¿Pudo haber sido un hombre indígena el que pintó la imagen más famosa y espiritual de Nuestra Señora de Guadalupe, Tonantzin Guadalupe? Con Yo Marcos, Alberto Juárez decide tomar como verdad la existencia de este pintor nahua que habría roto tantos paradigmas en pleno colonialismo dejando su marca en la historia, en el rescate de toda una cultura y la inclusión de un pueblo dentro de la evangelización, todo para ser desaparecido, borrado por una religión a la que le resultaba poco conveniente, y que ahora en teatro vuelve a la vida desde la ficcionalización de ése que pudo haber sido en el siglo XVI y hoy ha perdido hasta el nombre.

Yo Marcos no es una puesta religiosa, pero la Virgen, Tonantzin Guadalupe es absolutamente central a la historia y a dos personajes dentro de ella. No desde lo católico, aunque por ahí empieza ligada a dos religiones forzadas a unirse con la conquista, pero desde el símbolo de lo que representa en términos culturales, para el mexicano, para un pueblo, para la historia y para la memoria. Una imagen poderosa que canónicamente se ha decidido que básicamente existe por creacion divina, cuya mística resulta aún más interesante si se le relaciona con un artista nahua, en realidad un escritor, que pese a todo pronóstico y con sus pínceles dibujó el retrato más famoso de México.

La idea original de Yo Marcos nace del también actor Alberto Juárez, y es él quien reúne al dramaturgo Adriano Madriles y al director Omar Flores Sarabia, para que lo acompañen en esta historia que es por un lado suya, y por otro, de México. Es él quien tiene una franca fascinación con la imagen de Tonantzin Guadalupe como para tenerla tatuada varias veces en el cuerpo, quizá porque desde niño la encuentra similar a él: su tono de piel, el tamaño de sus ojos; quizá porque en uno de tantas historias, esa imagen fue creada por un joven indígena, Marcos Cipac de Aquino, un personaje que los mismos historiadores no terminan de ponerse de acuerdo en si existió o no.

Y es él quien realizó un literal viaje de miles de kilómetros a España buscando encontrarse en un montasterio con un fresco perdido para la mirada del mundo y prohibido para el transeúnte cualquiera que nunca llegó a ver en persona, pero en ese trayecto se encontró finalmente con la anécdota que necesitaba para hacer las paces con su propia historia, su propio origen. Entonces por una parte, Yo Marcos es el viaje de un actor a tierras colonizadoras en un mundo moderno donde Grindr puede de ser gran ayuda para desentrañar memorias perdidas; y por otra parte la ficcionalización del peso de España en el México recién colinizado que obligado a un Marcos Cipac a la orfandad y a finalmente transformar su arte de escribir en pintura evangélica que pudiera haber acabado en las pincelada que le dieron a la Virgen de Guadalupe un rostro profundamente mexicano.

El monólogo comienza más como conferencia, para convertirse en anécdota y después viajar siglos al pasado y realizarse como ficción, en un unipersonal donde todo lo que tenemos es la palabra de Alberto Juárez, su honestidad cuando está siendo actor y compartiendo su propio proyecto pasional, y su intriga por descubrir cuando se pone en la piel de Marcos Cipac de Aquino y lo intuye asustado, pero despierto, aferrado a su cultura y sus dioses, pero prudente en su manera de transitar el cambio histórico aprendiendo y generando, mientras camina de puntitas entre gente que no muestra sino desprecio por él y todo lo que quemaron de forma literal para borrar de la memoria de México.

Omar Flores Sarabia pide de Alberto una movilidad mínima. Lo restringe a un pequeño cuadro delineado por una alfombra, donde lo acompaña un cesto, un cuenco, una vela y su Tonantzin. Probablemente pensado así dado que este estreno de Yo Marcos en la Sala Villaurrutia del CCB no es sino una primera parada de una gira que pretende llevar esta anécdota por muchos lados, España incluida. Y lo que hace es pintar la escena con multimedia e iluminación de su propio diseño, que pegan de manera magnífica y brillante en un telar al fondo, y que le permite a la escena crecer y sentirse lúdica y emocionante, aún si el montaje permanece reservado. Lamento sin embargo que la propuesta de una máscara que entra escena para formalizarse como un segundo personaje, sea rápidamente desechada en favor de lo más práctico.

Yo Marcos se basa en la palabra, curioso tomando en cuenta que el mismo Marcos Cipac tendría que haber sido primeramente escritor, ahí donde las palabras se escribían con pinturas que representaban ideas, antes que pintor. A Alberto Juárez, entonces, le toca ser un gran relator. Y lo consigue. Es un cuenta cuentos que te mantiene prendado de su narración con una capacidad muy sincera de verse involucrado con lo que va contando, no sólo con el personaje, pero con el concepto de todo lo que representa. Se nota en el fluir de esta anécdota la relación personal del intérprete con el pedazo de historia que tiene para compartir entre las manos. Y que tenemos que aceptar, no es uno que tengamos forzosamente a la mano y ya de entrada en la cabeza.

De cuadros y olores bellos, Yo Marcos termina por ser la celebración de un actor a nuestra cultura y nuestros orígenes desde el teatro. Tal vez nunca sabremos si Marcos Cipac de Aquino existió, para algunos es un pintor con un legado enorme y un nombre borrado porque era amenazante para la institución, para otros una idea poderosa más allá de una persona, para varios, Marcos no era uno, sino un pequeño número de hombres indígenas pintores que se pusieron a la par de aquellos españoles con más veneración. Como sea, resulta de lo más relevante rescatar y desentrañar lo que su historia tiene que decirnos, no desde su certeza biográfica, pero desde cómo su mera mención provoca que artistas como Alberto Juárez hoy tengan algo inspirador que proponer en nombre de su recuerdo.
Yo Marcos se presenta jueves, viernes, sábados y domingos en la Sala Villaurrutia del CCB.








