad a nivel Nacional. En Nueva York, donde el autor Michael Mckeever estrenó El Esposo de Daniel (Daniel´s Husband) en 2017, el matrimonio entre personas del mismo sexo se legalizó en 2011. En el panorama de las cosas, la gente gay lleva menos de 20 años pudiendo ilusionar una boda como lo han hecho por siglos las parejas heterosexuales. Por lógica, muchísimas personas lgbtq no lo traen en el chip ni en la cabeza. Para mucha gente queer, el matrimonio es una institución heteropatriarcal que no les representa de ninguna forma.

De ahí viene Mitchell, el esposo de Daniel cuando en una cena con amigos defiende que él no tiene la necesidad de casarse. No ve el por qué y no siente que una boda valide más o menos una relación, mucho menos la de una pareja que ya ha creado y vive una vida juntos. El muy joven novio de su amigo y agente literario, Barry, insiste en que una vez que ha sido ganado el derecho, ahora las personas gays deberían estar obligadas a utilizarlo, de otro modo es un desperdicio. Pero su visión es inmadura y olvida que un derecho no es una imposición, pero está ahí para otorgar beneficios igualitarios, no tanto obligaciones no pedidas.

Daniel pareciera haberse acomodado a la forma de pensar de Mitchell, tal vez él sí quisiera casarse, pero ha respetado que Mitchell no lo quiera. Curiosamente el único ejemplo que tiene él de matrimonio, es el de uno fallido. Su padre desapareció de su vida cuando él era muy joven y lo único que dejó atrás fue un cuadro que Daniel mantiene prácticamente en un altar en su propia casa, incluso si la pieza de arte es agresiva y poco armoniosa con el espacio. Y pareciera guardarle cierto rencor a su madre, que sí se quedó, pero tiene formas arraigadas y no puede evitar quererse meter en su vida. Incluso recibirla en su casa provoca que el ambiente se tense de inmediato.

Pero todos están por recibir una lección desde el sistema legal y lo que el matrimonio representa cuando fuera del romance se ve enfrentado contra el lado sistémico e intitucional de las cosas, porque resulta que hay eventualidades en este mundo dominado por el modelo patriarcal que van más allá de lo que el amor y las familias elegidas pueden sostener y defender por sí solas, aún si es verdad que el texto de Michael Mckeever pareciera más bien ensañado en erigir el matrimonio como única posible base de las relaciones lgbtq que quieran ser tomadas en serio, y su búsqueda es desde el castigo al que toma un camino opuesto.

Porque aquí está la cosa: ahí donde El Esposo De Daniel hubiera podido ser una interesantísima lucha entre familia elegida y familia natural, a partir de una catástrofe y el involucramiento de la legalidad que nunca ha dejado de tener muchísimos huecos, especialmente cuando de defender minorías se trata, Mckeever enfoca mayoritariamente su obra en tratar de convencer a Mitchell de que permanecer viviendo en una unión no institucionalizada es un error del que eventualmente habrá de arrepentirse, ocupando muchísimo tiempo en pintar un panorama más bien poco conflictivo, para dedicarle un mínimo de tiempo al meollo de la trama, que llega muy para el final, y se ve apresurada en encontrar resolución fuera de escena.

El Esposo de Daniel es entonces una puesta de muchísimo establecimiento, que Sebastián Sánchez Amunátegui (director) simplemente deja suceder. Una elegante escenografía y una bellísima iluminación nos acompañan en varias, muchas… tal vez demasiadas reuniones e interacciones entre personajes que dejan en realidad muy claro quiénes son, de dónde vienen y dónde están parados con velocidad, lo suficiente para que la pregunta comience a levantarse, ¿más allá de un debate sobre el matrimonio igualitario, qué más nos tiene preparada esta historia?

Y para cuando el turning point finalmente hace aparición, y pareciera que la obra tiene oportunidad de expandir en el debate para ponero en práctica con un caso que se siente peligrosamente real y sumamente complejo, El Esposo De Daniel pone el ojo en un lugar de poco barullo, y nos salta casi de forma inmediata a la consecuencia sin hacer paradas en un desarrollo que hubiera ofrecido matices y una conversación valiosa alrededor de un tema que, nuevamente, apenas hace unos veinte años o menos, se pudo empezar a hablar desde todas sus aristas y detalles. Y no puede evitar sentirse como una oportunidad desaprovechada.

Mckeever sin embargo sí consigue formular a un Mitchell muy completo, y Pablo Perroni lo va construyendo con paciencia. La obra pudiera parecer que busca de él mayor desesperación y crisis, pero el Mitchell de Perroni es templado hasta que ya no puede serlo más. Y para su última escena se permite desnudar a Mitchell de todo sosiego para soltarse a los brazos de un crudísimo dolor que logra cerrar El Esposo de Daniel con acidez en el pecho, insisto, cargada de una realidad que no hemos siquiera empezado a dimensionar en todas sus calidades.

Axel Santos aborda a Daniel casi desde el lado opuesto. Una urgencia por mostrar en Daniel emociones apasionadas, pero que se estanca en el matiz de rabia por demasiado tiempo, y no permite que otros, que al personaje le serían muy útiles como miedo… francamente terror, frutración, tristeza, nostalgia o claridad lo terminen de pintar de forma más delineada. Juan Ríos es quizá la moneda ligera del montaje, y toma a su personaje con la liviandad del aire. Con porte despreocupado y actitud bromista, Juan trae a la mesa un factor orgánico que resulta enormemente disfrutable; mientras Pilar Flores del Valle encuentra un punto vibrante entre la comedia aseñorada de una mamá muy mamá, y la severidad de una mujer que al final del día ha visto y siempre verá ella sola por su familia.

Es increíble pensar que en la historia del mundo, textos como el de El Esposo De Daniel no se hubieran podido escribir sino apenas hace unos ayeres. ¿Una discusión sobre si casarse es necesario, una terquedad, una imposición o romance puro entre dos hombres? da gusto poder decir que la estamos teniendo en el teatro como para otras parejas y familias se ha tenido siempre y sin mayor miramiento, pero aún hay tanto que explorar en el tema, sus raíces y frutos. En El Foro Lucerna hay un comienzo, ahora será importante salir de la función preguntándonos, ¿de qué forma se pueden proteger a estas familias que involucren escenarios antes no previstos, más allá de los procesos impuestos por el modelo heteropatriarcal que históricamente ha dejado a tanta gente fuera de sus filas?








