Un musical pop-folklero sobre la pérdida y las complicadas avenidas que uno tiene que manejar para superarla, A Un Paso llega a México después de su transito Off-Broadway con una Ana Sofía Cordero capaz de romper a cualquiera y una Ana Rivero en el papel para el que nació, con una historia que de origen aún podría usar una lija para terminar de pulirse, en un montaje de pronto excesivamente juvenil que pierde el tono de las muchas fases del duelo para priorizar una comedia más simple, continuamente rescatada por un score que sí o sí mueve corazones.
A Un Paso, mejor conocido por muchos como The Mad Ones es un musical de Kait Kerrigan y Bree Lowdermilk, una especie de respuesta femenina a On The Road de Jack Kerouac, que más que su tránsito por los escenarios, Off-Broadway incluido, consiguió viralidad gracias a los fan animatics en YouTube que en un mundo pandémico lo volvieron un favorito de muchos amantes del teatro musical que se enamoraron del score vía viñetas animadas. Y cómo no hacerlo si el coming of age que plantea la obra es uno que le habla a mucha gente de forma personal, porque más allá de su tema central de duelo, no deja de ser sobre las agallas que se requieren para forjar el camino que hemos de transitar.

Sam Brown tiene 18 años y está en ese difícil momento donde le toca decidir qué va a hacer con su vida, especialmente en Estados Unidos, donde está basada la historia y que la adaptación de Enrique Arce deja en su lugar, donde a esa edad uno toma la decisión de a qué universidad enlistarse, que suelen estar literalmente en otro Estado lejos de casa. Sam aún no sabe qué quiere para ella, apenas está aprendiendo a manejar, todavía no es capaz de tomar el volante, mucho menos de acelerar y dejar en el espejo retrovisor su vida anterior, y menos cuando su mejor amiga, Kelly falleció recientemente y es algo que aún no puede superar.
Al estilo de Kerouac, A Un Paso funciona como el monólogo interno de Sam escenificado con ella rompiendo la cuarta pared para contar su historia directamente a la audiencia, y los personajes secundarios siento más una proyección en su cabeza, su presente y sus recuerdos, de la gente que hubiera existido en su vida; y en él es Kelly la que abiertamente se confiesa muerta y presiona a Sam para que cuente qué fue lo que pasó y cómo fue que lo vivió. Es un fantasma en toda medida. Una memoria que toma forma corpórea para ayudar a su amiga una última vez a seguir adelante, como quizá tantas veces lo hizo en el pasado.

La metáfora del automóvil y del road trip permea todo el musical. Desde que nos enteramos que en la vida de Sam era Kelly la que solía tomar el volante, convirtiéndola a ella en pasajera; y hasta las muchas veces que se nos repite que manejar no es algo que le salga bien a Sam, de alguna manera, es una persona a la que le cuesta trabajo encontrar su camino y transitarlo sin chocar. La idea de movimiento, avance, golpe, reversa, huida, permanencia y poner kilómetros de por medio con tu pasado termina por funcionar con impacto emocional sobre el tema que Sam realmente orbita: ¿cómo enfrentar el duelo, la pérdida, la ausencia y en gran medida la culpa?
Kait Kerrigan y Bree Lowdermilk escriben una pieza sensible que en una cierta edad es enormemente representativa de las dificultades que uno se ve obligado a librar para labrarse un camino propio, si bien es cierto que dado que The Mad Ones en realidad ha tenido una vida corta y poco evolutiva (estrenó apenas en 2017), el libreto no se ha terminado de probar, arreglar y dejar en su punto, y en el montaje para La Teatrería la ausencia de edición resulta notoria. Momentos reiterativos y canciones que salen sobrando alargan una puesta que lo que tiene para contar lo hace en toda honestidad de manera veloz para luego estirar sus temas hasta la redundancia.

Y la dirección de Aguacate (Héctor Berzunza) y Javier Mira batalla por encontrar el tono adecuado de un musical que aún cuando se da permiso de jugar con comedia, es en toda medida un dramedy sobre el encuentro con uno mismo. La farsa del montaje se coloca de manera incómoda en un lugar entre serie para adolescentes (piensen Disney Channel o Nickelodeon) y teatro para jóvenes audiencias, demasiado infantalizada para sus muchos temas adultos, incluyendo las varias canciones que se dedican a Sam queriendo perder su virginidad.
Que quizá en ningún lugar es tan notorio como en el acting de Juan Pablo Marín (uno de los alternantes de Adam, novio de Sam), que entre gesticulaciones exageradas y una idea de lo «teto» completamente satirizada, se presenta más como un personaje perdido de Avenida Q en una obra que busca matices más humanos. Mientras María Filipinni, como la madre de Sam, que en el texto es descrita tantas veces como apretada y controladora, en sus manos se vuelve más bien estrafalaria y voluble. Y que en general para la comedia del elenco entero podría ayudarse de una línea que detalle y precise lo que para varios es sólo una interpretación crecida pero sin la requerida puntualidad cómica.

