Clemente Vega experimenta con el formato teatro danza en Fiesta de Compromiso, donde las heridas de una familia se destapan a través de bello movimiento compulsivo y una fricción que ya no puede contenerse previo a una boda que les requiere poner su mejor cara, en un montaje pasional y propositivo donde actores que reconocemos de la escena se convierten en danzantes de impulsivas formas y los bailarines en los ecos de un hogar que se ha quebrado pero aún puede sanar antes de dar pie a una nueva unión.
Una mesa larga, no distinta a la de La Última Cena de Da Vinci, es el escenario donde el mismo tipo de traiciones, negaciones, realizaciones y perdones toman lugar para una familia que enfrentada a una reunión que pretende dar bienvenida a un nuevo vínculo de amor, se reprime y estalla con todo aquello que los años y raspones han ido dejando entre las grietas del silencio entre ellos, en un hermoso montaje que hace de la danza el lenguaje y de la teatralidad monólogo interno, y que lleva a su director y dramaturgo, Clemente Vega, en una dirección más experimental si bien no del todo opuesta al tipo de teatro al que nos tiene acostumbrados.

Como hizo en su debut con Mamá Se Fue A La Luna, Clemente regresa al seno familiar nuevamente desde lo desquebrajado para presentarnos un sólo momento. Una noche canónica que habrá de ser la erupción de un volcán que se viene gestando probablemente desde mucho tiempo atrás. Apoyado en la coreografía de bailarines por Alberto Castro, las voces en off de intérpretes que se narran a ellos mismos, y diseñando él el movimiento de actores de esta escena turbulenta, transforma un espacio de celebración en cascada emocional, y nos presenta a un elenco de nombres que ubicamos de muchos otros proyectos, a los que da novedosa perspectiva bajo los reflectores de la danza y el silencio que nos permiten apreciar su construcción con ojos nuevos. Y que en actrices como Elisabetha Gruener, Aída del Río y Mónica Bejarano se siente como conocerlas nuevamente por primera vez.

Como la futura novia, Elisabetha Gruener guarda la tristeza de una mujer que vive en la nostalgia, en el recuerdo de un estanque y un tiempo donde las cosas eran mejores, que conforme va rompiendo su fachada se deshace de manera vulnerable; mientras Aída del Río, su hermana en esta ficción, pareciera ser la única que desde el principio tiene claro que la fiesta no es sino teatro y una escena montada desde la pretensión falsa de armonía. Un personaje antagónico, rechazado por su propia familia, pero anhelante de volver a ser recibida de brazos abiertos, que no puede evitar confrontar y rebelarse ante lo plástico del numerito, pero que en el fondo jamás deja de preocuparse desde el cariño por todos los ahí presentes. Ambas se paran con absoluta firmeza y fuerza contrastante como los pilares emocionales de esta escena a la que hay que ver con cuidado de un lado para el otro para poder ir aspirando lo que cada personaje tiene que contar de forma individual.

Una mamá de pensamiento ausente (Mónica Bejarano) cada vez más convencida de dejar a su esposo (Francisco Mena), un clásico macho de intransigentes maneras, que como rey en un trono se sienta a la mesa para subir los pies y ser atendido por «sus mujeres», mientras a un lado mantiene un amorío con la que presume ser la mejor amiga de su hija la novia (Gaby Castillejos), que en realidad mantiene relación con esta familia desde la envidia y el recelo, en una boda donde el mismo novio (Alberto Quijano) tiene dudas provocadas por otro hombre que lo tienta y lo mueve cuando su futura esposa se ausenta.

Un clásico drama familiar donde lo menos sucio es la mesa, que Clemente Vega va contando en fracciones: escenas de coreografía intensa acompañadas de trepidante música, que él mismo confiesa haber ido compilando por años para la obra, que hacen uso de un ensamble específicamente de bailarines que completan esta fiesta llena de testigos; que se interrumpen con momentos de menor frenesí más centrados en la exploración de las relaciones y los pensamientos a través de locuciones que no son otra cosa sino el monólogo interno de cada personaje. Y la mezcla da como resultado un montaje temperamental donde el impulso se reúne con el crudo sentimiento, y la familia que comenzó el evento con una foto donde la apariencia es calma, va desnudando sus ansiedades hasta dejar pelona la mesa antes llena de artífices de su propia fantasía de plenitud y hasta regodeo.

Cuidando una escena donde la protagonista es la corporalidad, Clemente Vega pinta una estética fina pero decadente. Ayudado por el diseño de iluminación de Daniela Espino, penumbroso pero claroscuro para esta familia cuya luz es inevitablemente parcial; y por un vestuario, conceptualizado por él mismo, en tonos rojos, naranjas y tierra que le dan a esta Fiesta de Compromiso el color del fuego, del ardor y de la fiereza. Fiesta de Compromiso tiene algo de clásico dentro de un formato propositivo. Después de todo no hay mayor detonante para una familia que una boda, y ésa es una certeza, y el desgaste que pudiera venirse deshilachando de años se vuelve corrosivo cuando llega el momento de celebrar el amor donde a veces es difícil sentirlo en el núcleo. Entonces el relato es tradicional, pero el formato es inventivo, y se llena de esta emocionalidad que las palabras no pueden terminar de expresar y se tiene que convertir en espasmo.
Fiesta De Compromiso se presenta los domingos a las 8:30 de la noche en Foro Shakespeare.








