Para una serie de corazones rotos, la compañía de Teatro Ciego presenta en realidad una propuesta tierna y alegre en Odio Que Los Abrazos No Duren Más De Cuatro Horas, donde varias historias se afanan a lo peculiar de las percepciones del amor romántico y sus muchos finales, en un montaje que moviliza a la compañía por un complicado aparato escénico de andamios donde la Calle de Sueños Rotos pareciera llamar a todos desde un lugar sonoro en una puesta que demuestra maestría y tremendo ensayo por parte de un elenco que hace suyo ese escenario con rotunda fluidez.
Odio Que Los Abrazos No Duren Más De Cuatro Horas se inspira en un libro de ensayo psicológico llamado La Separación De Los Amantes de Igor Caruso que se describe como uno para los amantes, los que odian, los indiferentes, los perplejos y los confiados. Un tratado sobre la separación definitiva. Itzel Lara escribe entonces una serie de viñetas, cada una bañada de una cierta peculariedad no fantástica, pero sí singular, para retratar este desamor y quizá el encuentro con la soledad no desde lo oscuro y desgarrador del quiebre y el olvido, pero desde la a veces surrealista realidad de una emoción que nomás no pareciera tener reglas claras.

Así, una mujer transforma la superación de una separación en la difícil escalada de una montaña mientras llena su boca de dulces que no dejan de saberle amargos; un hombre en una caja de muñeco Ken trabaja su cuerpo para el ojo y la atención femenina; una mujer decide vivir Navidad todos los días, mientras cocina platillos con huevo ahora que su casa se ve vacía; y su ex pareja se hace de una dotación exuberante de Coca Cola cuyas cajas parecieran ser lo único que lo llenan, y un último hombre es iluminado de manera mesiánica, alimentado en lo alto de una escalinata por una cubeta con tamales mientras intenta aceptar que sigue siendo perfecto en su imperfección y en su abandono. Todos vigilados por una curiosa figura que pareciera rondar este universo como testigo en una botarga de oso panda.

Odio Que Los Abrazos No Duren Más De Cuatro Horas tiene un humor innato, y aunque en la serie de monólogos escritos por Lara no todos consiguen lo redondito de aquél de la mujer navideña, o lo emocional del hombre de los tamales que despojado de ropa y golpeándose contra la botarga de panda se lastima compulsivamente tratando de reconocer su propio valor, el director Juan Carlos Saavedra sí logra armar una puesta contundente y estilizada donde además la compañía de Teatro Ciego, conformada por una gran mayoría de intérpretes entre actores y músicos con discapacidad visual, demuestra un absoluto compromiso con la escena, que escaparate tras escaparate nunca deja de resultar fascinante.

Desde el primer momento en el que el panda baja las escaleras del auditorio del Julio Castillo hasta pararse en escena a la vista de todos, es claro que la burbuja a la que la obra nos invita a acceder es una que guiña a lo lúdico y encantado. El mundito de Saavedra tiene un ápice de mágico, que aún en un texto que acaricia lo doloroso no deja de recordarnos que aquél que se enamora está de cierto mundo viviendo una fantasía que inevitablemente se extiende al descorazonamiento. La montaña nevada como los alpes formada con una tela color azul, la sensación de una Navidad fuera de lugar asomándose por una ventana, las cajas y cajas de refresco que se van apilando en un huequito, la aparición de un hombre y sus pesas en una caja usualmente reservada para la perfección corporal, todos son visuales que hacen juego del desamor. Y Saavedra aprovecha lo noble del juego para llenarlo de música.

Entre las grietas de los andamios que conforman la enorme estructura de la escenografía se colocan los músicos que van acompañando a los actores en cada escenita, haciendo del sonido e incluso del baile otro de los elementos vibrantes de la obra. Unos villancicos por aquí o la coreografía de I’m So Excited por allá, así como una franca pelea entre amantes, todo un combate escénico en faldas de danza regional terminan de construir la ilusión de este espacio donde el amor se quiebra no con una silenciosa fractura, pero en una explosión de ruido, música, color y extravagancia simpática. Y donde la inclusión es pilar en una puesta de teatro como pocas que se asegura de poder ser por y para todo mundo en cada posibilidad que la escena les ofrece. Y eso incluye la traducción simultánea a LSM por parte de dos intérpretes integrados al montaje para los espectadores que pudieran tener alguna discapacidad auditiva.

Y sí, es quizá en la puntual capacidad del elenco para navegar por el teatro con ritmo y precisión que Teatro Ciego impresiona con un arduo trabajo de montaje y de coordinación de múltiples elementos que consiguen hacer de Odio Que Los Abrazos No Duren Más De Cuatro Horas una puesta compleja y de una fluidez que otras muchas no pueden presumir de tener. Desde que pasada la tercera llamada la obra abre con una literal escena de alpinismo, y hasta el momento en el que Cristian Arias escala hasta el último pendón de los andamios para colgarse como crucificado de cabeza lo que queda muy claro es que para este montaje -de pronto hasta acrobático- el cielo es el textual límite. Y Juan Carlos Saavedra y una compañía dedicada no se achicopalan ante el imponente escenario del Julio Castillo, por el contrario, lo usan a su favor para vender la fantasía completa.

El diseño de vestuario de Mario Marín del Río y José Manuel Majul que mantiene lo sensacional de una obra que se niega a enpardecer a personajes cuya desgracia momentánea no nubla su microuniverso, y la iluminación de Pedro Pazarán que encuentra bellos lugares de luz y sombra en los muchos rincones que usa Saavedra para integrar personajes y detallitos simplemente asomándose a la distancia (porque hay todo un ensamble en constante acción desde lugares inesperados) son el pincelazo de color que termina por darle a Odio Que Los Abrazos No Duren Más De Cuatro Horas una sensación emotiva y entrañable, que para cuando el panda con un hombre rendido a sus pies levanta un letrero que lee «Necesito un abrazo» en efecto se vuelve esa cálida señal para el espectador que en su butaca se haya visto en esas historias se sienta visto, entendido y reconfortado desde el saber que un corazón abatido nunca está completamente solo.








