El nieto del general Joaquín Amaro -el hombre responsable de la militarización del país y el tipo de procesos que aún se siguen en el ejército- exorciza al fantasma de su abuelo en Amaro, Con El Dedo En El Gatillo, un biodrama unipersonal y multidisciplinario que Misha Arias de la Cantolla asume como un Hamlet enfrentándose contra un fantasma familiar, sobre el que de pronto tiene más preguntas que respuestas, pero entiende como un estigma y una llaga en una persona como él que pareciera venir del lado completamente opuesto de la ideología política.

Amaro, Con El Dedo En El Gatillo no es ficción. De hecho, ahí a unos pasos del Teatro el Galeón donde se presenta, ahí en Campo Marte se encuentra erguida la estatua del hombre al que Misha Arias de la Cantolla y su primo Gabriel Yépez (dramaturgos) le dedican el entero del unipersonal: Joaquín Amaro. Su abuelo. Y un hombre que para bien y para mal transformó la historia de este país y la encaminó hacia un rumbo difícil de separar del México violento, el México militarizado, y el miedo del pueblo hacia aquellos que han jurado protegernos. Y ya de pasó el comienzo de la era del PRI en este país que duró 71 años, y el paso por el fatídico 2 de octubre de 1968.

Amaro Con El Dedo En El Gatillo

«Tu abuelo mató a mi abuelo», dice Misha casi al principio de este monólogo que se habrá de convertir más bien en investigación. Una frase que le han dicho a él. Gente con esa historia que de algún modo choca con la suya. Una historia real por la que de pronto él se siente responsable o quizá obligado a excusar. Misha se para ante nosotros como un hombre liberal. De entrada actor, que aunque en algún momento encuentra símiles entre su arte y la sangrienta vocación del soldado, es inherentemente más humano, empático y sensible. ¿Pero entonces cómo es que corre por sus venas la misma sangre de un estratega militar conservador y aliado al poder político, cuyo legado pareciera tener sus buenos rincones oscuros y manchas que no sólo reverberan en el país, pero en su propia familia?

Amaro Con El Dedo En El Gatillo

El unipersonal funciona entonces por una parte como anecdotario histórico, y por otra como una exploración de las consecuencias de la sombra del abuelo Joaquín Amaro en el mismo Misha y en su familia. Y él enfrenta su condena desde un lugar shakespeariano, primeramente asumiéndose como un Hamlet al que no le toca confrontar al fantasma de su padre, pero sí al de su árbol genealógico y la herencia que ha caído en su nombre, aún si es cierto que él ni siquiera conoció personalmente al General, de modo que todo lo que tiene de él se encuentra en libros, los que archivan la historia de este país, y en los relatos que sus tías más grandes tienen que compartir sobre Joaquín Amaro dentro y fuera del uniforme, porque finalmente también fue un esposo, también fue un padre.

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El recorrido nos regresa al tiempo de la Revolución, a cuando Joaquín Amaro no era sino parte del pueblo, un hombre más de ascendencia índigena viviendo y trabajando en una hacienda, antes de unirse al ejército maderista e ir subiendo de posición a base de triunfos sangrientos hasta colocarse como General de División y encargado de la Secretaría de Guerra. A partir de lo cual mucho ya es historia. De forma muy literal todos los procesos y funcionamiento del Ejército actual se los debemos a él y a su fundación de la Escuela Superior de Guerra donde se empezaron a profesionalizar las Fuerzas Armadas. Vaya, un estratega en todo el sentido de la palabra, y un peón del Gobierno y el Poder desde muchos ángulos. Misha y Gabriel (también directores) intercalan estos segmentos bibliográficos con entrevistas a los miembros de su familia e instantes de monólogo donde algún modo se presentan los resultados de la investigación ya procesados como reflexiones.

Amaro Con El Dedo En El Gatillo

El montaje se viste enteramente multidisciplinario. Por un lado es la proyección de videos la que apoya las referencias históricas, y también la que nos muestra las entrevistas con los Amaro, voces que a momentos sólo escuchamos en audio. Para otras escenas, Misha se tira en el piso como niño jugando con sus soldaditos y va llenando el suelo de juguetes bélicos que acompaña con una cámara de video, y en otras realiza francas coreografías de pelea, una danza muy precisa con una espada que más que de soldado mexicano pareciera transportarnos a lo estilizado de las artes marciales orientales, para finalmente recostarse en un sillón, casi un trono, en el fondo del teatro y convertirse en Hamlet apesumbrado por el fantasma que lo ha visitado. Mientras poco a poco se va revistiendo con un uniforme militar y llevándose a sí mismo a encajar en la visión de su abuelo, aún si para el final la rechaza, se desviste, desviste todo el teatro y se asume como un inidividuo completa y absolutamente aparte.

Amaro Con El Dedo En El Gatillo

Y tal vez es en toda esta integración de muchísimidas ideas, algunas más firmemente encaminadas que otras, que Amaro, Con El Dedo En El Gatillo se sale por tangentes y se filtra por las orillas en un relato al que no le podemos llamar compacto. De hecho, si lo pensáramos como un disparo, la bala rebotaría por el espacio más que pegar certera en el centro del blanco. Muchas de las nociones acaban flotando, la más clara siendo sin duda la parte biográfica del asunto, pero que eventualmente tendría que ser la menos importante. Ésta no es una bioficción sobre Joaquín Amaro, es la digestión de Misha Arias de la Cantolla a partir de Joaquín Amaro, y por tanto tendría que ser la evolución de ese proceso mental la que marque la pauta. Y lo es a momentos, pero en otros muchos se pierde entre el tumulto.

Amaro Con El Dedo En El Gatillo

Siempre habrá una parte que no está en realidad cien por ciento pensada para el público en estos trabajos que vienen de un lugar tan personal y que parecieran haber nacido de la necesidad del autor por resolver algo con ellos mismos. Y claro que para eso está el teatro también. Hay quien lo llama terapia, hay quien lo niega como terapia. Lo que es una realidad es que Amaro, Con El Dedo En El Gatillo es una invitación para conocer la realidad de un actor, a partir de los ojos de un nieto cuya historia generacional -como la de muchos- pareciera una cicatriz de ésas que ya no sangran, pero sí dejaron marca. La está conociendo primeramente él, la está procesando primeramente él, y al espectador se le hace un espacio para acompañar, compartir y de paso enterarse de uno que otro dato sobre el México en el que vivimos que así como a Misha le toca asumir un pasado que lo ha formado para bien y para mal.

Amaro, Con El Dedo En El Gatillo se presenta jueves, viernes, sábados y domingos en Teatro El Galeón del CCB.