Dos adolescentes se enfrentan contra la desesperanza de un mundo que ven que está muriendo y en ruinas en El Peso De Las Hormigas, una peculiar comedia juvenil con personajes entrañables de ésos que encantan al momento, un Boris Schoemann jugando a divertirse como niño, un emocionante diseño sonoro sucediendo en vivo por parte de Yayo Villegas que da tono y vitalidad a un montaje ya de entrada colorido, y Angélica Rogel en la silla de la directora simplemente pasándosela bien con una puesta tan irreverente como creativa.
En el fondo y a pesar de su tono juguetón, El Peso De Las Hormigas toca una cierta desesperación, un miedo que debería tenernos ansiosos a más de los que nos tiene ansiosos, pero que especialmente en los más jóvenes se debería ver batallado con ganas de cambiar las cosas. El dramaturgo canadiense David Paquet nos transporta a una escuela, a ese lugar donde las nuevas generaciones se preparan para heredar lo que tantas antes que ellos hemos dejado un poco en pedazos y un mucho necesitado de reparación urgente. Y ahí conocemos a dos alumnos: Jeanne y Olivier.

Jeanne, una adolescente con tourettes que elige enfrentar su realidad con rabia, ha decidido declararle la guerra al sistema, pertinentemente representado por un anuncio de shampoo en el baño de la escuela, de ésos que vende aspiración, belleza, perfección, y que conscientemente mete el dedo en la llaga de los complejos para usarlo como estrategia de marketing. La representación de una visión corporativa y la eterna necesidad social de compararse con lo irreal e inhumano. Mientras Olivier, un introvertido amante de la lectura, despues de soñar con la literal muerte del planeta y acceder a un libro de datos curiosos del mundo, decide enfrentar la declive ambiental, social y política con optimismo y mejor proponer un cambio propiciado por lo mucho que te puede sorprender esta Tierra que no deja de tener sus cosas increíbles.

Ambos impulsados por una franca urgencia terminan por meterse en problemas con el resignado director de la escuela que, en un intento por contenerlos, les propone que se lancen en campaña para ser elegidos Presidente del Consejo Escolar. Posición desde la que presuntamente podrían tener algún tipo de poder transformativo. El problema es que hay un tercer alumno concursando por el mismo puesto, el clásico «pick me» cuya intención es meramente populista y cuya entera propuesta se vale en que si es elegido su papá le va a comprar pizzas a todo el alumnado. Y pues bueno… es notoriamente el favorito a ganar… como en la vida.

Pasamos una semana con estos dos adolescentes en un microcosmos enormemente representativo de todo lo que sucede aquí afuera y un montaje que utiliza estos temas en realidad muy adultos y muy inminentes, para hacer con ellos algo más juguetón que en efecto se siente como la tumultuosa pero poco experimentada cabeza de jóvenes abrumados por la enormidad del todo, pero despiertos y conscientes ante lo que otros han decidido meter en la periferia de la mirada. Entonces El Peso De Las Hormigas es en realidad simpática y animada. Y Angélica Rogel (directora) la aborda desde el ingenio para recordarnos que ahí donde todo parece que se viene abajo, podemos intercambiar la angustia por acción funcional, y que usar nuestra voz no siempre tiene vista solemne, también se vale vociferar con luminosidad.

Y en esta prouesta de humor y dinamismo lo primero que resalta es lo auditivo. Una Música y diseño sonoro por parte de Yayo Villegas, que sentado en un escritorio al fondo pero siempre visible, interviene creando el ambiente y foleys de la obra en vivo, no sólo acompañando a la escena como si estuviera haciendo una travesura ahí en el rincón, pero dándole a todo El Peso De Las Hormigas el tono y la personalidad que cubren el montaje ya de entrada lúdico de Angélica Rogel como una cobijita de ésas que reconfortan. Y de paso interpretando a uno que otro personaje incidental que de algún modo se siente como toda una escuela, y que cuando grita «¡Cierra el pico!», uno ya nada más está esperando lo que un actor en específico le habrá de contestar frente a un micrófono.

Y me refiero a Boris Schoemann, una figura legendaria del teatro mexicano con una lista interminable de proyectos bajo su ala, y que sin embargo El Peso De Las Hormigas permite que conozcamos desde su lado más revoltoso. Armado con infames pelucas y dispuesto a pararse en el escenario del Juan Ruiz de Alarcón a bailar como adolescente en TikTok, Boris le da sentido a la obra, no como uno de los dos niños protagónicos, pero desde el personaje que ya ha sido engullido por la apatía de lo incontrolable y por tanto está seriamente necesitado de redención y el shock de un desfibrilador. Su director de escuela es la sombra de muchos. Lo que queda de la gente que alguna vez quiso cambiar al mundo, pero luego se dio por vencida. El que se ha renegado porque la vida lo ha puesto en su lugar demasiadas veces. Pero que aún puede salir disfrazado de nutria a la fiesta de Halloween porque son las nutrias las que se toman de las manos cuando duermen para no soltarse, y no perderse. Y en medio de todo eso, Boris Schoemann encuentra un humor agrio atinadísimo, y una sabiduría conmovedora.

Entre un elenco en realidad muy asumido. Mariana López Dávila como Jeanne tiene la difícil tarea de irse radicalizando sin perder el sentido de lo que nos permite empatizar con ella, para no sólo convertirse en una mancha roja y pulsante; y Germán Bracco como Olivier es puritita ternura que desde lo contenido de la timidez de su personaje encuentra lugarcitos para meter adorable comedia. Angélica Rogel utiliza a Boris, Yayo y Mahalat Sánchez para terminar de moldear esta burbuja con personajes que parecieran sacados de una novela cómica infantil al estilo de Diairy Of A Wimpy Kid o Timmy Failure. Y que es especialmente emocionante creando ensoñaciones como el anuncio de shampoo que cobra vida para vender lo imposible, o la decena de reels por los que scrollea Olivier en algún momento en el que sus ganas de estar tan cegado y embobado como el resto le empiezan a ganar al dolor que provoca pensar demasiado.

El Peso De Las Hormigas tiene finalmente algo muy sincero que decirnos. No nos trae la receta para sanar al mundo, que tal vez sea hazaña imposible, pero como darle una mordida a un chocolate para descrubrir que algo además cruje ahí adentro y despierta, viene a decirnos que desde nuestro pequeño peso, aquél que no es suficiente para actos heróicos de grandilocuencia, no lo podemos solucionar todo, pero sí podemos cambiarle la realidad a alguien, hacer pequeños actos desinteresados, usar los micrófonos a nuestro alcance, y no dejar de intentarlo, que como las hormigas tal vez seamos muy chiquitos, pero en masa el peso de todo aquello no pasa desapercibido. Una puesta alegre sobre lo que cuesta ver con ojos positivos, y vibrante sobre aquello que nos quiere apagar el switch.








