En manos de Roldán, la historia del Jorobado de Notre Dame se convierte sólo en una competencia por las atenciones de Esmeralda y pierde todo contexto social y político, en Notre Dame De París, un musical de hechura vibrante pero un texto que no para de repetirse a sí mismo y dejar huecos en el camino, y un score que pareciera no encontrar las palabras adecuadas para acompañar una música sin duda bella, pero finalmente atorada en lo sobre-expositorio, probablemente más adecuada para una puesta con la intención de apelar a un público infantil.
Mauricio Roldán toma el legado de su papá, Fred Roldán, y revive su espectáculo inspirado en la novela de Víctor Hugo para proponer un nuevo Quasimodo para la escena musical mexicana. Notre Dame De París es, pero no es aquella que ya le conocíamos a Roldán, una visión remasterizada y oscurecida con la pretensión de incluir a un público más adulto, ideal para las funciones vespertinas del Teatro Rafael Solana. Pero algo en la adaptación que evita todo tema profundo y escabroso del material original de Víctor Hugo no termina de sacudirse del todo la sensación infantil, que se acaba transformando en una fábula de moraleja inconsistente, y una narración llena de hilos sueltos.

La historia comienza similar a la que siempre hemos conocido, un bebé es abandonado al pie de la Iglesia, y Frollo, un poco en contra de su voluntad y asqueado al descubrir en el niño deformidades que a sus ojos lo hacen parecer un monstruo, acepta adoptarlo, para eventualmente encerrarlo en el campanario de Nuestra Señora de París, convenciéndolo de que el mundo afuera es demasiado cruel como para aceptar a una persona que se ve como él. Pero Roldán integra a este conocido relato un nuevo personaje, un ángel de la guarda, cuyo propósito en la historia nunca termina de asentarse.

Ahí donde otros «sidekicks» de Quasimodo cumplen el necesario papel de comic relief en una historia por demás sombría y suelen ser en realidad imaginarios, el ángel interpretado por Dulce López es mucho más la evocación religiosa y espiritual, y se aborda desde lo maternal, pero la protección que jura ser motivo de su aparación nunca es del todo evidente tomando en cuenta que todos sus consejos llevan a Quasimodo al castigo, la burla y eventualmente la tragedia. Y aún cuando su principal tarea es hacerle entender a Quasimodo que hay un mundo allá afuera para él, la sabiduría que tendría que venir acompañando el cómo enfrentar dicho mundo no es parte de sus enseñanzas. En realidad es un ángel que continuamente le mete el pie a su protegido, pero la obra no lo reconoce lo suficiente como para hacer de eso quizá algo entrañable.
A pesar de que este nuevo personaje no aporta más que una visión cristiana al montaje, Dulce como intérprete es sin duda excepcional. Toma las notas altas como plegarias para probar impresionantes vocales y si bien sus participaciones dialogadas topan seguido con pared, cada que le toca aparecer en la partitura, Notre Dame De París brilla con lo que ella es capaz de cantar.

La obra comienza con un enfrentamiento entre clases, pobres contra privilegiados discuten en el mercado, pero la disparidad nunca vuelve a ser parte de la historia, de hecho, esta lucha de clases que definitivamente es parte del relato original, ahí termina su participación. Y lo mismo le pasa a la discriminación y a la persecución por raza, etnia y cultura. Cierto, Roldán se aferra a aquella discriminación que sufre Quasimodo por ser el diferente, que es la sencilla y la obvia, pero se olvida de Esmeralda y el pueblo romani, también conocidos de cierta forma peyorativa como gitanos. Su lucha y la violencia que enfrentan en una Francia que los rechaza como invasores, que hoy tendría mucho eco con la situación del migrante, es completamente borrada para hacer de Esmeralda una mujer guapa y exótica, cuyo corazón es trofeo de al menos tres hombres:

Frollo, que en este musical sí la ama, y así lo canta, no está enfrentado en realidad con el deseo carnal que es aquél que choca con su prioridad religiosa, y por tanto su negación es más un berrinche que conflicto interno; Phoebus que nunca deja atrás su imagen narcisista, que en el Jorobado De Notre Dame logra sacudirse de encima cuando se sacrifica por otros recibiendo una daga en el cuerpo, lo cual levanta la cuestión, sin esa demostración altruista ¿qué ve Esmeralda en él como para enamorarse si Phoebus no le ha mostrado más que su lado más arrogante?; y bueno, Quasimodo, cuyo cariño por ella es más similar al de la historia original, y que sabemos, de entrada, que él no va a ser quien se robe su corazón, pero sí se gana el que ella cuando tiene oportunidad de hablar con Dios, en lugar de pedir por su gente, los abatidos, los violentados, los dolientes, pida sólo por él.

El otro gran tema que brilla por su ausencia es el de la tiranía religiosa y la imposición católica. Ahí donde Frollo debería tener una autoridad magnánima, casi similar a la del Rey, porque en esa Francia aquello que dictaminaba la Iglesia era ley, nuestro villano se presenta diminuto, lleno de amenazas pero nunca acciones, y fácilmente derrotable. Todos en lo obra, y eso incluye a Esmeralda, a Phoebus y a Quasimodo lo sobajan en algún momento u otro sin sufrir consecuencias de ningún tipo. Y es ahí donde Notre Dame De París pierde mucho de la tensión que mueve la historia. En ningún momento hay amenaza, en ningún momento corren peligro las vidas de nuestros héroes. Todo lo que está sobre la ruleta es que Esmeralda le haga ojitos a alguien más. Pero nada vital. Nada que provoque cascadas de lava cayendo desde las torres de la Iglesia de Notre Dame, que es a donde nos lleva Víctor Hugo.

