Una genial sátira meta teatral de Óscar Alatriste, De Náufragos Y Perros lleva al extremo de lo distópico la precariedad de los creadores escénicos a partir de una comedia excedida, personajes que llevan al colmo los muy reales arquetipos en los que están basados, una pandemia casi zombie que rosa con la licantropía, una Hamlet que de Hamlet ya no tiene nada, una fecha de estreno que se acerca ominosa como un terrible presagio, y la inevitable sensación deshumanizante en un país donde la falta de recursos para la cultura transforma a todo artista en un perro hambriento, metiendo las narices donde y cómo puede para conseguir unas cuantas sobras.

En esta comedia, cualquier parecido con la realidad… no es mera coincidencia. La compañía de teatro al centro de De Náufragos y Perros, poniendo hasta su dignidad en la línea para poder levantar una obra prácticamente a horas de su estreno, podrá parecer estrafalaria, pero ahí donde quizá el apocalípsis pandémico que están viviendo (que no ayuda nadita a su situación) los coloca en una situación muy particular, la falta de financiamiento y el incremento en las deudas de producción que deja a los hacedores escénicos prácticamente en calzones para poder presentar su arte no tienen nada de fantástico. Por eso cuando en la obra explican que la gente allá afuera, afuera del teatro, se ha empezado a convertir en perros ferales, hace todo el sentido que sea al lado de teatreros que vivamos esta metamorfósis de humano a animal hambriento.

Tres actores se reúnen en uno de los pocos teatros aún abiertos en la ciudad -después de que una contingencia del gobierno haya comenzado a cerrar espacios públicos ante la extraña amenaza de perros salvajes y humanos desaparecidos- para ensayar la obra que están a un día de estrenar, un montaje original sobre un grupo de marineros que a su vez pretenden montar la obra de Hamlet… con canciones. La compañía se ha ido reduciendo y cada vez quedan menos. Uno de los actores está más que nada preocupado por su pago, el otro no ha terminado de entender a Hamlet, y un último, bueno él en realidad no es actor, lo contrataron porque estaba dispuesto a poner dinero y el único diálogo que tiene en la puesta es «Hola».

Mientras la pequeña compañía se cuestiona si los rumores de allá afuera sobre que es la gente la que ha comenzado a convertirse en perro pudieran ser ciertos, finalmente se aparece la asistente de dirección al constante borde del colapso nervioso porque lleva días sin dormir, el director vestido con una boina a la Che Guevara ,ocultando que en realidad ya no tiene un peso para seguir pagando la producción, y eso incluye el sueldo de todo mundo, pero esperanzado porque aplicó a un par de becas que igual y lo salvan de la bancarrota, el actor protagónico, una diva que conoce al director de la escuela y que amenaza con irse del montaje porque ni el texto ni los compañeros están a su altura, y la pareja de dicho actor que se va enterando que le ha estado poniendo el cuerno con una alumna y ha llegado a su límite.

Conforme el caos crece afuera del teatro y la probabilidad de que llegue público a la obra comienza a ser mínima, la crisis incrementa dentro del teatro, pero dado el famoso lema del artista «the show must go on«, todos se disponen a llegar a su función de estreno aunque eso implique que la asistente de dirección tenga que tomar un papel como actriz (cosa que la aterroriza), se ensayen coreografías de último momento, el director se emborrache para agarrar coraje, se corte todo tipo de escenografía porque ya no alcanza, pero hey, si Peter Brook podía, ¿por qué ellos no?, y se ignore el hecho de que uno de ellos ya ha comenzado a portarse como perro.

Óscar Alatriste (director y dramaturgo) crea delicioso degenere con De Náufragos y Perros en un microcosmos contenido dentro de un teatro, que es el mismo teatro donde estamos siendo espectadores de manera inmersiva, pero nunca pierde el foco y la acidez crítica donde es el teatro mismo, los personajes que lo conforman, sus vicios, trampas, realidades y surrealidades el verdadero protagonista del numerito. La sensación de constante cuerda floja, de supervivencia más que verdadera libertad creativa, de vivir de rodillas con la institución que se deje para mendigar presupuesto, de un público que si llega es milagro y si no llega es costumbre, y del otro lado de las cosas, de las compañías que aferradas con uñas y dientes salen a partirse la madre a pesar de todo y con el ánimo al límite de transitar de la perseverancia a la terquedad.

Alatriste escribe de manera simpatiquísima a cada uno de sus personajes, y en hacerlo pinta al teatro desde la familia disfuncional pero solidaria. Cada uno de sus personajes, incluso los que hacen apariciones pequeñas, tienen un color muy especial y llenan la sala de encanto. Son personajes movilizados por el defecto de la infatuación ilimitada con el arte. Torpes, fatigados, narcisistas, asustados, pero entregados. Y no hay un sólo interprete en la compañía que no se suba al proverbial barco al momento de construirlos tan únicos como ridículos. Pero tengo que destacar el espectacular trabajo de Ariana Candela como una asistente de dirección al borde de la implosión, hilarante en un drama personal que la rebasa y la desquicia; Alfonso Domingo como el ingenuo no actor que está viviendo el teatro por primera vez en las peores circunstancias pero no deja de maravillarse, y Alexa Pichardo como la novia engañada, que tiene en realidad sólo una escena para instalar a su personaje en el canon de la historia, y se aparece para adueñarse de De Náugrafos y Perros con una comedia rabiosa y severa hasta las lágrimas.

Lo que tiene De Náufragos y Perros que la completa como una pieza espejeable, más allá de un gran sentido del humor, es su capacidad envolvente. La audiencia somos parte del tumulto, del relato, de la crisis. Estamos ahí donde se nos abraza como inherentes al microcosmos del teatro, pero al mismo tiempo lo suficientemente distanciados para escuchar a los perros aullar sin empezar a sentir pulgas en el cuero. Del primer al segundo acto, la escena cambia su disposición para acercarnos aún más a los actores y para el final tenerlos francamente encima, vivir su momento de estreno subidos al mismo escenario que ellos, respirando su aire de desesperación y entusiasmo. ¿Cómo no sentir lo que sienten ellos si en este barco en medio de la tormenta también somos marineros? Y es ahí donde se encuentra la capacidad de la obra de hacernos reír desde la panza, de incomodarnos cuando es debido, de echar una que otra porra, aunque no todos se las merecen, y de ponernos en los zapatos de los creadores escénicos, no sólo éstos, todos, y preguntarnos, ¿en serio querer es poder?








