Una anécdota chiquitita sobre las vicisitudes de ser asalariado en una ciudad caótica, disparan un aparente musical en Este Monstruo De Ciudad Me Quiere Devorar, una obra que se sostiene con la yema de los dedos del carisma de su actriz, Renée Sabina, que consigue cargar sobre los hombros una trama que se acaba en minutos pero se alarga ya sin mucho más que decir, y se rellena de canciones que jamás consiguen una narrativa concisa o generar cualquier tipo de urgencia o motivo. Una bonita idea para musicalizar la realidad de tantos citadinos, con un concepto que aún requiere de una buena tallereada.
Este Monstruo De Ciudad Me Quiere Devorar se siente como un proyecto sin terminar atrapado entre dos conceptos que parecieran poder convivir en simultáneo, pero que jamás terminan de convertirse en una sola cosa. Y en medio de dos tramas incompletas, José Domingo (autor y director) decide también involucrar un género musical que más que aportar de cualquier forma a la historia, pareciera funcionar más como un song cycle que bien podría presentarse por separado sin ningún libreto que le estorbe de por medio.

En la historia que se abandera como principal, una mujer a la que le cuesta trabajo mantener sus empleos (más por desgane que por cualquier tipo de complejidad más profunda que pueda ofrecer la dramaturgia), utiliza su mañana en la bodega de lo que pareciera ser una tienda de libros para ensayar con su supervisor -y también pianista- un show musical que pretende presentarle al sindicato. Lo que desata la trama dentro de la trama, que es un one woman show con el que ella pretende contar su historia de desempleo y batallas precarias en una ciudad que no da oportunidades, pero que en un parpadeo se acaba convirtiendo en un concierto más bien sin ton ni son donde se le canta a las hormigas, las brujas, los nahuales y cualquier otro pretexto que se atraviese de por medio, y se preste a lo rítmico y a un blues simpático.

La queja que detona la necesidad de desahogo de nuestra protagonista es en realidad muy sencillita: una ciudad que es tan complicada que pareciera sentirse como que su gente habita más bien en un intestino de algo que los ha devorado. Pero más allá de la mención al frenesí que se vive en cualquier ciudad enorme, Domingo decide dejar el tema más como pretexto para presentar al personaje que con cualquier intención de realmente explorar la vivencia citadina. Este Monstruo De Ciudad Me Quiere Devorar se cuelga por completo de la energía descarrilada de su protagonista y la obra entera se vuelve ella y sólo ella, más que contar con una trama o conflicto que se pudiera tratar a partir de un desarrollo. La progresión dramática es mínima, pero es que incluso la intención de darle un arco dramático a nuestra narradora es nula. Ella está ahí más como una cuenta cuentos que dependiendo de la canción que quiera cantar pueden tratar de lo que sea.

Lo que levanta la pregunta, ¿por qué no hacer un ciclo de canciones? ¿O quizá incluso el one woman show que la misma obra propone, pero en serio? Los blues y rock n roll que se tocan con la ayuda al piano de Adrián Escobar, al que también se le da el asomo de un argumento para que pueda congeniar igualmente como personaje, aún si sólo se dedica a hacer anotaciones en un clip como parte de sus responsabilidades en el almacen, consiguen levantar con vigor el ánimo del montaje y tenerte siguiendo el ritmo con el piecito en la butaca, aún si es verdad que para la cuarta canción la poca variedad de ritmos y melodías comienza a pesar con lo insesante de lo monótono. Pero en realidad la parte musical de Este Monstruo De Ciudad Me Quiere Devorar es la parte emocionante, dada la ausencia de trama durante las escenas habladas que funcionan más bien como puentes entre canción y canción, y que uno quisiera acelerar para poder regresar a lo bueno.

Porque eso sí, cada que Renée Sabina toma el micrófono estamos en su concierto, y estamos en buenas y carismáticas manos. La actriz se suelta el pelo -literal y metafóricamente- para volverse entre rock star y estrella del cabaret. Y uno quisiera poderse levantar de su silla para despeinarse tanto como ella y vivir la emoción del recital como en festival. E incluso cuando se ve obligada a regresar a la estancada trama dentro del almacen, es su capacidad de hacer un personaje levemente chiflado, tantito desconectado de la realidad, pero de sangre ligerísima y una torpeza social entrañable la que consigue que esas escenas que en realidad no avanzan, al menos tengan algún tipo de tracción. Y lamento repetirme, pero es que Renée Sabina es la obra. Y en el panorama amplio de las cosas eso no puede ser suficiente.

La escenografía de Alberto Nerea prueba eventualmente ser otro de los detalles bien pensados e ingeniosos de la puesta. Lo que comienza como montones y montones de cajas en una bodega como muchas, para los últimos números se ha ido transformando en la visión de una ciudad encendida de noche, con las lucecitas asomándose por las ventanas de los edificios. Una ciudad hecha de cartón que logra cuadros tiernos y tan juguetones como la personalidad de esta mujer en crisis. Y que incluso para las escenas de canto diagético le consigue un lugar al piano y al compositor que encaja de forma perfectamente orgánica en este alebrije de almacen-musical.

Resulta que la ciudad que nos quiere devorar es la más ausente en el musical al que da génesis. Porque no podemos llamar a Este Monstruo De Ciudad Me Quiere Devorar una de estas ficciones donde la locación es básicamente uno más de los personajes. Porque no consigue eso. Y aún cuando las anécdotas que van saltando como chapulines al frente y hacia el micrófono tienen mucho de graciosas y cuando menos llamativas, no hay un hilo conductor preciso que las vincule, lo torpemente dialogado que se cruza para presentarlas suena más a pretexto que a razón de ser. Y para cuando al final de la puesta el personaje del pianista-supervisor toma una decisión a la que se ha negado por el resto de la obra, todo suena excesivamente gratuito y poco ganado. Una obra que aún se tiene que preguntar qué quiere contar, desde dónde, para decir qué y para quién, porque no basta con tener un agradable playlist de canciones entretenidas y una actriz de entrega generosa. Si la dramaturgia es la primera en no tener claro su camino, es la obra entera la que termina por ser un monstruo de demasiadas cabezas incapaz de devorar la atención de una audiencia.
Este Monstruo De Ciudad Me Quiere Devorar se presenta los miércoles a las 8pm en El Hormiguero.