En algún momento, Roldán intenta introducir una sub-trama sobre cómo la educación puede batallar la ceguera social y política, explicado de manera mucho más rudimentaria con Quasimodo buscando que el pueblo pueda leer e informarse; pero así como el contexto del enfrentamiento de clases, el tema llega tarde en la historia y sólo se aparece por unos minutos antes de ser barrido por debajo del tapete para no volver a salir más. Da la impresión de que Notre Dame De París simplemente no se quiere enrollar con conflictos que pudieran ser más tenebrosos, poco alegres, no tan alentadores o difíciles de tragar. Porque incluso cuando Roldán le permite a su historia ser una tragedia, el sacrificio final lo presenta como un acto de amor, en lugar de uno de impotencia, que sería un final mucho más desolador, pero más congruente con lo que Víctor Hugo tiene que decir al respecto. El musical no pretende sino ser siempre luminoso y evadir pisar la sombra más allá de lo necesario.

Y en ese evitar cuestiones rocosas va dejando migajas por el camino que permanecen como tramas abiertas sin final. La primera, el que durante la apertura del musical se nos promete que se nos va a contar un relato donde no hay buenos, ni malos, sólo personas, pero luego se narra desde el clásico héroes y villanos; o el robo de los pergaminos de Frollo que pretendían caer en manos del pueblo con la posibilidad de que eso fuera a traer consecuencias catastróficas para Quasimodo, que nos deja esperando por los resultados; pero quizá la más irresoluble, el que a Phoebus se le otorga una prometida, Flor de Lis, una relación que él esconde mientras corteja a Esmeralda y de la que muchos parecieran saber, pero cuando llega el momento de que Esmeralda descubra la verdad y se enfrente la debida consecuencia, el engaño es borrado de la trama, olvidado para los personajes, y saltado para aterrizar directo y sin escalas en el número de cierre que por supuesto es de final feliz para la pareja.

Tal vez todos esos temas y huecos en la trama se podrían explorar si libreto y canciones trabajaran mucho más de la mano para cubrir espacios narrativos. Pero como funciona Notre Dame De París es que en diálogo se expone una situación, y luego la canción que procede sólo refuerza lo ya mencionado anteriormente. Son escasos los momentos musicales que consiguen realmente avanzar la trama sin tropezar con lo antes expuesto. Y a pesar de que las melodías de Ricardo Díaz, con ayuda de los arreglos de César Vega son una fantasía perfecta para este cuento musical, las letras que las acompañan parecieran sólo tener la tarea de caber en la métrica sin mucho interés por una prosa bella o propositiva, o rimas más sofisticadas. Continuamente los personajes se ven atorados cantando sus propios nombres, «Soy el Jorobado», y re-explicando motivaciones que han quedado claras desde mucho tiempo atrás.

Donde Notre Dame De París se arma con herramientas poderosas es en su elenco. Porque esas canciones de progresión limitada suenan hermosísimas en la voz de todo este cast, personajes y ensamble por igual, porque gente como Mariana Melo hace brillar las armonías en notas perversamente altas desde el coro, y actores como Tzáitel Santini (Esmeralda) y Adam Sadwing (Phoebus) consiguen baladas emocionantes y momentos que dan vida al montaje y te enamoran de sus personajes. José Antonio López Tercero absolutamente arrasa con el solo en el que confiesa pasión por Esmeralda, mientras se descamisa ante Dios plagado de dudas. Y roba el que probablemente se convierte en el cuadro más memorable del musical.
Mauricio Roldán interpreta a Quasimodo, y muy al instante lo dota con el carisma y encanto que el carga a todos lados como actor, sin embargo, el trabajo vocal que tiene muy pensado y muy trabajado para un personaje que se presenta como sordo, y por tanto con una discapacidad al hablar, se va perdiendo dependiendo de qué tan álgida es la escena en la que le toca participar. Porque lo mantiene al pie de la letra en los momentos de mayor quietud, pero en cuanto hay acción en escena, la voz del personaje se pierde y es reemplazada por la del Mauricio que conocemos.

Las caracterizaciones juegan un papel preponderante en una puesta que es en toda medida ultra teatral. El vestuario de Cristina Sauza da color a la obra y el maquillaje y peliquería de Gil Cervantes hacen referencia a la pantomima inglesa en una farsa que no pretende ocultar su artesanía, pero logra de maravilla transformar la cara de Mau Roldán en la de Quasimodo desde el efecto práctico. Salvador Núñez sigue la pauta con una escenografía que da gusto ver, llena de hechura manual y un arte que no puede sino salir de alguien que mete las manos a su teatro, no sólo observa desde lejos; pero Jaime García en la iluminación, aún cuando presenta buenos conceptos de diseño, se ve traicionado por un teatro que no le permite llevar su visión enteramente a la escena, y tiene que tomar decisiones poco estilizadas como qué actor es el que merece estar pintado por el único seguidor del Rafael Solana, aún si son cuatro los que se juntan en protagonismo. Lo cual es una lástima.

Las coreografías de Laura Barrabes se mantienen en lo sencillo, pero consiguen truquear momentos de celebración y magia, aún si las figuras se repiten de forma frecuente; y la dirección de Miguel Ángel Vázquez vuelve a chocar con la noción de una puesta más adulta, en una impostación ideal para teatro para niños, pero que en una historia que busca una cierta madurez se termina por escuchar en tono condescendiente para el público. Notre Dame De París tiene entonces una crisis de identidad. Porque quizá pensada para infancias, ésta misma ya tiene muchas cosas jugando a su favor, pero en la búsqueda de un público que no necesita ser protegido de las realidades más densas en la historia del Jorobado, que además podemos espejear acá afuera en nuestro mundo y por tanto son por demás pertinentes, se queda recluida desde el campanario y viendo hacia afuera el piso que no alcanza a tocar.








