En un mundo donde todos estamos hiperconectados con todos los demás, la industria del entretenimiento comienza a entrar en una zona gris donde cada movimiento puedo ser una jugada maestra o un jaque mate muy perjudicial, y eso incluye a Broadway.

Con cada día que transcurre nuestro feed sigue llenándose de marcas y empresas que buscan desesperadamente un poco de nuestra atención, con formatos cortos y contenido entretenido para ganarse un poco de nuestra fidelidad. Pero ¿qué pasa cuando son las compañías de teatro las que tienen que atrapar nuestra atención, incluso en un lugar tan competido como Broadway?

Por un lado se tiene a todos los theatre kids, espectadores a distancia (y me incluyo a mí) que mueren desesperadamente por probar un pedacito de lo que podría ser su nueva obra favorita o han convertido en su más reciente obsesión musical, y ni siquiera han tenido -y por ahora no tienen- la oportunidad de verla en vivo. Pero por el otro, está la gente que ya tuvo la fortuna (o desgracia) de asistir al espectáculo compartiendo su opinión en redes: “es fascinante”, “no me gustó”, “los mejores 40 dólares”, “no gasten sus 40 dólares”. Todos tenemos una opinión. Pero en un mundo donde no sólo rige la hiperconectividad, sino también el consumismo y la mercadotecnia, la opinión es moneda de cambio que está en apogeo. Cada nuevo comentario es más importante que el anterior y la cultura de la cancelación acecha en cada rincón, más presente cada día.

Las redes sociales, de pronto por encima de medios tradicionales, se han convertido en punto de inflexión para los nuevos espectáculos de Broadway y el mundo. Y es fácil ver por qué: pueden llegar más fácil y rápido al público, las compañías o medios tienen permitido compartir un poco sobre los ensayos o las presentaciones a prensa, hacer espectáculo de presentar al elenco y a los personajes, introducir la música o los números de baile, incluso crear trends (como Chess con ese baile de Aaron Tveit o el Splish Slpash de Just In Time).

Pero las bondades del alcance, vienen también con consecuencias no siempre tan positivas, donde generar mucha expectativa puede llegar a ser el talón de Aquiles de aquellos que no las cumplen. Pongámoslo así: elenco de renombre, música que se escucha pegajosa, bailes impresionantes y un juego de luces que vibra con la estética del show… y al final, no pasa de ser hype, y prevalece la sensación de fiasco. La música realmente no es tan buena, la coreografía tiene puntos débiles, la trama es floja. ¿Dónde está lo que se nos prometió en clips en Instagram y TikTok? Tan desesperados están los productores por acercar a la gente a la obra y darla a conocer que lo que venden no es siempre lo que termina puesto en el mostrador. Y el problema entonces es mayor.

Yo que me dedico al marketing, quisiera levantar la pregunta: ¿qué les toca hacer con eso a los departamentos de marketing? ¿cuál es el punto de equilibrio cuando de usar las herramientas digitales se trata? La realidad es que no se le puede dar gusto a nadie, pero sí se puede elegir y gestionar qué le vamos a enseñar al mundo y cómo vamos a vender el espectáculo. No todo es razzle dazzle y viralizar lo que se puede. Hay que saber elegir estatégicamente.

¿O ustedes qué piensan?

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