A pesar de la entonación pueril, son las dos protagonistas las que se acaban alzando por encima de todo para probarse verdaderamente emocionantes. Empezando por Ana Sofia Cordero cuya voz dulce pero soberbia da muchísimo volumen a las canciones, y cuyo encanto natural le ofrece a Sam una vulnerabilidad adorable y delicada, que uno como publico quisiera poder proteger en todo momento. Ana Sofi es un espejo de una edad compleja, y a lo que hace le imprime un cariño muy especial que da calidez al entero de la Teatrería. Y a su lado, Ana Rivero es el complemento perfecto. El ying de su yang. Una Kelly despreocupada y desenfadada con la que Ana no deja de jugar un sólo momento. Le ofrece una sensación amodorrada, casi pacheca que simplemente la vuelve memorable. Y un personaje que uno entiende inmediatamente por qué es la mejor amiga que cualquiera quisiera tener. Es la que te levanta cuando estás abajo, la que te recuerda que la vida no es para tomarse tan en serio, y el sueño de cualquier introvertido, que con su explosiva extroversión puede transformar la tensión de cualquier ambiente en comodidad y diversión.

Juntas son la médula, el corazón y los pulmones de A Un Paso, y para cuando llega el 11’oclock number, quizá la canción más popular de toda la obra, «Go Tonight», ambas hacen magia de la catársis y terminan por soltar un número brutalmente conmovedor que hace añicos hasta el alma más helada. Porque si algo tiene A Un Paso jugando a su favor son sus canciones. Melodías en la escuela de Pasek y Paul (Dear Evan Hansen) que hacen del pop y el folk música que se puede sentir en el sistema nervioso. Y en La Teatrería el trabajo de Hugo Robles, Director Vocal, se nota muchísimo en la capacidad de este elenco para sonar como caramelo derretido en el aire. The Mad Ones está cantado como se debe. Y eso debería llamar a cualquiera que de entrada ya conozca estas canciones y quiera escucharlas en vivo.

Escénicamente, Berzunza y Mira se quedan atrapados en una buena idea que no termina de permear el concepto. Unas cajas de la escenografía de Ximena Inurreta hacen las veces del cofre de un coche, faros incluidos (a los que les podrían estar sacando mucho más provecho), que se acopla de manera linda con la metáfora tan pertinente del texto, pero fuera de ese detalle, la escenografía se pierde con otros tres carros que no aluden a nada ni parecieran embonar de ninguna forma con la propuesta del coche, y unas sillas color negro que parecieran haber salido directamente del auditorio, más como una solución que con cualquier tipo de estética o propósito.

Aguacate y Javier Mira dejan a sus actores permanecer todo el tiempo en escena, precisamente como estos fantasmas que rondan y a veces apabullan la cabeza de Sam, pero ahí donde a veces consiguen volverlos parte de la escena y hacen funcionar el cuadro al 100%, en otras muchas instancias sólo parecieran estar esperando su turno para hablar. La figura repetida del coche, que en realidad transita por varios recuerdos fuera de un auto, impide mucho de la movilidad y atenua lo lúdico de la puesta, dejando sentada a Sam por largos ratos y a los demás viéndola de lejos, en una historia que sí retrata más acción de la que vemos. Y aún cuando la traducción encuentra lugares preciosos y atinadísimos, se distorsiona al meter elementos completamente mexicanizados en una adaptación que inteligentemente elige permanecer en su lugar de origen, pero que Arce no puede evitar tropicalizar en vez de universalizar.

A Un Paso está de muchas formas en efecto a un paso. Un material muy bello a un paso de ser redondito, un elenco incuestionablemente talentoso a un paso de encontrar su rinconcito ideal, un montaje sencillo a un paso de soltar sólo lo agradable para volverse cautivador. Finalmente esta historia, esta música, este libreto tiene mucho para tocar cuerpos y corazones. La gran lección de aprender a manejar siempre será fijar la vista al frente para seguir adelante y dejar que las imágenes en el retrovisor desaparezcan a la distancia. The Mad Ones es una gran maestra de cómo avanzar llevando con nosotros sólo el equipaje necesario, y los asientos vacíos por si algún recuerdo se quiere ir a sentar ahí a hacernos compañía.
A Un Paso (The Mad Ones) se presenta los viernes a las 8:30pm en La Teatrería.








