Violencias, rencores y secretos ebullen en un cuarto prácticamente sellado mientras los miembros de una familia se enfrentan contra el abismo disfrazado de inocente reunión en Mujeres Soñaron Caballos, un revival del texto de Veronese que alimenta la idea de una caja de petri con la que el autor experimenta con personajes cargados y listos para reventar en un montaje donde los dispares tonos entre el elenco parecieran no tener muy claro desde dónde se pretende abordar este drama simbólico.

Dicho por el mismo Daniel Veronese lo que lo inspiró a escribir Mujeres Soñaron Caballos fue una ola de suicidios colectivos de animales que sin razón aparente se lanzaban por acantilados. La noticia motivó al autor a preguntarse qué llevaría a una persona a querer estar en el aire lejos de la tierra que soporta nuestros pensamientos, ¿es resistencia?, ¿es violencia?, ¿de qué somos capaces en esos instantes flotando cuando lo único que queda es empezar a caer? Mariana García Franco y Abraham Jurado, directores del revival para La Teatrería, encierran entonces a sus seis personajes entre literales muros de madera. Una especie de contenedor en construcción con una sola salidad que -sabemos- lleva al interior de un edificio que pareciera a su vez un inframundo, un laberinto por sí solo.

Mujeres Soñaron Caballos

Y en medio de este espacio que no puede sino ser uno de volátil experimento, similar a los que se prueban con ratones, Lucera se para frente al público para confesarse atraída por el vacío. Llena de náusea, que pudiera anunciar entre otras cosas un embarazo, a sus veinte años ella es la comunicación con el público. Una mujer que de niña fue presuntamente rescatada por un hombre mayor de un accidente que la dejó huérfana, y que desde ese entonces quedó prometida y capturada por su rescatista como su pareja. Un hombre llamado Iván varias décadas mayor que ella. Que sin duda pudiera ser otra de las razones de su náusea.

Este frío almacen que no es más que tablas y triplay con el que García Franco y Jurado nos transmiten la sensación de un set la pretención fabricada de un hogar, es para ellos un departamento donde tres hermanos, entre ellos Iván, y sus tres mujeres, una odiosa familia de vínculos quebrados por doquier, se han reunido presuntamente a comer -aunque nunca llegan a eso- en medio de discutir la disolución de un negocio que pareciera afectarles a todos de distinta manera.

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Entre ellos Rainer, que no soporta a su esposa y viceversa, pero en su eterno confrontarse encuentran una comunión singular; Ulrika, su mujer, una extrovertida y protagónica aspirante a guionista que ha ido escribiendo sobre un crimen y policías montados en caballos sudados de una forma prácticamente erótica; Roger, un hiperactivo y en toda medida neurodivergente atleta que ha recibido los suficientes golpes como para generar un aneurisma en su cerebro y que no le quita de forma incomodísima los ojos de encima a Lucera, y Bettina, la esposa de Roger que lo ve todo pero no se atreve a decir nada con una profunda inseguridad probablemente nacida del hecho de que le lleva más de 20 años de edad a Roger que está en su mejor momento, y eso nunca la deja de hacer sentir inferior.

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Conforme van saliendo botellas de vino -y pudieran salir muchas más si la dirección se comprometiera con el símbolo- que jamás se abren, como olvidadas en la mesa con sus corchos, sólo usadas como pretexto para interrumpir momentos incómodos, un recordatorio de que esta reunión no tiene realmente a dónde avanzar y siempre habrá algo que la detenga, la familia pretende a momentos la ligereza de una reunión cualquiera, mientras en otros muchos muestran los dientes con honestidad hiriente para lanzar acusaciones y resentimientos que se han ido cocinando con los años, antes de volver a pretender abrir una nueva botella de vino y servir la pasta.

