Un esquizofrénico ciclón de comedia irreverente, Aníbal y Melquiades es la obra para toda la familia ideal para mantener a los niños emocionados desde la risa y la ilusión, aprendiendo que los amigos vienen en todo tipo de formas y tamaños; y los sueños de querer ser no se tienen que ajustar a ningún estereotipo social, cuando lo divertido es simplemente soñar que somos. Una obra chiquita con un entusiasmo enorme.

Si hay algo que le sale bien a Francisco Hinojosa como escritor es crear realidades peculiares. Personajes de los que es fácil enamorarse porque son únicos y entrañables, incluso en sus defectos, e historias que pegan en un rinconcito del corazón donde se recluye lo más humano. Mario Rendón, actor y adaptador del cuento original de Aníbal y Melquiades para el teatro entiende primeramente eso, que lo singular en esta historia es el motor, y ya todo lo demás es juego.

Aníbal y Melquiades

De modo que Aníbal y Melquiades abraza el caos de la mejor manera posible. En el Espacio Urgente del Foro Shakespeare no tienen el espacio para extenderse a sus anchas, pero trabajan como si lo tuvieran. Bruno Boludo dirige el montaje desde el desborde energético. Que para otras muchas obras podría estar sobre-pasadísimo, pero pensado para esta farsa infantil que se siente como estar viendo un capítulo de caricatura, o leyendo la página de un cómic, hace todo el sentido que estos actores traigan a escena el vigor de algo que pertenece a una animación.

Aníbal y Melquiades

Y al centro la historia es tan simpática como tierna. Aníbal es un niño debilucho, flaquito y tímido, hasta el más mínimo esfuerzo le cuesta trabajo, y eso incluye masticar; mientras Melquiades es el notorio opuesto, un fortachón a su corta edad, de semblante duro, capaz de levantar sillas, escritorios y maestras como si de alzar un pañuelo se tratara. Aníbal y Melquiades no tienen razones para ser amigos, ¿por qué las tendrían? Y Melquiades es el primero en comprarse la idea de que a él le toca antagonizar a Aníbal. Es la ley de la naturaleza. Son tan distintos que hasta sus mamás son abismalmente difrentes. Y ni hablar del papá. En el caso de Melquiades, un luchador de lucha libre.

Pero llegado el concurso de talentos de la escuela, y Aníbal decidido a convertirse en maga para la ocasión -no mago, maga, como la mujer maga que admira- Melquiades empieza a considerar quizá ayudar con la difícil tarea, tal vez un poco convencido por Rosita, la nueva alumna de colegio a la que le ha puesto los ojos encima y la quiere de esposa, aún negado a llamar a Aníbal «su amigo», incluso cuando es claro que sí… una amistad entre ellos es inevitable.

Aníbal y Melquiades

La anécdota es pequeña, pero Rendón y Boludo aprovechan para narrarla en viñetas. Escenitas clave para ir entendiendo a estos personajes, ¿quiénes son y quiénes podrían llegar a ser?, pero dónde Aníbal y Melquiades se siente gigantesca es en la creación de estos mismos personajes. Mario Rendón, Satchel Lagarda y Paulina de Lira se van hacia los extremos de manera poco tímida para jugar con estos papeles tal como lo haría un niño con sus juguetes. Encontrando humor en lo engrandecido, y una farsa desencadenada que no puede sino atraparte en su vorágine.

Aníbal y Melquiades

Esta no es una obra contenida ni pretende serlo. Por el contrario, revienta como si hubiera cuetes en el escenario tronando por todos lados. Y ahí donde podría prestarse al desastre y la falta de foco, lo que acaba resaltando es un trabajo corporal que nunca deja de ser intensamente preciso y apantallante. Especialmente para Satchel y Paulina, cuyos personajes están creados desde la hiperactividad, y lo que le ofrecen a la escena es desahogo. Un trabajo corporal digno de comediantes de cine silente, y una comedia física admirable.

Aníbal y Melquiades

Al final la historia rige el mood. Este no es un relato sobre el bullying y la forma en la que a los más débiles a veces se los come la ley de la selva en las escuelas, aquí tanto Aníbal como Melquiades tienen batallas que librar, porque lo que esta puesta tiene que decirnos es que podemos ser lo que queramos más allá de los rídigos barrotes de nuestros propios prejuicios impuestos, quizá por lo social, quizá por algún complejo, a veces por el espejo. Hay una sensación fraternal flotando en el aire que convive de manera extrañamente armoniosa con la torpeza que caracteriza a éstos, nuestros tres héroes.

Aníbal y Melquiades

Cierto, en cuanto a diseño de producción, Aníbal y Melquiades sobrevive con lo mínimo necesario, pero incluso en la necesidad recursiva de hechizar a esa escala, la puesta consigue lanzar grandes chistes meta completamente conscientes de su tamaño, cosa que toman con humor. Ver salir a Melquiades a presumir su don como domador de leones, y luego tenerlo lanzando a un leoncito de peluche por un hula hula es la que cosa más ridícula que no puede sino traducirse en risas en risas muy sinceras. Parte de la belleza de Aníbal y Melquiades es precisamente que sabe cuándo no tomarse en serio a sí misma.

Aníbal y Melquiades

El otro plus es que el estruendo es tanto, que para niños pequeños y de otras muchas edades termina por ser hipnótica. Están atrapados como si la obra fuera azúcar. Y los escuchas rugir en risas y alaridos de entusiasmo. Al menos puedo hablar del caso en mi función. ¿Y cómo no hacerlo? La bandera de Aníbal y Melquiades es la diversión. El mensaje debajo es enternecedor, pero lel montaje es una fiesta. Como ese momento preciso en que se rompe la piñata y caen los dulces al piso. La obra logra capturar ese instante de adrenalina y lo recubre con capas del más burdo y bobo humor, para acabar con una comedia en la que simple y sencillamente te la pasas bien. Y qué bonito poder decir eso un sábado a la una de la tarde.

Aníbal y Melquiades se presenta los sábados a la 13:00pm en Foro Shakespeare.