Hasta Que Muera El Mundo reinventa el clásico de Henrik Ibsen, Hedda Gabler, para poner el futuro del mundo de por medio en un drama de intrigas donde la mentalidad grind se topa con la utopía corporativa, capitalista y tecnológica en una adaptación donde la áspera y provocativa personalidad de Hedda no sólo gestiona tragedia dentro de su propio contexto, pero nos cuestiona a nosotros sobre el camino de desgaste inevitablemente destinado a la tragedia de toda una humanidad.

Hace poco y después de ver una versión de Hedda Gabler no tan fortuita situada en un cierto futurismo, me preguntaba si un texto como el de Henrik Ibsen tan anclado de pronto a su época y los muchos temas representativos de una era y un momento, aún siendo universales en su centro, realmente se podía adaptar a la modernidad. Hasta Que Muera El Mundo viene a reponder que sí, y a entregar un master class en cómo tomar un clásico como inspiración, para después partir en un camino propio y completamente resignificarlo hasta generar un nuevo concepto que es en parte la Hedda de Ibsen, y en otra gran parte su propia bestia teatral con un mensaje potente que le habla de forma muy directa a la audiencia del ahora.

La obra abre con aquel que sería Eilert, aquí Luzardo, transportado al contexto tech de los genios de Sillicon Valley ofreciendo una conferencia sobre las utopías, y desde ese momento el universo de esta Hedda Gabler (reescrita por Juan Carlos Franco) deja de ser el académico para convertirse en algo más inmediatamente corporativo, y por tanto de estímulos capitalistas más que intelectuales. A Hedda la acaban de mudar a su presuntamente soñado penthouse donde Giorgio Ribisi, su esposo, espera darle la vida que siempre soñó, ataviado como un Gatsby de privilegiadas maneras, y una mano suelta en el aire esperando recibir una copa o un cigarro.

Previo a su fiesta se aparece en el departamento una ex-compañera de la escuela, Verónica, pero más que la personalidad intimidada y asustadiza de la Thea de Ibsen, la de Franco es confrontativa y altiva, que le anuncia el regreso de Luzardo, un ex amor, que ha dejado el alcohol y con el cual ha trabajado un proyecto cuyo recibimiento, se espera, pudiera ser explosivo. Cuando Luzardo finalmente llega ante Hedda y es invitado a quedarse en la fiesta, la personalidad retadoramente seductora y amarga de Hedda provoca pérdida de control e invita drogas, alcohol y frenesí que toman posesión de los cuatro en una noche que en efecto se siente como el fin del mundo, y donde la extraña aparición de un niño pareciera quererlos prevenir sobre el rumbo de la velada, pero más importante aún, el del futuro.

Y como la Hedda Gabler que conocemos de los 1800’s, en el proceso de una noche que amenaza con no tener vuelta atrás, Luzardo carga con él el manuscrito de su proyecto, que Hedda roba para descubrir que anuncia de manera ominosa un inevitable fin del todo, y más allá de la protección a su propio marido, el cual pareciera ser la primera víctima de la genialidad de Luzardo, decide desaparecer en nombre del status quo y el terror que se apodera de ella de lo que en aquellas hojas se previene, mientras el mismo Luzardo va soltándose a los brazos del nihilismo, convencido por la hija de un General militar, que ya nada tiene sentido.

Juan Carlos Franco utiliza a un personaje clásico para con ojos modernos permitirnos acceder a este mundo donde la mentalidad grind -una creencia sobre el no parar que celebra como esencial el sacrificio de todo en pos del éxito, incluso el bienestar- donde más allá del ocio del privilegio y la ambición personal, Hedda Gabler pareciera aferrarse a la ilusión de una libertad que se nos ha vendido como alcanzable a través del sistema, para con la muerte y el derrumbe de su realidad, con lo ostentoso de un candelabro de abolengo tirado en el suelo, mientras su esposo cegado e iluso decide continuar a como de lugar, salirse de ella misma y la propia ficción para finalmente cuestionarse, ¿qué pensaría Hedda de todo esto? ¿Y no están para eso los personajes que han forjado nuestro teatro? ¿Para seguir alterando y cuestionando desde su capacidad de ser eternos y eternamente pertinentes?

El colectivo arma una escena que desde el inicio resulta cautivante, pero que para cuando comienza la fiesta se convierte en un espectáculo desmedido e irrestricto. Un ensamble de mujeres rodea a estos cuatro personajes como el servicio de su mundito, continuamente alteradas por lo que desde arriba las estimula y en una coreografía que hace del universo de Hedda uno en frecuente movimiento y afección. Pero es quizá el diseño de iluminación de Patricia Gutiérrez, dominado por superficies reflejantes y estrobos que lo van distorsionando y ensombreciendo todo el que da visual a este deterioro paulatino; junto al diseño sonoro de Emiliano López y Joaquín Martínez, y la multimedia proyectada al fondo de Miriam Romero que conjugan de manera potente la idea de un presente ansioso por el progeso esperando a comerse a él mismo.

Y finalmente la crudeza de un elenco encabezado por Cecilia Ramírez Romo interpretando a una Hedda con porte y desgracia, que mastica los diálogos de su personaje como hielo, y entrega una intepretación magnífica que tiene mucho de prepotencia y acidez, pero se va convirtiendo de forma contenida en desolada realización, y es como ver la caída de un muro ladrillo por ladrillo; y desde otro lugar aún más desesperado, la de Elizabeth Pedroza como Verónica que entra a escena con entereza para empezar a soltar como arena en la mano el estoicisimo que se convierte en ruina. Mientras Jorge León hipnotiza con su Luzardo que conforme avanza la puesta abaraza una cierta locura obvia para el que con cordura ha visto la oscuridad del abismo, y lo que hace es aterrador y al mismo tiempo fascinante.

Hasta Que Muera El Mundo es prueba fehaciente que un texto publicado en 1890, tan lejos del capitalismo que hoy nos consume y la tecnología que hoy nos desensibiliza, en su capacidad de entender al mundo como dividido del privilegio y hacia abajo, y a las personas como detonantes de dinamita desde la ambición y la soberbia, sigue teniendo algo intenso que decirnos sobre aquellas pistolas que han caído en nuestras manos, cuándo las sacamos, a quién amenazamos, para dónde las apuntamos, y las balas que salen disparadas hacia objetivos no previstos que no pueden evitar ser daño colateral de un arma que tal vez, y en primera instancia, debió permanecer siempre guardada en su cajita.