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Pero ahí donde el fracaso del negocio familiar de colchones pareciera ser el epicentro entre los hermanos, es realmente Lucera la que en apariencia enfurecida porque Bettina le ha robado su libro de recetas, como una bala con silenciador, ha ido fraguando su salto al abismo. Un último salto hacia el aire libre de ataduras terrenales al que estas personas que tanto daño se han hecho habrán de responder. Veronese escribe un texto francamente Chejoviano y es en esa capacidad conversacional que va germinando ruina entre plática y plática, dicho y dicho, que Mujeres Soñaron Caballos recae inevitablemente en la dinámica entre el elenco. Que es donde la dirección pierde la rienda de sus proverbiales caballos.

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Mónica Jiménez como Bettina mantiene el centro gravitacional de la puesta. Una actriz con capas, donde lo disfrazadamente renegado pareciera ser su cara frente al mundo, abajo de la cual esconde una profunda inseguridad, tristeza, y más abajo aún, celos y coraje. Mónica Jiménez arma a un personaje complejo, tan complejo como el texto requiere. Junto con Estela Aguilar como Ulrika que asume un rol opuesto al de Mónica y por tanto contrastante en todos los sentidos. Que con verborrea y hasta arrogancia se pasea por ese cuarto con la entereza y autoridad de quién lo construyó.

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Juan Ríos como Iván toma un rol maduro. En la conciencia, un groomer que ha hecho algo detestable, y que incluso verlo parado al lado de su muy joven Lucera pareciera gritarnos con la fuerza de una sirena de ambulancia, pero que Juan integra con carisma y pertenencia, un Iván convencido de estar del lado correcto de la historia, completamente desligado de cualquier tipo de juicio que pudiera venir de la audiencia. Y claro, ahí se esconde el peligro del abuso, en plena vista, normalizado hasta olvidarse como tema de conversación, simplemente asumido. Ellos tres juegan un juego similar y son sin duda personajes de Veronese, y es en la otra mitad donde la obra se pierde hacia caminos que no se encuentran.

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Gina Granados como Lucera trae una energía en decibeles notoriamente más bajos que el resto de sus compañeros. Más que una bala silenciosa, su personaje se percibe ausente. Plana en las muchas intenciones ocultas de Lucera y el enorme choque de conflictos en su interior, Gina busca vocalmente momentos dramáticos, pero de forma poco reactiva las confrontaciones que debieran atravesarla no consiguen de ella siquiera que levante la voz. Y al lado de un grupo que pareciera recibir de manera intensa todo tipo de estímulos, ella termina empequeñecida, demasiado para ser el personaje al que le toca contra la historia desde su propia emocionalidad.

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Algo similar sucede con Carlo Basabe como Roger. Dirigido al movimiento constante y la eterna distracción, sus reacciones ante lo real son nulas. Más disperso que presente, García Franco y Jurado lo tienen saltando la cuerda y parado de cabeza, antes de darle una razón emocional al pathos del personaje. Y el complemento que podría hacer con Mónica Jiménez como su Bettina se ve diluido y sólo a momentos rescatado. Mientras Víctor Loorns como Rainer aterriza con otra escuela por completo de teatralidad. Un impostado más clásico que en un teatro del tamaño de La Teatrería y con sus compañeros a poca distancia, varios de ellos buscando formas orgánicas de dialogar, su forma específica de actoralidad pareciera enorme y fuera de contexto.

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Ninguno de ellos está haciendo un trabajo equivocado per se, pero en este grupo de seis lo que es una realidad es que la batuta no se ha encargado de llevarlos a un lugar parejo, donde todos estén al servicio de la historia aplicable para este montaje. Veronese no escribe un texto sencillo, y equilibrado de conversación en conversación, de encuentro en encuentro, la única manera que tiene de pegar certero es con un ritmo y un elenco perfectamente cuadrado. Este diorama que se ha trabajado para Mujeres Soñaron Caballos tiene mucho para llevarnos en efecto al filo del vacío y permitirnos asomarnos dentro, la dramaturgia es tan brillante como intrigante, y una dirección enfocada como haz de luz pasando por una lupa permitiría delinear con sastrería lo que requiere de una intención más minuciosa.

Mujeres Soñaron Caballos se presenta martes y sábados en La Teatrería con diferentes horarios.